—Pero tampoco era eso —dijo Susan Calvin, pensativa—. Finalmente, la nave y otras similares pasaron a ser propiedad del Gobierno; el Salto a través del hiperespacio fue perfeccionado, y ahora tenemos colonias humanas en los planetas de estrellas cercanas, pero tampoco era eso…
Yo había terminado de comer y la miraba a través del humo de mi cigarrillo.
—Lo que realmente cuenta es lo que le ha ocurrido a la gente de la Tierra durante los últimos cincuenta años. Cuando yo nací, mi joven amigo, acabábamos de salir de la última Guerra Mundial. Era un punto insignificante en la historia, pero fue el final del nacionalismo. La Tierra era demasiado pequeña para las naciones y empezaron a agruparse en Regiones. Tomó bastante tiempo. Cuando yo nací, los Estados Unidos de América eran todavía una nación y no una mera parte de la Región Norte. De hecho, el nombre de la corporación sigue siendo «United States Robots»… Y el cambio de naciones a regiones, que ha estabilizado nuestra economía y ha traído el equivalente a una nueva Edad de Oro, si comparamos este siglo con los anteriores, fue obra también de nuestros robots.
—¿Se refiere usted a las Máquinas? —pregunté—. El Cerebro del que usted habla fue la primera de las Máquinas, ¿verdad?
—Sí, pero no era en las Máquinas en lo que estaba pensando, sino en un hombre. Murió el año pasado. —Su voz adquirió súbitamente un tono profundo de dolor—. O por lo menos se las ingenió para morir, porque sabía que ya no lo necesitábamos. Me refiero a Stephen Byerley.
—Lo suponía.
—Comenzó su carrera en 2032. Entonces no era usted más que un chiquillo, de manera que no puede recordar lo extraño que era. Su campaña por alcanzar la Alcaldía fue ciertamente la más extraña de la historia…
Francis Quinn era un político de la nueva escuela. Esto, desde luego, es una expresión sin sentido, como todas las expresiones de este tipo. La mayor parte de las «nuevas escuelas» que tenemos eran duplicadas de la vida social de la antigua Grecia y quizá, si supiésemos más sobre ellas, de la vida social de la antigua Sumeria y de las viviendas lacustres de la Suiza prehistórica.
Pero, para salir de lo que promete ser un enojoso y complicado principio, es mejor dejar bien sentado que Quinn ni anduvo detrás de empleos ni mendigó votos, ni hizo discursos ni llenó urnas. Como Napoleón no apretó jamás un gatillo en Austerlitz.
Y como la política crea extrañas amistades, Alfred Lanning estaba sentado en el otro lado de la mesa con su feroz mirada y las blancas cejas fruncidas, inclinado hacia adelante con su crónica impaciencia.
Si Quinn se hubiera enterado del hecho, le habría desagradado profundamente. Su voz era amistosa, incluso profesional, quizá.
—Supongo que conoce usted a Stephen Byerley, doctor Lanning.
—He oído hablar de él. Como mucha gente.
—Sí, yo también. ¿Piensa usted votar por él en las próximas elecciones?
—No podría decirlo —respondió con un tono de voz inconfundiblemente ácida—. La política no es lo mío, de manera que no estoy al corriente de que aspire a puesto alguno.
—Puede ser nuestro próximo alcalde. Desde luego, de momento no es más que un abogado, pero…
—Sí, ya he oído la frase otras veces —lo interrumpió Lanning—. Pero me pregunto si no podríamos tratar de los asuntos que nos ocupan.
—Estamos tratando los asuntos que nos ocupan, doctor Lanning —dijo Quinn en tono de perfecta corrección—. Tengo interés en que el señor Byerley siga en su cargo de fiscal de distrito, y nada más, y por su propio interés debe ayudarme a conseguirlo.
—¿Mi propio interés? ¡Vamos!
—Bien, digamos el interés de la U. S. Robots & Mechanical Men, Inc. Me dirijo a usted como director honorario de Investigaciones, porque sé que su relación con las sociedades es, digamos, la de «estadista veterano». Le escuchan con respeto, aun cuando su relación con ellos no es todo lo íntima que era ni dispone usted de una considerable libertad de acción; aunque esta acción sea en cierto modo heterodoxa.
El doctor Lanning permaneció algunos momentos silencioso, como si estuviese dando vueltas a sus pensamientos. Más suavemente, dijo:
—No le sigo a usted en absoluto, señor Quinn.
—No me sorprende, doctor Lanning. Pero es muy sencillo. ¿Me permite?… —Quinn encendió un delgado cigarrillo con un elegante encendedor y su demacrado rostro adquirió una cierta expresión de ironía—. Hemos hablado del señor Byerley, extraño e insípido personaje. Tres años atrás era un perfecto desconocido. Ahora es muy conocido. Es un hombre fuerte y capaz, y seguramente el fiscal más inteligente que hemos conocido. Desgraciadamente, no es amigo mío…
—Comprendo —dijo Lanning mecánicamente, mirándose las uñas.
—El año pasado —prosiguió Quinn pausadamente— tuve ocasión de hacer algunas averiguaciones, por cierto agotadoras, acerca del señor Byerley. Es siempre útil, comprenda usted, someter la vida pasada de los reformadores políticos a una investigación minuciosa. Si supiese usted cuán a menudo esto ayuda a… —Hizo una pausa para mirar sonriente su cigarrillo—. Pero el pasado de Byerley es insignificante. Una vida tranquila en un pueblecito, una educación universitaria, una esposa que murió joven, un accidente de coche con una larga convalecencia, su traslado a la metrópoli y su nombramiento como fiscal.
Francis Quinn movió la cabeza y prosiguió:
—Pero su vida actual… ¡Ah, esto es notable! ¡Nuestro fiscal de distrito no come!
—¿Cómo dice? —saltó Lanning con la viva sorpresa pintada en los ojos.
—Nuestro fiscal de distrito no come —repitió marcando las sílabas—. Modificaré ligeramente mis palabras. Nunca ha sido visto comiendo ni bebiendo. ¡Nunca! ¿Comprende usted el significado de la palabra? No raramente, sino ¡nunca!
—Lo considero increíble. ¿Puede usted confiar en sus investigadores?
—Puedo confiar en mis investigadores y no lo considero en absoluto increíble. Más aún, nuestro fiscal nunca ha sido visto bebiendo tanto, en el sentido acuátil, como en el alcohólico… ni durmiendo. Hay otros factores, pero creo mi deber precisar.
Lanning se echó hacia atrás en su asiento y entre los dos hombres reinó un silencio preñado de amenazas. Finalmente, el ingeniero en robótica movió la cabeza:
—No —dijo—. Según lo que usted dice, sólo hay una posibilidad a la que podría hacer referencia, y es imposible.
—¡Pero el hombre es completamente inhumano, doctor Lanning!
—Si me dijese que es Satanás enmascarado tendría una remota probabilidad de que le creyese.
—Le digo que es un robot, doctor Lanning.
—Y yo le digo que es la suposición más absurda que jamás he oído.
—De todos modos —dijo Quinn, apagando su cigarrillo con minucioso cuidado—, tendrá usted que investigar esta imposibilidad con todos los recursos de que dispone la Corporación.
—Bajo ningún aspecto puedo emprender esa tarea, Quinn. No va usted a sugerir que la Corporación tome parte en intrigas políticas…
—No tiene usted elección posible. Suponga que diese publicidad a los hechos sin pruebas. Las apariencias son suficientemente probatorias.
—Si le conviene así…
—No me conviene. Las pruebas serían preferibles. Y tampoco le conviene porque la publicidad sería muy perjudicial para su empresa. Está usted perfectamente enterado, supongo, de la estricta prohibición del empleo de robots en los mundos habitados…
—¡Ciertamente! —exclamó con brusquedad.
—Ya sabe usted que la U. S. Robots & Mechanical Men, Inc es la única fabricante de robots positrónicos del Sistema Solar, y si Byerley es un robot, es un robot positrónico. También sabe usted que los robots positrónicos son arrendados, pero no vendidos; que la Corporación sigue siendo dueña y empresaria de cada robot, y por ello responsable de todas sus acciones.
—Es demasiado fácil, señor Quinn, probar que la Corporación no ha fabricado jamás un robot de tipo humanoide.
—¿Puede hacerse? Sólo se trata de discutir las posibilidades.
—Sí, puede hacerse.
—¿Secretamente también? ¿Sin examinar sus libros?
—El cerebro positrónico, no. Hay demasiados factores afectados, y es susceptible de una minuciosa investigación gubernamental.
—Sí, pero los robots se desgastan, se estropean, quedan inútiles…, y son desguazados.
—Y los cerebros positrónicos, reciclados o destruidos.
—¿De veras? —dijo Francis Quinn con un leve tono de sarcasmo—. ¿Y si uno de ellos no fuese, accidentalmente, desde luego, destruido…, y hubiese, casualmente, una estructura humanoide esperándolo…?
—¡Imposible!
—Tendrá usted que probarlo ante el Gobierno y ante el público, de manera que no me lo pruebe ahora a mí.
—Pero… ¿cuál podría ser nuestro propósito? —preguntó Lanning, exasperado—. ¿Qué motivo podemos tener? Concédanos al menos un mínimo de sentido común…
—Querido doctor, la Corporación se consideraría muy feliz de obtener de varias Regiones el permiso para usar el robot humanoide en los mundos habitados. Los beneficios serían enormes. Pero el perjuicio causado al público por semejante práctica es demasiado grande. Supongamos que lo acostumbra al uso de tales robots. Tenemos un eminente abogado, un buen alcalde, ¡y es un robot! ¿No compraría usted nuestros mayordomos robots?
—Completamente fantástico. De un humorismo que frisa con el ridículo.
—Lo imagino. ¿Por qué no lo prueba? ¿O prefiere usted verdaderamente probarlo en público?
La luz del despacho iba menguando, pero no tanto como para oscurecer el rubor del desconcierto en el rostro de Alfred Lanning. Su dedo apretó lentamente un botón y la luz de las paredes iluminó la habitación, dándole nueva vida.
—Bien, entonces… —gruñó—, veamos.
El rostro de Stephen Byerley no es fácil de describir. Tenía cuarenta años según el certificado de nacimiento, y aunque su aspecto era el de una persona saludable, los aparentaba. Cuando se reía lo hacía con un aire de sinceridad y ahora se estaba riendo. Se reía ruidosamente, su risa se desvanecía por un instante y volvía a empezar.
Y el de Alfred Lanning demostraba una rígida y amarga reprobación. Hizo un leve gesto a la doctora sentada a su lado, pero ésta se limitó a arrugar ligeramente los labios. Byerley parecía más calmado.
—Realmente, doctor Lanning, ¿cómo puede usted pensar que soy un robot?
—No lo digo yo —dijo Lanning, secamente—. Dado que no fue fabricado por nuestra corporación, estoy convencido, y me congratulo de ello, de que es usted un miembro de la Humanidad, al menos en el sentido legal de la palabra. Pero, en vista de que la afirmación de que es usted un robot nos ha sido facilitada por un hombre de una cierta solvencia moral…
—No pronuncie usted su nombre, si se ve obligado a desprender un grano de arena de su ética de granito, pero supongamos, por pura conveniencia, que fuese el señor Francis Quinn, y prosigamos.
Lanning emitió una especie de gruñido ante la interrupción e hizo una larga pausa antes de continuar.
—… Por un hombre de una cierta solvencia moral, sobre cuya identidad no me interesa hacer conjeturas, me veo obligado a rogarle que nos ayude a demostrar lo contrario. El mero hecho de que una declaración de este tipo pudiese ser adelantada y publicada por los medios de que este hombre dispone, sería ya un mal golpe para la compañía que represento…, aunque la acusación no fuese jamás probada. ¿Me comprende?
—¡Oh, sí, veo muy claramente su situación! La acusación es en sí ridícula. La posición en que usted se encuentra, no. Le pido perdón si mi risa lo ha ofendido. Era de lo primero de lo que me reía, no de lo segundo. ¿En qué forma puedo ayudarlo?
—Muy sencillo. Basta con que se siente usted en un restaurante en presencia de testigos, coma y le saquen una fotografía. —Lanning se echó hacia atrás en su silla; lo peor de la conversación había pasado ya. La doctora observaba a Byerley con expresión aparentemente absorta, pero no intervino para nada. Stephen Byerley captó su mirada y se volvió hacia Lanning. Durante algunos instantes jugueteó con el pisapapeles, que era el único objeto que había sobre la mesa.
—No creo que pueda complaceros —dijo pausadamente—. Pero, aguarde, doctor Lanning —añadió, levantando una mano—. Me hago cargo de que todo esto es sumamente desagradable para usted, de que ha sido inducido a ello contra su voluntad, y de que se da usted cuenta de que está desempeñando un papel indigno e incluso ridículo. Sin embargo, ese asunto está íntimamente ligado conmigo, de modo que sea tolerante. En primer lugar, ¿qué le hace a usted creer que Quinn, ese hombre de la cierta responsabilidad moral, según usted, no le ha engañado a fin de inducirle a hacer lo que está usted precisamente haciendo?
—Me parece muy improbable que una persona de su reputación se pusiese en peligro de una forma tan ridícula, si no estuviese convencida de que pisaba terreno firme.
En los ojos de Byerley asomó un destello de humor.
—No conoce usted a Quinn. Conseguiría pisar terreno firme en la cima de una montaña donde no se aguantaría ni una cabra. ¿Supongo que le mostró a usted los detalles de la investigación que dice haber hecho sobre mí?
—Lo suficiente para convencerme de lo molesto que sería ver a la corporación refutarlos, cuando puede usted hacerlo tan fácilmente.
—Entonces, ¿le cree usted cuando le dice que no como? Usted es un científico, doctor Lanning. Piense con la lógica necesaria. Nunca me han visto comiendo porque nunca como, ¿no es eso? ¡Al fin y al cabo es eso!
—Está usted empleando tácticas procesales para hacer confusa lo que en realidad es una situación muy clara.
—Todo lo contrario; estoy tratando de poner en claro lo que Quinn y usted han complicado extraordinariamente. Duermo poco, ¿comprende usted?, y, desde luego, no lo hago en público. No me gusta comer con los demás, una idiosincrasia que es inusitada y probablemente neurótica, pero que no perjudica a nadie. Permítame que le exponga una suposición, doctor Lanning. Supongamos que tenemos un político interesado en derrotar a toda costa a un candidato reformista, y mientras investiga su vida privada se encuentra, además, que a fin de anular efectivamente esta candidatura, acude a su compañía como agente ideal. ¿Espera usted que vaya y le diga: «Fulano es un robot porque no come nunca con nadie ni le hemos visto dar cabezadas en medio de una causa y una vez que me asomé a su ventana, seguía allí sentado con un libro en la mano a altas horas de la noche, y miré su nevera y no había nada de comer en ella»? Si le hubiese dicho a usted esto, habría pedido una camisa de fuerza. Pero en su lugar, le dice: «No duerme nunca, no come nunca». Y lo impresionante de esta declaración lo ciega a usted hasta el punto de que no ve que la verdad es imposible de probar. Está jugando con usted, para que contribuya a propagar el rumor.
—Prescindiendo —replicó Lanning con amenazadora obstinación— de que considere usted este asunto serio o no, bastaría sólo la comida a que he hecho referencia para darlo por zanjado.
Byerley se volvió nuevamente hacia Susan, quien seguía mirándolo inexpresivamente.
—Perdóneme, no sé si he entendido bien su nombre. Es Susan Calvin, ¿verdad?
—Sí, señor Byerley.
—Es usted la psicóloga de la U. S. Robots, ¿verdad?
—Robopsicóloga, por favor.
—¡Ah! ¿Tan mentalmente diferentes de los hombres son los robots?
—Mundos diferentes. Los robots son esencialmente honrados —dijo con una sonrisa helada.
—Esto es un golpe fuerte —dijo el abogado con un poco de sorna—. Pero lo que quería decir era lo siguiente. Puesto que es usted psicólo… robopsicóloga, perdón, y mujer, apostaría a que ha hecho algo en lo que el doctor Lanning no ha pensado.
—¿Qué?
—Llevar algo de comer en el bolso.
Un rápido destello apareció en los astutos ojos de Susan.
—Es usted sorprendente, señor Byerley —dijo.
Y abriendo su bolso, sacó una manzana. Pausadamente, se la tendió. Después de la primera impresión de sorpresa, Lanning siguió con la mirada los lentos movimientos de las dos manos. Con calma, Stephen Byerley mordió la manzana y se tragó el pedazo.
—¿Lo ve usted, doctor Lanning?
Lanning sonrió con tal alivio, que incluso sus cejas parecieron llenas de benevolencia. Un alivio que sólo sobrevivió un frágil segundo.
—Sentía curiosidad por ver si era capaz de comérsela —dijo Susan Calvin—, pero, desde luego, esto no prueba nada.
—¿No? —preguntó Byerley con una mueca.
—Desde luego que no. Es obvio, doctor Lanning, que si este hombre fuese un robot humanoide, sería una perfecta imitación. Es casi demasiado humano para ser creíble. Después de todo, hemos estado viendo y observando seres humanos toda nuestra vida; sería imposible imaginar nada que estuviese más cerca de nosotros. Tenía que ser perfecto. Observe la textura de la piel, la calidad del iris, la conformación ósea de la mano. Si es un robot, quisiera que lo hubiese fabricado la U. S. Robots, porque es un buen trabajo. ¿Supone usted, pues, que quien es capaz de prestar atención a tales minucias descuidará algunos dispositivos para conseguir hacerlo comer, dormir y evacuar? Para casos de emergencia, quizá; como, por ejemplo, la situación que se está presentando ahora. De modo que una comida no prueba en realidad nada.
—Aguarde, aguarde —saltó Lanning—. No soy tan imbécil como parecen ustedes creer. No me interesa el problema de la humanidad o inhumanidad del señor Byerley, sino sacar a la corporación del aprieto. Una comida en público zanjaría el asunto y lo mantendría así dijese Quinn lo que dijese. Podemos dejar los detalles más minuciosos a los abogados y robopsicólogos.
—Pero, doctor Lanning —dijo Byerley—, olvida usted el cariz político de la situación. Tengo tanto interés en ser elegido como Quinn en impedírmelo. A propósito, ¿se ha dado usted cuenta de que ha pronunciado su nombre? Ha sido un truco inocente mío; sabía que ocurriría así antes de que hubiésemos terminado.
—¿Qué tiene que ver en esto la elección? —preguntó Lanning, sonrojándose.
—La publicidad surte efecto en los dos sentidos. Si Quinn quiere llamarme robot y tiene el descaro de hacerlo, yo tengo el descaro de seguirle el juego.
—¿Quiere usted decir que…?
—Exactamente; quiero decir que voy a dejarlo seguir adelante, elegir la cuerda, probar su resistencia, cortar la medida, hacer el lazo, meter la cabeza en él. Puedo hacer lo poco que hace falta.
—Me parece usted muy confiado.
—Dejémoslo, Alfred —dijo Susan Calvin poniéndose de pie—. No conseguiremos hacerle cambiar de idea.
—¿Lo ve? —dijo Byerley con una amable sonrisa—. También es usted una psicóloga humana…
Pero quizá no toda la confianza que el doctor Lanning había podido observar subsistía aún aquella noche cuando el coche de Byerley se colocó en la pista automática que conducía al parking subterráneo y cuando después cruzó la calle para dirigirse a su casa.
Una persona sentada en una silla de ruedas levantó la vista y sonrió al oírlo entrar. El rostro de Byerley se iluminó, afectuoso. Se acercó a ella. La voz del inválido era un susurro estridente que salía de una boca torcida, en un rostro cuya mitad eran cicatrices.
—Llegas tarde, Steve.
—Lo sé, John, lo sé. Pero hoy me he encontrado con un problema peculiar e interesante.
—¿Sí? —Ni el rostro destrozado ni la voz ronca podían tener expresión, pero en los ojos claros se pintaba la ansiedad—. ¿Nada que no puedas solucionar?
—No estoy del todo seguro. Quizá necesite tu ayuda. Eres el más brillante de la familia. ¿Quieres que te lleve fuera, al jardín? Hace una noche magnífica.
Dos poderosos brazos levantaron a John de la silla de ruedas. Gentilmente, casi como una caricia, los brazos de Byerley sostenían al paralítico por debajo de los hombros y las inútiles piernas. Cuidadosa y lentamente cruzaron las habitaciones, bajaron la suave rampa y salieron al jardín posterior de la casa.
—¿Por qué no dejas que utilice mi silla, Steve? Es una tontería.
—Porque prefiero llevarte. ¿Tienes algo que objetar? Ya sabes que estás tan contento de librarte por un rato de este chisme mecánico como yo de sacarte de él. ¿Cómo te encuentras hoy? —añadió depositando a John con infinito cuidado sobre la hierba fresca.
—¿Cómo me encuentro? ¡Cuéntame qué te ha ocurrido!
—La campaña de Quinn se basará en su suposición de que soy un robot.
—¿Cómo lo sabe? —exclamó John abriendo los ojos—. ¡Es imposible! ¡No puedo creerlo!
—Espera, te digo que es así. Ha mandado a dos ases científicos de la U. S. Robots & Mechanical Men, Inc a discutir conmigo a mi despacho.
Las torpes manos de John iban arrancando la hierba.
—Comprendo, comprendo…
—Pero no podemos permitir que elija su terreno —dijo Byerley—. Tengo una idea. Atiende y dime si podemos llevarla a cabo…
La escena, tal como aparecía aquella noche en el despacho de Lanning, era una colección de miradas. Francis Quinn miraba meditabundo a Alfred Lanning. La mirada de Lanning estaba furiosamente fija en Susan Calvin, quien, a su vez, miraba impasible a Quinn.
Haciendo un esfuerzo por parecer tranquilo, Quinn dijo:
—Va intentándolo todo a medida que lo hace.
—¿Va usted a jugar con esto, señor Quinn? —preguntó Susan indiferente.
—Pues… es un juego, en realidad.
—Mire —dijo Lanning pretendiendo ocultar su pesimismo—, hemos hecho lo que nos ha dicho. Hemos visto al hombre comer. Es ridículo pretender que sea un robot.
—¿Lo cree usted así? —preguntó Quinn a Susan—. Lanning ha dicho que era usted la técnica de la sociedad.
—Veamos, Susan… —dijo Lanning en un tono casi amenazador.
—¿Por qué no la deja hablar, hombre? —lo interrumpió Quinn—. Lleva aquí media hora muda como un poste.
Lanning se sentía muy extenuado. Sólo un paso lo separaba de caer en un estado paranoico.
—Muy bien, diga lo que tenga que decir, Susan. No la interrumpiremos —dijo.
Susan le dirigió una mirada inexpresiva y después fijó sus ojos en Quinn.
—Para probar definitivamente que el señor Byerley es un robot no hay más que dos caminos. Hasta ahora sólo aportan ustedes indicios circunstanciales con los cuales pueden acusar, pero no probar, y creo que Byerley es lo bastante inteligente para contrarrestar esta clase de material. Probablemente piensan ustedes lo mismo, de lo contrario no estarían aquí.
»Los dos métodos de prueba son el físico y el psicológico. Físicamente, se le puede disecar o utilizar los rayos X. Cómo conseguirlo, sería su problema, señores. Psicológicamente, su conducta puede ser estudiada, porque si es un robot positrónico tiene que conformarse a las tres Leyes de la Robótica. Un cerebro positrónico no puede ser construido sin ellas. ¿Conoce usted las Leyes, señor Quinn?
Susan las citó lenta y cuidadosamente, enfatizando cada una de las famosas palabras impresas en negrita en la primera página del Manual de Robótica.
—He oído hablar de ellas —dijo Quinn.
—Entonces, el caso es fácil. Si el señor Byerley comete una infracción a una de estas leyes, no es un robot. Desgraciadamente, este procedimiento tiene sólo una dirección. Si se amolda a las leyes, el hecho no probaría ni una cosa ni la otra.
—¿Por qué no, doctora? —preguntó Quinn.
—Porque, si se detiene usted a estudiarlas, verá que las tres Leyes de la Robótica no son más que los principios esenciales de una gran cantidad de sistemas éticos del mundo. Todo ser humano se supone dotado de un instinto de conservación. Es la Tercera Ley de la Robótica. Todo ser humano bueno, con conciencia social y sentido de la responsabilidad, deberá someterse a la autoridad constituida; obedecer a su doctor, a su Gobierno, a su psiquiatra, a su compañero; aunque sean un obstáculo a su comodidad y seguridad. Es la Segunda Ley de la Robótica. Todo ser humano bueno, debe, además, amar a su prójimo como a sí mismo, arriesgar su vida para salvar a los demás. Ésta es la Primera Ley de la Robótica. Para exponerlo claramente, si Byerley observa todas estas reglas, puede ser un robot, pero puede también ser simplemente una buena persona.
—Entonces —dijo Quinn—, me está usted diciendo que no podrá jamás probar que sea un robot.
—Puedo, quizá, probar que no es un robot.
—No es ésta la prueba que quiero.
—Tendrá usted la prueba tal como exista. Es usted el único responsable de sus propios deseos.
En aquel instante, la mente de Lanning se aferró a una idea.
—¿No se le ha ocurrido a nadie —gruñó— que la de fiscal de distrito es una ocupación bastante extraña para un robot? Acusar seres humanos, sentenciarlos a muerte, dañarlos de un modo considerable…
—No, no conseguirá usted nada siguiendo ese camino —saltó Quinn, impaciente—. Ser fiscal de distrito no lo hace humano. ¿No conoce usted su hoja de servicios? ¿No sabe usted que se jacta de no haber acusado nunca a un inocente, de que hay cantidad de hombres que no han sido procesados porque las pruebas contra ellos no lo convencían, pese a que habría podido convencer al jurado de su culpabilidad y condenarlos a ser atomizados? Pues es así.
—No, Quinn, no —dijo Lanning con voz excitada—. No hay en las Leyes de la Robótica nada que permita juzgar la culpabilidad humana. Un robot no puede juzgar si un ser humano merece o no la muerte. No es él quien debe decidir. No puede hacer daño a un ser humano, ya sea de la variedad canalla, o de la variedad ángel.
—Alfred —intervino Susan Calvin, visiblemente cansada—, no diga tonterías. ¿Qué ocurre si un robot ve que un loco se dispone a incendiar una casa llena de gente? Detendrá al loco, ¿no?
—Desde luego.
—¿Y si la única manera de detenerlo fuese matarlo?
Lanning dejó escapar un sonido gutural. Eso fue todo.
—La respuesta, Alfred, es que haría cuanto le fuese posible por no matarlo. Si el loco muriese, el robot necesitaría un tratamiento psicoterapéutico porque podría fácilmente enloquecer ante el conflicto que se le ha presentado: infringir la Primera Ley para observar la Primera en un sentido del mal menor. Pero habría un hombre muerto y un robot que lo habría matado.
—Bien, y ¿está Byerley acaso loco? —preguntó Lanning con todo el sarcasmo que pudo poner en su voz.
—No, pero tampoco ha matado personalmente a nadie. He expuesto hechos que demostraban que un hombre podía llegar a ser peligroso para la gran masa humana que llamamos sociedad. Protege a la mayoría y de esta forma observa la Primera Ley en su máxima potencialidad. Hasta aquí es donde llega él. Es el juez quien condena al acusado a muerte o prisión una vez el jurado ha decidido su culpabilidad o inocencia. Es el carcelero quien lo encierra, el verdugo quien lo mata. Pero Byerley no ha hecho más que decidir la verdad y ayudar a los humanos. He estudiado la carrera de Byerley desde que llamó usted nuestra atención sobre él, señor Quinn. He observado que no ha pedido nunca la pena de muerte en sus conclusiones ante el jurado. He descubierto también que con frecuencia ha hablado a favor de la supresión de la pena capital y ha ayudado generosamente a las instituciones de investigación consagradas a la neurofisiología criminal. Al parecer, cree más en la curación que en el castigo de los criminales. Considero esto muy significativo.
—¿De veras? —dijo Quinn, sonriendo—. ¿Significativo de cierto olor a robotismo, quizá?
—¿Quizá? ¿Por qué negarlo? Acciones como éstas tanto pueden proceder de un robot como de un ser humano honorable y decente. Pero, ¿comprende usted?, lo que ocurre es que no hay mañera de diferenciar un robot de un ser humano bueno.
Quinn se echó hacia atrás en la silla. Su voz temblaba de impaciencia.
—Doctor Lanning, es posible crear un robot humanoide capaz de duplicar a la perfección un ser humano y su apariencia, ¿verdad?
Lanning permaneció reflexionando largo rato.
—Ha sido hecho experimentalmente por la U. S. Robots —dijo a su pesar— sin el aditamento del cerebro positrónico, desde luego. Empleando óvulos humanos y control hormonal se puede desarrollar carne y piel humanas sobre un esqueleto de plásticos porosos de sílice que desafiarían cualquier examen externo. Los ojos, el cabello, la piel, serían realmente humanos, no humanoides. Y si le añade usted un cerebro positrónico y demás dispositivos interiores, obtiene usted un robot humanoide.
—¿Cuánto tiempo se necesitaría para fabricarlo?
—Si dispone usted de todo su equipo —dijo Lanning después de haber reflexionado—, el cerebro, el esqueleto, el óvulo, las hormonas adecuadas y las radiaciones, digamos dos meses.
—En ese caso, veremos qué aspecto ofrecen las entrañas del señor Byerley —dijo Quinn agitándose en su silla—. Será una publicidad para la U. S. Robots, pero le concedo esta oportunidad.
Una vez que quedaron a solas, Lanning se volvió impaciente hacia Susan Calvin.
—¿Por qué insiste usted en…?
—¿Qué prefiere usted, la verdad o mi dimisión? No voy a mentir por usted. No sea cobarde —respondió Susan.
—¿Qué ocurrirá si abre a Byerley y se encuentra con un montón de ruedas dentadas y mecanismos?
—No abrirá a Byerley —dijo Susan desdeñosa—. Byerley es tan listo como Quinn.
La noticia estalló en la ciudad una semana antes de que Byerley tuviese que ser elegido. «Estalló» no es la palabra correcta. Se arrastró, se filtró, serpenteó por la ciudad. Y mientras Quinn acentuaba su presión en los centros accesibles, las risas aumentaban, un elemento de vaga incertidumbre intervenía y la gente comenzaba a dudar.
La misma convención adoptaba una actitud de semental indómito. Hasta entonces no había habido rival a la vista. Una semana antes no cabía otro nombramiento que el de Byerley. Ni siquiera entonces había sustituto. Tenían que nombrarlo, pero reinaba la confusión.
La situación no habría sido tan grave si el individuo no se hubiese visto desgarrado entre la gravedad de la acusación, si era cierta, y su sensacional locura, si era falsa.
Al día siguiente de la designación de Byerley como candidato, un periódico publicó el resumen de una larga entrevista con la doctora Susan Calvin, «la mundialmente famosa técnica en robopsicología y positrones».
El efecto que produjo podría calificarse sucintamente de infernal.
Era lo que los Fundamentalistas estaban esperando. No eran un partido político; no pretendían practicar ninguna religión. Eran esencialmente los que no se habían adaptado a lo que en otro tiempo se llamó la Edad Atómica, en los días en que el átomo era una novedad. En realidad, eran hombres sencillos que aspiraban a una vida que a los que la vivían no les parecía probablemente tan sencilla, y habían sido, por consiguiente, hombres sencillos a su vez.
Los Fundamentalistas no invocaban ningún nuevo motivo para detestar a los robots y a quienes los fabricaban; pero un nuevo motivo, como la acusación de Quinn y el análisis de Susan Calvin, eran suficientes para exteriorizar esta aversión.
Los vastos talleres de la U. S. Robots & Mechanical Men, Inc eran una colmena de guardias armados. Se preparaban para la guerra.
En la ciudad, la casa de Stephen Byerley estaba llena de policías.
Por supuesto, la campaña política perdió todo otro punto de vista y parecía una campaña sólo porque era algo que llenaba el intervalo entre designación y elección.
Stephen Byerley no permitió al agitado hombrecillo que lo distrajese. Permaneció imperturbable ante los uniformes que lo rodeaban. Fuera de la casa, más allá de la hilera de guardias, esperaban fotógrafos y periodistas, de acuerdo con las tradiciones de su casta. Una instalación de televisión enfocaba la entrada de la modesta residencia del fiscal, mientras un menudo y excitado locutor emitía exagerados comentarios.
El agitado hombrecillo avanzó tendiéndole una hoja de papel.
—Esto, señor Byerley, es el mandato judicial autorizándome a registrar la casa en busca de la presencia ilegal de… hombres mecánicos o robots de cualquier especie.
Byerley se incorporó y cogió la hoja de papel. La miró indiferente y la devolvió con una sonrisa.
—Todo en orden. Entre. Cumpla con su deber. Señora Hoppen —dijo, dirigiéndose a su ama de llaves, que observaba perpleja desde la puerta de la habitación—, tenga la bondad de acompañarlos y ayudarlos en lo que pueda.
El hombrecillo agitado, cuyo nombre era Harroway, vaciló, sonrió, fracasó en su intento de captar la mirada de Byerley y, dirigiéndose a los dos policías, murmuró:
—Vamos…
A los diez minutos estaba de regreso.
—¿Han terminado? —preguntó Byerley en un tono que revelaba que no le interesaba la pregunta, ni la posible respuesta.
Harroway carraspeó, hizo un fracasado intento por hablar con su voz de falsete y finalmente, algo turbado, dijo:
—Mire usted, señor Byerley, nuestras instrucciones eran registrar la casa de arriba abajo.
—¿Y no lo han hecho?
—Nos han dicho exactamente lo que teníamos que buscar.
—¿Y bien?
—En una palabra, señor Byerley, sin querer herir sus susceptibilidades, nos han dado orden de registrarlo a usted.
—¿A mí? —preguntó el fiscal, ensanchando su sonrisa—. ¿Y cómo tiene usted intención de hacerlo?
—Tenemos un aparato Penet de penetración…
—Entonces, ¿me van ustedes a hacer una fotografía en rayos X? ¿Tienen una autorización?
—Ya ha visto usted la orden del juez…
—¿Puede mostrármela de nuevo?
Harroway, con un brillo en la frente que no era sólo de entusiasmo, se lo dio otra vez.
—Veo aquí la descripción de lo que tiene usted que registrar —dijo Byerley tranquilamente—. Leo: «La casa situada en el 355 de Willow Grove, Evenstron, perteneciente a Stephen Allen Byerley, así como el garaje, almacén u otras construcciones y edificios de su propiedad, así como los terrenos adyacentes…». En orden. Pero, mi buen amigo, aquí no dice nada respecto a registrar mi interior. No formo parte del alojamiento. Puede usted registrar mis ropas, si cree que llevo un robot oculto en el bolsillo…
A Harroway no le cabía la menor duda acerca de la persona a quien debía aquella misión. No pensaba, sin embargo, quedarse atrás una vez que le habían dado la oportunidad de ganarse un ascenso y… una mejor paga.
—Mire, señor Byerley. Tengo autorización para registrar los muebles y la casa y todo lo que encuentre dentro de ella. Está usted en ella, ¿no?
—Una observación verdaderamente notable. Estoy en ella, en efecto. Pero no soy ningún mueble. Como ciudadano en pleno uso de mis facultades (poseo el certificado del psiquiatra que lo prueba), tengo ciertos derechos que me son conferidos por los Artículos Regionales. Registrarme a mí constituiría una violación de mis derechos civiles. Este papel no basta.
—Seguramente, pero si es usted un robot, no tiene derechos civiles.
—Exacto, pero le repito a usted que este papel no basta. Me reconoce implícitamente como un ser humano.
—¿Dónde?
—Donde dice «la casa perteneciente a…». Un robot no puede ser propietario. Y puede usted decirle a su jefe, señor Harroway, que si intenta dictar otro documento que no me reconozca implícitamente como ser humano, se encontrará inmediatamente ante un requerimiento judicial y una demanda civil obligándole a demostrar que soy un robot basándose en los hechos que tiene actualmente en su posesión, o bien se verá obligado a pagar una indemnización por haber intentado privarme ilegalmente de mis derechos regionales. Se lo dirá usted, ¿verdad?
Harroway se dirigió hacia la puerta, y cuando llegó a ella se volvió.
—Es usted un abogado astuto. —Con la mano en el bolsillo, reflexionó durante unos instantes. Después se marchó, sonrió delante de la placa de televisión que seguía funcionando, hizo un signo a los periodistas y les gritó—: Mañana tendremos algo para vosotros, muchachos. No es broma…
Ya en su coche, se arrellanó, extrajo el diminuto mecanismo que llevaba en el bolsillo y lo examinó cuidadosamente. Era la primera vez que había tomado una fotografía mediante rayos X de reflexión. Esperaba haberlo hecho correctamente.
Quinn y Byerley no se habían encontrado nunca solos frente a frente. Pero el fonovisor se parecía mucho a ello. De hecho, aceptándolo literalmente, quizá la frase era apropiada, aun cuando para cada uno de ellos, el otro no fuese más que el dibujo alternativamente luminoso y oscuro de una superficie de fotocélulas.
Era Quinn quien había hecho la llamada. Era Quinn quien habló primero, y sin particular ceremonia.
—He pensado que le interesaría saber, Byerley, que tengo intención de dar a publicidad la noticia de que usa usted una coraza protectora contra la radiopenetración.
—¿De veras? En ese caso, debería usted haberlo hecho público ya. Tengo la vaga idea de que nuestros emprendedores representantes de la prensa han interceptado mis líneas telefónicas durante bastante tiempo. Sé que tienen las líneas de mi despacho llenas de agujeros; ésta es la razón por la que he permanecido en casa las últimas semanas.
Byerley hablaba en tono amistoso, casi familiar.
—Esta llamada está protegida, de todos modos —dijo Quinn apretando los labios—. La hago a pesar de que corro cierto riesgo personal.
—Lo imaginaba. Nadie sabe, al menos oficialmente, que está usted detrás de esta campaña. Pero nadie deja de saberlo oficialmente. No me importa. De modo que empleo una coraza protectora. Supongo que lo descubrió usted cuando el otro día su esbirro dio demasiada exposición a la fotografía de penetración Penet.
—Debe darse cuenta, Byerley, de que todo el mundo ve claramente que no se atreve usted a someterse a un análisis por rayos X.
—Tan claramente como usted y sus hombres menospreciaron mis derechos civiles.
—Eso los tiene sin cuidado.
—Probablemente. Es bastante simbólico de nuestras dos campañas, ¿no lo cree? Usted se preocupa muy poco por los derechos individuales del ciudadano. Yo me preocupo mucho. No me someteré a los rayos X porque quiero mantener mis derechos por una cuestión de principio. De la misma manera que mantendré los de los demás, una vez elegido.
—Esto será el principio de un interesante discurso, pero nadie le creerá. Suena demasiado grandilocuente para ser verdad. Por otra parte… —añadió con un súbito tono crispado en la voz—, la otra noche el personal de su casa no estaba completo.
—¿En qué sentido?
—Según el informe —dijo, agitando unos papeles dentro del campo de visión de la visiplaca—, faltaba una persona, un paralítico.
—En efecto —dijo Byerley sin entonación—, faltaba un paralítico. Mi viejo profesor, que vive conmigo y está ahora en el campo… desde hace dos meses. Un «muy necesario reposo» es la frase corriente en estos casos. ¿Le da usted su permiso?
—¿Su profesor? ¿Una especie de científico?
—Antiguamente abogado… antes de que fuese paralítico. Tiene licencia gubernamental de investigador biofísico, con laboratorio propio y una descripción completa del trabajo que realiza, apoyado por las más insignes autoridades y de las cuales puede darle referencias. Es un trabajo sin trascendencia, pero entretenido para un pobre… inválido. Lo ayudo tanto como puedo, ¿comprende?
—Comprendo. ¿Y qué sabe este… profesor… sobre la fabricación de robots?
—No puedo juzgar la profundidad de sus conocimientos en un terreno con el que no estoy familiarizado.
—¿No tendría acceso a los cerebros positrónicos?
—Pregúnteselo a sus amigos de la U. S. Robots. Ellos deben de saberlo.
—Hablemos claro, Byerley. Su profesor inválido es el verdadero Stephen Byerley. Usted es su creación Robótica. Podemos comprobarlo. Fue él quien sufrió un accidente de coche, no usted. Habrá maneras de comprobar los informes.
—¿De veras? ¡Hágalo, pues! ¡Le deseo suerte!
—Y podemos registrar la casa de campo de su así llamado profesor y ver qué encontramos en ella.
—Pues… no lo sé, Quinn. Desgraciadamente para usted, mi así llamado profesor es un inválido. Su casa de campo es su lugar de reposo. En estas circunstancias, sus derechos como ciudadano responsable son todavía más fuertes. No conseguirá usted una orden de registro sin demostrar una causa justificada. Sin embargo, seré el último en intentar impedirle que lo intente.
Hubo una pausa prolongada, y Quinn se inclinó hacia adelante, acercándose a la visiplaca, de manera que las líneas de su frente aparecieron en ella con toda claridad.
—Byerley, ¿por qué sigue usted obstinándose? No puede ser elegido.
—¿No?
—¿Cree que puede conseguirlo? ¿Cree usted que el hecho de no hacer el menor intento por probar la falsedad de la acusación de que es un robot, cuando podría hacerlo fácilmente con sólo infringir una de las tres Leyes, no surte más efecto que convencer a la gente de que es usted un robot?
—Lo único que veo es que, de letrado vagamente conocido, pero siempre como un oscuro abogado metropolitano, me he convertido en una figura mundial. Es usted un buen publicista.
—Pero usted es un robot.
—Eso dicen, pero no lo prueban.
—Está suficientemente probado para la elección.
—Entonces descanse, ha ganado.
—Adiós —dijo Quinn, con el primer tono de maldad en la voz, mientras cerraba el visifono.
—Adiós —le respondió Byerley, imperturbable, a la pantalla oscura.
Byerley volvió a traer a su casa a su «profesor» la semana anterior a la elección. El vehículo aéreo aterrizó rápidamente en una parte oscura de la ciudad.
—No te muevas de aquí hasta después de la elección —le dijo Byerley—. Procura mantenerte al margen por si acaso.
La ronca voz que salió pausadamente de la torcida boca de John tenía acentos de preocupación.
—¿Hay peligro de violencia?
—Teóricamente sí; los Fundamentalistas amenazan con ella. Pero en realidad, espero que no. Carecen de poder real. No son más que el continuo factor irritante que al cabo de cierto tiempo puede producir disturbios. ¿Te importa quedarte aquí? No quisiera tener que preocuparme por ti…
—¡Oh, me quedaré! ¿Sigues creyendo que todo irá bien?
—Estoy seguro de ello. ¿Nadie te ha molestado, allí?
—Nadie.
—¿Y por tu parte, todo fue bien?
—Bastante bien. No habrá dificultades en ese aspecto.
—Entonces, ten cuidado y observa el televisor mañana, John —añadió Byerley, estrechando la nudosa mano que descansaba sobre la suya.
La frente de Lenton era una colección de arrugas. Desempeñaba el poco envidiable cargo de jefe de la campaña electoral de Byerley, una campaña que no era tal, para una persona que se negaba a revelar su estrategia y a aceptar la de su asesor.
—¡No puedes! —Era su frase favorita. Y había llegado a ser la única—. ¡Te digo, Steve, que no puedes!
Se detuvo delante del fiscal, que estaba entretenido hojeando el texto de su discurso.
—Deja eso, Steve. Mira, esta multitud ha sido organizada por los Fundamentalistas. No tendrás auditorio. Lo más probable es que te lapiden. ¿Por qué tienes que hacer un discurso en público? ¿Qué dificultad hay en una grabación visual?
—Quieres que gane la elección, ¿verdad?
—¡Ganar la elección! ¡No vas a ganar, Steve! Estoy tratando de salvarte la vida.
—¡No estoy en peligro!
—¡No estás en peligro! ¡No estás en peligro! —exclamó Lenton produciendo un sonido áspero con la garganta—. ¿Vas a salir a ese balcón, igual que un dictador medieval delante de cincuenta mil locos idiotas y hacerlos entrar en razón?
—Dentro de unos cinco minutos —dijo Byerley, después de haber consultado su reloj—, en cuanto estén libres de líneas de televisión.
La respuesta de Lenton fue casi irreproducible.
La muchedumbre llenaba una zona apartada de la ciudad. Los árboles y las casas parecían crecer en medio de la masa humana. Más allá, el resto del mundo observaba. Era una elección puramente local, pero a pesar de ello, tenía un público mundial. Byerley lo sabía, y sonreía.
Pero no había de qué sonreír. Había pancartas y letreros, injuriando y atacando en todas las formas posibles su supuesta condición de robot. La hostilidad de aquella actitud iba creciendo en la atmósfera de una manera tangible.
Desde un principio, el discurso fue un fracaso. Competía con los aullidos de la muchedumbre y los rítmicos gritos de los grupos de Fundamentalistas que formaban islas humanas entre aquélla. Byerley hablaba lentamente, sin emoción…
Dentro, Lenton se mesaba los cabellos, gruñía… y esperaba que corriese la sangre.
Se produjo un movimiento en las primeras filas. Un ciudadano de rostro anguloso, con los ojos salientes y la ropa demasiado pequeña para sus largos miembros, intentaba abrirse paso entre la multitud. Un policía se precipitó hacia él, tratando de detenerlo, pero Byerley lo apartó con un gesto.
El hombre delgado estaba debajo mismo del balcón. Sus palabras se perdían entre el ruido, sin ser oídas. Byerley se inclinó sobre la barandilla.
—¿Qué dices? Si quieres hacer una pregunta justificada, la contestaré. —Se volvió hacia uno de los guardias—. Haz subir a este hombre.
Hubo una gran expectación entre la muchedumbre. Gritos de «¡Silencio!» estallaron en varios sitios y el clamor se fue desvaneciendo. El hombre delgado, de rostro escarlata, estaba delante de Byerley.
—¿Tienes alguna pregunta que hacer?
El hombre delgado se quedó mirándolo y con voz estridente, dijo:
—¡Pégame!
Con súbita energía dobló la cabeza ofreciendo el mentón.
—¡Pégame! Dices que no eres un robot. ¡Pruébalo! ¡No puedes pegar a un ser humano… monstruo!
Hubo un profundo silencio de expectación. La voz de Byerley dijo:
—No tengo ningún motivo para pegarte.
—¡No puedes pegarme! —gritó el hombre—. ¡No quieres pegarme! ¡No eres humano! ¡Eres un monstruo! ¡Un falso hombre!
Y entonces Stephen Byerley, apretando los labios, delante de miles de personas que lo veían personalmente y los otros miles que lo seguían en las pantallas, cerró el puño y alcanzó al hombre en la barbilla. El retador se desplomó, sin otra expresión que la de una profunda sorpresa.
—Lo siento —dijo Byerley—. Lleváoslo y ved que sea bien tratado. Quiero hablar con él cuando haya terminado.
Y cuando la doctora Susan Calvin, desde su sitio reservado, se dirigió a su automóvil y se dispuso a ponerlo en marcha, sólo un reportero se había repuesto lo bastante de la sorpresa para correr tras ella y hacerle una pregunta que no fue oída.
—¡Es humano! —gritó Susan Calvin volviendo la cabeza.
Fue suficiente. El reportero dio media vuelta y echó a correr. El resto del discurso puede calificarse de «pronunciado pero no oído».
La doctora Calvin y Stephen Byerley volvieron a reunirse una semana después de que este último hubiese prestado juramento como alcalde. Era ya tarde, más de medianoche.
—No parece usted cansado —dijo la doctora.
—Puedo aguantar todavía —dijo el recién elegido—. No se lo diga a Quinn.
—Se lo prometo. Pero, puesto que menciona usted su nombre, debo admitir que su historia era interesante. Es una lástima haberla estropeado. Supongo que conoce usted su teoría…
—Parte de ella.
—Es altamente dramática. Stephen Byerley era un joven abogado, un elocuente orador, un gran idealista… y con un cierto olfato para la biofísica. ¿Se interesa usted por la Robótica, señor Byerley?
—Sólo en los aspectos legales.
—Éste era Stephen Byerley. Pero hubo un accidente. La mujer de Byerley murió; lo que le ocurrió a él fue aún peor. Se quedó sin piernas, sin rostro, sin voz. Parte de su mentalidad quedó alterada. No se sometió a cirugía estética. Se retiró del mundo, perdida su carrera legal. Sólo le quedaron las manos y la inteligencia. De una u otra forma consiguió obtener un cerebro positrónico, incluso uno complejo, dotado de una gran capacidad de formular juicio sobre problemas éticos, que es la más alta función Robótica hasta ahora desarrollada. Formó un cuerpo a su alrededor. Le enseñó a ser todo lo que hubiera sido y no podía ser ya. Lo mandó al mundo como Stephen Byerley, permaneciendo él como el viejo y paralítico profesor que jamás nadie ha visto…
—Desgraciadamente —dijo el alcalde electo—, estropeé todo esto por haber pegado a aquel hombre. Los periódicos dicen que el veredicto oficial que dio usted en aquella ocasión fue que era humano.
—¿Cómo ocurrió? ¿Le importaría decírmelo? No pudo ser casual —dijo la doctora Calvin.
—No lo fue del todo. Quinn hizo la mayor parte del trabajo. Mis hombres comenzaron a difundir la versión de que nunca había pegado a un hombre, de que era incapaz de hacerlo aunque me provocasen, probando así que en efecto era un robot. Y entonces arreglé aquel estúpido discurso en público, con toda clase de publicidad. Era inevitable que alguien picase. Esencialmente, es lo que yo llamo un burdo truco. Un truco en el que la atmósfera artificial que se ha creado lo hace todo. Desde luego, los efectos emotivos hicieron mi elección segura, tal como estaba previsto.
—Veo que invade usted mi campo —dijo la doctora en robopsicología—, como corresponde a todo político, supongo. Pero siento mucho que haya ocurrido así. Me gustan los robots. Me gustan mucho más que los seres humanos. Si fuese posible crear un robot capaz de ser funcionario civil, creo que haríamos un gran bien, ya que las Leyes de la Robótica le impedirían dañar a un ser humano, lo incapacitarían para la tiranía, la corrupción, la estupidez, el prejuicio. Y una vez hubiese servido durante un período prudencial, dimitiría, aunque fuese inmortal, porque sería incapaz de perjudicar a los seres humanos haciéndoles saber que habían sido gobernados por un robot. Sería el ideal.
—Excepto por el hecho de que un robot puede fallar, debido a la inherente inadaptación de su cerebro. El cerebro positrónico no tiene nunca la complejidad del cerebro humano.
—Tendría consejeros. Ni siquiera un cerebro humano es capaz de gobernar sin ayuda.
Stephen Byerley miró a Susan Calvin con grave interés.
—¿Por qué sonríe usted, doctora Calvin?
—Sonrío porque Quinn no pensó en todo.
—¿Quiere usted decir que esta historia habría podido ir más lejos?
—Sólo un poco. Durante los tres meses anteriores a la elección, aquel Stephen Byerley de que habla el señor Quinn, aquel hombre destrozado, estaba en el campo por alguna misteriosa razón. Regresó a tiempo para su famoso discurso. Y después de todo, lo que aquel viejo paralítico hizo una vez podía hacerlo dos, particularmente siendo la segunda mucho más fácil, comparada con la primera.
—No acabo de entenderlo…
La doctora Calvin se levantó y se alisó la falda. Evidentemente, se disponía a marcharse.
—Quiero decir que hay sólo un caso en el que un robot puede pegar a un ser humano sin quebrantar la Primera Ley. Sólo uno.
—¿Y es…?
Susan Calvin estaba en la puerta. Pausadamente dijo:
—Cuando el ser humano a quien debe pegar es otro robot.
Su rostro se iluminó con una ancha sonrisa.
—Adiós, señor Byerley. Espero votar por usted dentro de cinco años… para coordinador.
—Tengo que responder que me parece una idea un poco remota… —dijo él, sonriendo, mientras se cerraba la puerta detrás de Susan Calvin.
Me quedé mirándola con una especie de horror.
—¿Es verdad eso?
—Absolutamente.
—¿Y el gran Byerley era simplemente un robot?
—No hubo manera de averiguarlo. Creo que lo era. Pero cuando decidió morir, se atomizó a sí mismo, de modo que nunca hubo prueba legal de que lo fuese. Por otra parte, ¿qué más da?
—Pues…
—Su prejuicio contra los robots es completamente irrazonable. Fue un excelente alcalde. Cinco años después fue elegido coordinador regional. Y cuando la Región de Tierra formó su Federación en 2044, fue nombrado primer coordinador. Pero por aquel tiempo eran las máquinas las que gobernaban el mundo…
—Sí, pero…
—¡Nada de «peros»! Las Máquinas son robots y gobiernan el mundo. Hace sólo cinco años que descubrí toda la verdad. Era en 2052; Byerley ejercía su segundo período como coordinador mundial…

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