Texto aleatorio

El señor Holohan, vicesecretario de la sociedad Eire Abu, había estado yendo y viniendo durante un mes por todo Dublín con las manos y los bolsillos llenos de papelitos sucios, arreglando lo de la serie de conciertos. Tenía una pierna ortopédica y por eso sus amigos lo llamaban «el rengo» Holohan. Anduvo sin parar yendo y viniendo, se pasó horas enteras en una esquina discutiendo el asunto y tomando notas; pero al final fue la señora Kearney quien arregló todo.

La señorita Devlin se había convertido en la señora Kearney por despecho. Había sido educada en un convento de clase alta donde aprendió francés y música. Como era pálida de nacimiento y poco flexible de carácter, hizo pocas amigas en la escuela. Cuando estuvo en edad de casarse la enviaron a varias casas donde sus interpretaciones y sus modales de marfil eran muy admirados. Se sentó en el centro del círculo glacial de sus méritos, a esperar que viniera un pretendiente valeroso capaz de desafiarlo y así brindarle una vida extraordinaria. Pero los jóvenes que conoció eran vulgares y ella no les dio chances, prefiriendo consolar sus anhelos románticos comiendo a escondidas grandes cantidades de delicias turcas. Sin embargo, cuando casi llegaba al límite y sus amigas empezaban a soltar la lengua, les tapó la boca casándose con el señor Kearney, un fabricante de botas en el muelle de Ormond.

Era mucho mayor que ella. Su conversación adusta tenía lugar en los intermedios de su enorme barba parda. Después del primer año de casada intuyó que un hombre así era más útil que un personaje novelesco, pero nunca renunció a sus ideas románticas. Él era sobrio, cuidadoso con el dinero y piadoso; tomaba la comunión cada viernes, a veces con ella, muchas veces solo. Sin embargo, ella nunca flaqueó en cuanto a su fe religiosa y fue una buena esposa. Cuando en una reunión con desconocidos ella arqueaba una ceja, él se levantaba enseguida para despedirse, y, si su tos lo acosaba, ella le envolvía los pies en una colcha y le hacía un buen ponche de ron. Por su parte, él era un padre modelo. Pagando una módica suma cada semana a una mutual se aseguró de que sus dos hijas recibieran una dote de cien libras cada una al cumplir veinticuatro años. También mandó a la hija mayor, Kathleen, a un convento, donde aprendió francés y música, y más tarde le costeó el conservatorio. Y todos los años en julio la señora Kearney hallaba ocasión de decirles a sus amigas:

—Mi generoso marido nos envía unas semanas de veraneo a Skerries.

Y si no era a Skerries era a Howth o a Greystones.

Cuando el Revival irlandés1 comenzó a hacerse notar la señora Kearney decidió aprovechar el apellido de su hija, tan irlandés, y le puso un profesor particular de gaélico. Kathleen y su hermana les enviaban postales irlandesas a sus amigas y sus amigas les respondían con otras postales irlandesas. En domingos especiales, cuando el señor Kearney iba con su familia a las reuniones procatedral, un grupo de gente se reunía después de misa en la esquina de Cathedral Street. Todos eran amigos de los Kearney, amigos de la música o amigos nacionalistas; y cuando ya le habían sacado jugo al último chisme, se daban la mano, todos a la vez, riéndose de tantas manos cruzadas y diciéndose adiós en gaélico. Muy pronto el nombre de la Señorita Kathleen Kearney estuvo en boca de todos. La gente dijo que tenía talento musical y que era una muy buena muchacha y, sobre todo, que creía en el movimiento de la lengua irlandesa. La señora Kearney se sentía satisfecha con todo esto. Así que no se sorprendió cuando un buen día el señor Holohan vino a proponerle que su hija fuera pianista acompañante en cuatro grandes conciertos que su Sociedad iba a dar en las Antiguas Salas de

Concierto. Ella lo hizo pasar a la sala, lo invitó a sentarse y sacó el botellón de cristal y el recipiente de plata para los bizcochos. Se entregó en cuerpo y alma a los detalles del evento, aconsejó y persuadió; y finalmente se redactó un contrato según el cual Kathleen iba a recibir ocho guineas por sus servicios como pianista acompañante en aquellos cuatro grandes conciertos.

Como el señor Holohan era novato en cuestiones tan delicadas como la redacción de anuncios y la confección de programas, la señora Kearney lo ayudó. Tenía tacto. Sabía qué artistes debían llevar el nombre en mayúsculas y qué artistes debían ir en letras más chicas. Sabía que al primer tenor no le gustaría salir después del show cómico del señor Meade. Para mantener al público entretenido, acomodó los shows dudosos entre viejos favoritos. El señor Holohan la visitaba cada día para pedirle consejo sobre esto y aquello. Ella era invariablemente amistosa y atenta, en una palabra, hospitalaria. Empujaba hacia él la botella, diciéndole:

—Vamos, ¡sírvase, señor Holohan!

Y si él se servía, ella agregaba:

—¡Sin miedo! ¡Sin miedo!

Todo iba perfecto. La señora Kearney compró en Brown Thomas un satén color rosa rubor, precioso, para que cayera sobre el pecho del vestido de Kathleen. Costó bastante caro; pero hay ocasiones en que cualquier gasto está justificado. Se quedó con una docena de entradas para el último concierto y se las envió a esas amistades con las que no se podía contar que asistieran de otra manera. No se olvidó de ningún detalle y, gracias a ella, se hizo todo lo que había que hacer.

Los conciertos serían un miércoles, jueves, viernes y sábado. Cuando la señora Kearney llegó con su hija a las Antiguas Salas de Concierto la noche del miércoles no le gustó lo que vio. Unos pocos muchachos llevando insignias azul brillante en sus sacos estaban sin hacer nada en el vestíbulo; ninguno llevaba ropa de etiqueta. Pasó de largo con su hija y una rápida ojeada a la sala le hizo ver la causa de la ociosidad de los acomodadores. Al principio pensó si se habría equivocado de hora. Pero no, faltaban veinte minutos para las ocho.

En el camarín atrás del escenario le presentaron al secretario de la Sociedad, el señor Fitzpatrick. Ella sonrió y le tendió la mano. Era un hombrecito con una pálida cara insulsa. Notó que llevaba su sombrero de pana pardo cayendo hacia un lado y que hablaba con un acento chato. Tenía un programa en la mano y mientras conversaba con ella mordisqueaba una punta hasta que la hizo una pulpa húmeda. Parecía soportar el fracaso con ligereza. El señor Holohan entraba al camarín a cada rato trayendo noticias de la taquilla. Los artistes hablaban entre ellos, nerviosos, mirando de vez en cuando al espejo y enrollando y desenrollando sus partituras. Cuando eran cerca de las ocho y media la poca gente que había en el teatro comenzó a expresar el deseo de que empezara la función. El señor Fitzpatrick subió a escena, sonriendo inexpresivo al público, para decirles:

—Bueno, y ahora, señoras y señores, supongo que es mejor que empiece la fiesta.

La señora Kearney recompensó su vulgarísima expresión final con una rápida mirada de desprecio y luego le dijo a su hija para animarla:

—¿Estás lista, hija?

Cuando tuvo la oportunidad llamó al señor Holohan aparte y le preguntó qué significaba todo esto. El señor Holohan le respondió que no sabía. Le explicó que el comité había cometido un error en dar cuatro conciertos: cuatro eran demasiados.

—¡Y los artistes! —dijo la señora Kearney—. Por supuesto que están haciendo lo que pueden, pero no son buenos en absoluto.

El señor Holohan admitió que los artistes no eran buenos, pero el comité, dijo, había decidido dejar que los tres primeros conciertos salieran como pudieran y reservar lo bueno para la noche del sábado. La señora Kearney no dijo nada, pero, como las mediocridades se sucedían una tras otra sobre el escenario y había gente del público que se iba, comenzó a lamentarse de haber puesto todo su empeño en esa noche. No le gustaba para nada cómo se habían dado las cosas y la estúpida sonrisa del señor Fitzpatrick la irritaba muchísimo. Sin embargo, se calló la boca y decidió esperar a ver cómo acababa todo. El concierto se extinguió poco antes de las diez y todo el mundo se fue a casa rápido.

El concierto del jueves a la noche tuvo mejor concurrencia, pero la señora Kearney se dio cuenta enseguida de que aunque el teatro estuviera lleno daba lo mismo. El público se comportaba sin cuidado, como si el concierto fuera un último ensayo informal. El señor Fitzpatrick parecía divertirse; ajeno a que la señora Kearney, furiosa, tomaba nota de su conducta. Él se paraba junto a las bambalinas y de vez en cuando sacaba la cabeza para intercambiar risas con dos amigotes sentados en la punta del palco. En el curso de la noche la señora Kearney se enteró de que se iba a cancelar el concierto del viernes y que el comité movería cielo y tierra para asegurarse de que el concierto del sábado fuera un éxito total. Cuando oyó decir esto buscó al señor Holohan. Lo pescó mientras iba cojeando apurado con un vaso de limonada para una chica y le preguntó si era cierto. Sí, era cierto.

—Pero, por supuesto, eso no altera el contrato —dijo ella—. El contrato era por cuatro conciertos.

El señor Holohan parecía estar apurado; le aconsejó que hablara con el señor Fitzpatrick. La señora Kearney entonces comenzó a alarmarse. Sacó al señor Fitzpatrick de bambalinas y le dijo que su hija había firmado por cuatro conciertos y que, por supuesto, de acuerdo con los términos del contrato ella recibiría la suma estipulada originalmente, diera o no la Sociedad cuatro conciertos. El señor Fitzpatrick, que no se dio cuenta del punto enseguida, parecía incapaz de resolver la dificultad y dijo que trasladaría el problema al comité. La ira de la señora Kearney comenzó a notarse en sus mejillas y tuvo que hacer lo imposible para no preguntar:

—¿Y me podría decir quién es este comité?

Pero sabía que no era digno de una dama hacer eso, así que se quedó callada.

El viernes por la mañana enviaron a unos chicos a que repartieran volantes por las calles de Dublín. Anuncios especiales aparecieron en todos los diarios de la tarde recordando al público amante de la buena música el placer que le esperaba la noche siguiente. La señora Kearney se sintió más alentada, pero pensó que era mejor confiar sus sospechas a su marido. Él la escuchó con atención y le dijo que quizá fuera mejor que la acompañara el sábado por la noche. Ella estuvo de acuerdo. Respetaba a su esposo así como respetaba a la Oficina General de Correos, como algo grande, seguro, inamovible; y aunque sabía que no era una suma de virtudes apreciaba su abstracto valor como hombre. Se alegró de que él hubiera sugerido acompañarla. Pasó revista a sus planes.

Llegó la noche del gran concierto. La señora Kearney, con su esposo y su hija, llegó a las Antiguas Salas de Concierto 45 minutos antes de la hora de inicio. Desafortunadamente era una noche lluviosa. La señora Kearney dejó la ropa y las partituras de su hija al cuidado de su marido y recorrió todo el edificio buscando al señor Holohan o al señor Fitzpatrick. No pudo encontrar a ninguno de los dos. Les preguntó a los acomodadores si había algún miembro del comité en el público y, después de mucho trabajo, un acomodador se apareció con una mujercita llamada la señorita Beirne, a quien la señora Kearney le explicó que quería ver a uno de los secretarios. La señorita Beirne dijo que llegarían de un momento a otro y le preguntó si la podía ayudar en algo. La señora Kearney estudió aquella cara avejentada que parecía atornillada a una expresión de confianza y entusiasmo y respondió:

—¡No, gracias!

La mujercita esperaba que fuera una buena noche. Miró la lluvia hasta que la melancolía de la calle mojada borró el entusiasmo y la confianza de sus torcidos rasgos. Después exhaló un suspiro y dijo:

—¡Bueno, se hizo lo que se pudo, como usted sabe!

La señora Kearney tuvo que regresar al camarín.

Los artistes fueron llegando. El bajo y el segundo tenor ya estaban ahí. El bajo, el señor Duggan, era un hombre joven y esbelto con un negro bigote ralo. Era hijo del portero de unas oficinas en el centro y, de chico, había cantado largas notas bajas en el hall resonante donde trabajaba su padre. Desde aquel origen humilde se había educado a sí mismo para convertirse en un artiste de primera línea. Había cantado en la ópera. Una noche, cuando un artiste de ópera se enfermó, había interpretado el rol del rey en Maritana, en el Queen’s Theatre. Cantó con mucho sentimiento y volumen y fue muy bien recibido por la galería; pero, desgraciadamente, arruinó la buena impresión inicial al sonarse la nariz con la mano enguantada, una o dos veces, sin darse cuenta. Era modesto y hablaba poco. Decía usté tan bajito que pasaba desapercibido y por cuidarse la voz no bebía nada más fuerte que leche. El señor Bell, el segundo tenor, era un hombrecito rubio que competía todos los años por los premios de Feis Ceoil. En su cuarto intento había ganado una medalla de bronce. Era extremadamente nervioso y extremadamente celoso de otros tenores y disimulaba su envidia nerviosa con una simpatía exagerada. Era su carácter hacer saber a otras personas la prueba que significaba un concierto para él. Por eso cuando vio al señor Duggan se le acercó a preguntarle:

—¿Vos también estás en el programa?

—Sí —respondió el señor Duggan.

El señor Bell sonrió a su compañero de infortunios, extendió una mano y le dijo:

—¡Choque esos cinco!

La señora Kearney pasó por delante de estos dos muchachos y fue al borde de las bambalinas a echar un vistazo a la sala. Las localidades se ocupaban rápidamente y un rumor agradable circulaba por el auditorio. Regresó y habló con su esposo en privado. La conversación giraba evidentemente sobre Kathleen ya que los dos la miraban de reojo cada tanto mientras ella conversaba de pie con una de sus amigas nacionalistas, la señorita Healy, la contralto. Una solitaria mujer desconocida de rostro pálido atravesó el camarín. Las muchachas miraron con avidez aquel vestido azul desvaído apretado sobre un cuerpo muy flaco. Alguien dijo que era Madam Glynn, la soprano.

—Me gustaría saber de dónde la sacaron —dijo Kathleen a la señorita Healy—. Estoy segura de que nunca oí hablar de ella.

La señorita Healy tuvo que sonreír. El señor Holohan entró cojeando al camarín en ese momento y las dos muchachas le preguntaron quién era esa mujer. El señor Holohan dijo que era Madam Glynn, de Londres. Madam Glynn se ubicó en un rincón del cuarto, manteniendo su partitura rígida frente a ella y cambiando de vez en cuando la dirección de su mirada, como sorprendida. Las sombras protegían ahora su traje marchito pero resaltaban vengativas la pequeña hendidura de las clavículas. El rumor de la sala se hizo más fuerte. El primer tenor y el barítono llegaron juntos. Los dos estaban bien vestidos, parecían fuertes y confiados y le aportaban una bocanada de opulencia a la compañía.

La señora Kearney les presentó a su hija y les habló con amabilidad. Quería estar en buenos términos pero, mientras hacía lo posible por ser amable, sus ojos seguían los pasos cojeantes y torcidos del señor Holohan. Tan pronto como pudo se disculpó y se le apareció por atrás.

—Señor Holohan, quiero hablar con usted un momento —le dijo.

Se fueron a un extremo discreto del corredor. La señora Kearney le preguntó cuándo le iban a pagar a su hija. El señor Holohan dijo que el señor Fitzpatrick se ocupaba de eso. La señora Kearney dijo que ella no sabía nada del señor Fitzpatrick. Su hija había firmado un contrato por ocho guineas y habría que pagárselas. El señor Holohan dijo que ese no era asunto suyo.

—¿Por qué no es asunto suyo? —le preguntó la señora Kearney—. ¿No le trajo usted mismo el contrato? Y en todo caso, si no es asunto suyo sí es asunto mío y me voy a ocupar.

—Mejor hable con el señor Fitzpatrick —dijo el señor Holohan, distante.

—A mí no me interesa el señor Fitzpatrick —repitió la señora Kearney—. Tengo mi contrato y voy a hacer que se cumpla.

Cuando regresó al camarín sus mejillas estaban ligeramente ruborizadas. El ambiente era animado. Dos hombres con ropa de calle habían tomado posesión del hogar y charlaban familiarmente con la señorita Healy y el barítono. Eran un enviado del Freeman y el señor O’Madden Burke. El enviado del Freeman había venido a decir que no podía quedarse al concierto ya que tenía que cubrir una lectura que iba a dar un sacerdote norteamericano en la Mansion House2. Pero dijo que tenían que dejarle una nota en la redacción del Freeman y que él se encargaría de que la incluyeran. Era canoso, tenía una voz confiable y modales cautos. Sostenía un cigarro apagado en la mano y el aroma a humo del cigarro flotaba a su alrededor. No tenía intenciones de quedarse más que un momento porque los conciertos y los artistes lo aburrían considerablemente, pero permanecía apoyado contra la chimenea. La señorita Healy estaba de pie frente a él, riendo y charlando. Él era lo suficientemente grande como para sospechar la razón de la cortesía pero lo suficientemente joven como para sacar provecho. El calor, la fragancia y el color de aquel cuerpo joven despertaban sus sentidos. Además era agradecidamente consciente de que el pecho que veía subir y bajar frente a él, subía y bajaba para él, que las risas y el perfume y las miradas deliberadas eran un tributo más. Cuando no pudo quedarse ya más tiempo, se despidió de ella lamentándose.

—O’Madden Burke va a escribir la nota —le explicó al señor Holohan—, y yo me voy a ocupar de que la incluyan.

—Muchísimas gracias, señor Hendrick —dijo el señor Holohan—. Yo sé que la va a incluir. Pero ¿no quiere tomar algo antes de irse?

—No vendría mal —dijo el señor Hendrick.

Los dos hombres avanzaron por intrincados pasillos y subieron por una escalera a oscuras hasta llegar a un cuarto aislado donde uno de los acomodadores descorchaba botellas para algunos caballeros. Uno de estos caballeros era el señor O’Madden Burke, que había dado con el cuarto por instinto. Era un agradable hombre mayor quien, en estado de reposo, balanceaba su cuerpo imponente sobre un paraguas de seda enorme. Su grandilocuente apellido de irlandés del oeste era el paraguas moral sobre el que balanceada el delicado problema de sus finanzas. Era ampliamente respetado.

Mientras el señor Holohan entretenía al enviado del Freeman, la señora Kearney hablaba tan enérgicamente con su esposo que él le tuvo que pedir que bajara la voz. La conversación de los otros en el camarín se había puesto tensa. El señor Bell, el primero del programa, estaba listo con su partitura pero su acompañante ni se movía. Evidentemente algo andaba mal. El señor Kearney miraba hacia adelante, mesándose la barba, mientras la señora Kearney le hablaba al oído a Kathleen con un énfasis controlado. De la sala llegaban alientos, aplausos y zapateos. El primer tenor y el barítono y la señorita Healy permanecían juntos, esperando tranquilos, pero el señor Bell estaba muy nervioso porque temía que el público pensara que él se había retrasado.

El señor Holohan y el señor O’Madden Burke entraron al camarín. En un instante el señor Holohan se dio cuenta de lo que pasaba. Se acercó a la señora Kearney y le habló seriamente. Mientras hablaban el ruido de la sala se hizo más fuerte. El señor Holohan se puso muy colorado y nervioso.

Hablaba con fluidez, pero la señora Kearney le repetía cortante, a intervalos:

—Ella no va a salir. Hay que pagarle sus ocho guineas.

El señor Holohan señalaba desesperado hacia la sala donde el público zapateaba y aplaudía. Apeló al señor Kearney y a Kathleen. Pero el señor Kearney seguía mesándose la barba y Kathleen miraba al suelo, moviendo la punta de su zapato nuevo: no era su culpa. La señora Kearney repetía:

—No va a salir si no le pagan.

Después de un rápido combate verbal el señor Holohan se marchó cojeando. La habitación estaba en silencio. Cuando el silencio se volvió insoportable, la señorita Healy le dijo al barítono:

—¿Vio a la señora Pat Campbell esta semana?

El barítono no la había visto, pero le habían dicho que había estado muy bien. La conversación no prosperó. El primer tenor bajó la cabeza y empezó a contar los eslabones de la cadena de oro que le cruzaba el pecho, sonriendo y tarareando notas para medir el efecto en el seno frontal3. De vez en cuando todos echaban una mirada hacia la señora Kearney.

El ruido del auditorio se había vuelto un escándalo cuando el señor Fitzpatrick entró al camarín, seguido por el señor Holohan que jadeaba. Los aplausos y el zapateo en la sala eran alternados con silbidos. El señor Fitzpatrick alzó unos billetes en la mano. Contó hasta cuatro en la mano de la señora Kearney y le dijo que conseguiría la otra mitad en el intervalo. La señora Kearney dijo:

—Faltan cuatro chelines.

Pero Kathleen se recogió la falda y dijo: «Vamos, señor Bell» al primer cantante, que estaba temblando como una hoja. El artista y su acompañante salieron juntos a escena. El ruido en la sala se apagó. Hubo una pausa de unos segundos y después se oyó el piano.

La primera parte del concierto fue muy exitosa a excepción del número de Madam Glynn. La pobre mujer cantó Killarney con voz jadeante y sin cuerpo, con todos los viejos manierismos de entonación y pronunciación que ella creía que le daban elegancia a su canto. Era como si la hubieran resucitado de un viejo guardarropas teatral, y desde las localidades más baratas de la sala se burlaron de sus agudos como quejidos. El primer tenor y la contralto, sin embargo, se robaron al público. Kathleen tocó una selección de melodías irlandesas que fue generosamente aplaudida. Cerró la primera parte con una conmovedora composición patriótica recitada por una joven que organizaba funciones teatrales de aficionados. Fue merecidamente aplaudida; y, cuando terminó, los hombres salieron al intervalo, satisfechos.

En todo este tiempo el camarín había sido un hormiguero de emociones. En una esquina estaba el señor Holohan, el señor Fitzpatrick, la señorita Beirne, dos de los acomodadores, el barítono, el bajo y el señor O’Madden Burke. Este dijo que era la exhibición más escandalosa de la que jamás había sido testigo y que la carrera musical de Kathleen Kearney estaba acabada en Dublín después de esto. Al barítono le preguntaron qué opinaba del comportamiento de la señora Kearney. No quería opinar. Le habían pagado su dinero y quería estar en paz con todos. Sin embargo, dijo que la señora Kearney bien podría haber tenido consideración con los artistes. Los acomodadores y los secretarios debatían acaloradamente sobre qué deberían hacer en el intervalo.

—Estoy de acuerdo con la señorita Beirne —dijo el señor O’Madden Burke—. No pagarle nada.

En otra esquina del cuarto estaban la señora Kearney y su marido, el señor Bell, la señorita Healy y la muchacha que había recitado la pieza patriótica. La señora Kearney decía que el comité la había tratado escandalosamente. Ella no se había fijado en gastos ni en esfuerzos y así era como le pagaban.

Pensaban que solo tendrían que lidiar con una muchacha y que, por lo tanto, podrían pasarla por arriba. Pero ella les iba a mostrar cómo se habían equivocado. No se hubieran animado a tratarla así si hubiera sido un hombre. Pero ella se encargaría de que respetaran los derechos de su hija: de su hija no se burlaba nadie. Si no le pagaban hasta el último penique se iba a enterar todo Dublín. Claro que lo sentía por los artistes. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Le preguntó al segundo tenor, que dijo que no la habían tratado bien. Después le preguntó a la señorita Healy. La señorita Healy quería unirse al otro bando pero no lo haría porque Kathleen era una gran amiga y los Kearney la habían invitado muchas veces a su casa.

Tan pronto como terminó la primera parte el señor Fitzpatrick y el señor Holohan se acercaron a la señora Kearney y le dijeron que las otras cuatro guineas se pagarían después de que se reuniera el comité el martes siguiente y que, en caso de que su hija no tocara en la segunda parte, el comité consideraría roto el contrato y no pagaría nada.

—No he visto a ningún comité —dijo la señora Kearney, enojada—. Mi hija tiene su contrato. Cobrará cuatro libras con ocho en la mano o no pondrá un pie en el escenario.

—Usted me sorprende, señora Kearney —dijo el señor Holohan—. Jamás pensé que nos trataría así.

—¿Y de qué forma me trataron ustedes? —preguntó la señora Kearney.

Su cara se veía ahogada por la rabia y parecía que le iba a pegar a alguien.

—Reclamo mis derechos —dijo ella.

—Podría tener un mínimo de decencia —dijo el señor Holohan.

—¿Que yo podría qué? Si cuando pregunto cómo le van a pagar a mi hija nadie me dice algo razonable.

Echó la cabeza hacia atrás de manera arrogante:

—Tiene que hablar con el secretario. No es asunto mío. Yo-no-sé-nada-de-eso.

—Yo creí que usted era una dama —dijo el señor Holohan, alejándose de ella, bruscamente.

Después de eso la conducta de la señora Kearney fue criticada en todos lados: todos aprobaban lo que había hecho el comité. Ella se quedó en la puerta, consumida por el odio, gesticulando, discutiendo con su marido y su hija. Esperó hasta que fuera la hora de comenzar la segunda parte con la esperanza de que algún secretario o secretaria viniera a hablarle. Pero la señorita Healy consintió amablemente en tocar uno o dos acompañamientos. La señora Kearney tuvo que correrse para dejar pasar al barítono y su acompañante hacia el escenario. Se quedó inmóvil por un instante como una furiosa imagen de piedra y, cuando las primeras notas de la canción sonaron en sus oídos, tomó la capa de su hija y le dijo a su marido:

—¡Conseguí un coche!

Salió inmediatamente. La señorita Kearney envolvió a su hija en la capa y lo siguió. Cuando él ya había salido, ella se detuvo y lo fulminó al señor Holohan con la mirada:

—Todavía no terminé con usted —le dijo.

—Pero yo sí —respondió el señor Holohan.

Kathleen siguió a su madre mansamente. El señor Holohan comenzó a caminar alrededor del cuarto para calmarse, ya que sentía que la piel le quemaba.

—¡Eso es lo que se llama una mujer agradable! —dijo—. ¡Ah, sí, una agradable mujer!

—Hiciste lo indicado, Holohan —dijo el señor O’Madden Burke, posado en su paraguas en señal de aprobación.

  1. Renacimiento irlandés. Movimiento iniciado en la década de 1880 que apoyó la cultura irlandesa en general, así como un resurgimiento del gaélico irlandés como lengua nacional del país. «Renacimiento irlandés» será el tema de discusión entre Gabriel Conroy y una colega en el último relato, «Los muertos». ↩︎
  2. Sede del gobierno de Dublín. ↩︎
  3. La descripción técnica de Joyce no es inocente. Y procede de su conocimiento directo. Joyce estuvo a punto de ser cantante. Al parecer era bastante talentoso e incluso al volver transitoriamente de París por la muerte de su madre, tras algunas dilaciones y reveses literarios, pensó en probar por última vez una carrera como cantante. ↩︎

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