Texto aleatorio

Dos caballeros que justo en ese momento estaban en el baño trataron de levantarlo, pero no había caso. Quedó hecho un ovillo al pie de la escalera por la que se había caído. Pudieron darlo vuelta. Su sombrero había rodado lejos y sus ropas estaban manchadas por la mugre y las inmundicias del piso por haber estado bocabajo. Tenía los ojos cerrados y respiraba con gruñidos. Un hilo de sangre le corría por la comisura de los labios.

Estos dos caballeros y uno de los curas lo subieron y lo pusieron de nuevo en el piso del bar. Enseguida estaba rodeado por un anillo de hombres. El dueño del bar preguntó quién era y quién estaba con él. Nadie sabía quién era pero uno de los curas dijo que él le había servido una medida de ron.

—¿Estaba solo? —preguntó el dueño.

—No, señor. Había otros dos caballeros con él.

—¿Y dónde están?

Nadie sabía; una voz dijo:

—Denle aire, está desmayado.

El círculo de curiosos se dilató y se contrajo una vez más elásticamente. Una oscura medalla de sangre se había formado cerca de la cabeza del hombre sobre el piso cuadriculado. El dueño, alarmado por la palidez grisácea de la cara de aquel hombre, mandó a llamar a la policía.

Le aflojaron el cuello y la corbata. Abrió los ojos un momento, suspiró y los cerró de nuevo. Uno de los caballeros que lo había llevado arriba sostenía un abollado sombrero de copa en la mano. El dueño preguntó varias veces si alguien sabía quién era el lastimado o dónde estarían sus amigos. La puerta del bar se abrió y entró un inmenso policía. Un gentío que lo había seguido desde el callejón se agolpó en la entrada, empujándose para mirar hacia el interior a través de los vidrios.

El dueño contó enseguida lo que sabía. El policía, un hombre joven de inmóviles rasgos gruesos, escuchaba. Movía lentamente la cabeza de derecha a izquierda y desde el dueño al individuo en el piso, como si temiera ser víctima de un espejismo. Después se quitó un guante, sacó un librito del cinturón, le chupó la punta a su lápiz y se mostró listo para levantar un acta. Preguntó con un sospechoso acento provinciano:

—¿Quién es el hombre? ¿Cómo se llama y dónde vive?

Un joven en traje de ciclista se abrió paso entre los espectadores. Se arrodilló rápido junto al lastimado y pidió agua. El policía se arrodilló también para ayudar. El joven le lavó la sangre de la boca al lastimado y después pidió un poco de brandy. El policía repitió la orden con un tono autoritario hasta que vino corriendo un cura con un vaso. Lo forzaron a que la garganta dejara pasar algo del brandy. En segundos el hombre abrió los ojos y miró alrededor. Observó el círculo de caras y después, al comprender, trató de ponerse de pie.

—¿Ya se siente bien? —le preguntó el joven vestido de ciclista.

—Sí, no es nada —dijo el lastimado, tratando de levantarse.

Lo ayudaron a ponerse de pie. El dueño dijo algo de un hospital y otros de los que estaban hicieron alguna sugerencia. Le pusieron el estropeado sombrero en la cabeza. El policía preguntó:

—¿Dónde vive?

El hombre, sin responder, empezó a enroscarse las puntas del bigote. No le daba importancia al accidente. No fue nada, dijo, un pequeño accidente. Tenía la lengua pastosa.

—¿Dónde vive? —repitió el policía.

El hombre dijo que le estaban buscando un coche. Mientras discutían el asunto un hombre alto, ágil y rubio, que llevaba un largo sobretodo amarillo, se acercó desde la otra punta del bar. Al ver el espectáculo dijo:

—¡Hola, Tom, viejo! ¿Qué pasó?

—Bah, nada —dijo el hombre.

El recién llegado inspeccionó la deplorable figura que tenía delante y se volvió después al policía para decir:

—Está bien, oficial. Yo lo llevo a su casa.

El policía se tocó el casco con la mano y respondió:

—¡Muy bien, señor Power!

—Vamos, ahora, Tom —dijo el señor Power, tomando a su amigo por un brazo—. No hay huesos rotos. ¿Podés caminar?

El joven vestido de ciclista agarró al hombre por el otro brazo y la gente se dispersó.

—¿Cómo te metiste en este lío? —preguntó el señor Power.

—El caballero se cayó por las escaleras —dijo el muchacho.

—Tea-gra-dez-co mucho —dijo el lastimado.

—No hay por qué.

—¿Vam-os a tr algo…?

—Ahora no. Ahora no.

Los tres hombres salieron del bar y la gente se escurrió por las puertas rumbo al callejón. El dueño llevó al policía hasta la escalera para que inspeccionara el lugar del accidente. Los dos estuvieron de acuerdo en que el caballero seguro se habría resbalado. Los clientes volvieron al mostrador y el cura se dispuso a sacar las manchas de sangre del piso.

Cuando salieron a Grafton Street el señor Power le silbó a un coche. El lastimado dijo de nuevo, lo mejor que pudo:

—De-vr-ad much-s gracs, spe-ro volver a ver-lo. Mi no-bre s Kernan.

El shock y el incipiente dolor lo habían vuelto a medias sobrio.

—No hay de qué —dijo el muchacho.

Se dieron la mano. Alzaron al señor Kernan hasta meterlo en el coche y, mientras Power le daba la dirección al cochero, Kernan le expresaba una vez más su gratitud al muchacho y lamentaba que no pudieran tomar un trago.

—Será otra vez —dijo el muchacho.

El coche partió rumbo a Westmoreland Street. Cuando pasaron por Ballast Office el reloj mostraba que eran las nueve y media. Un viento cortante del este los golpeó desde la boca del río. El señor Kernan se había acurrucado por el frío. Su amigo le preguntó cómo había sido el accidente.

—O ue-do —respondió—. Mi engua ta mal.

—Dejame ver.

El otro se inclinó hacia adelante para mirar el interior de la boca del señor Kernan, pero no vio nada. Encendió un fósforo y, protegiéndolo con la mano, miró de nuevo dentro de la boca que el señor Kernan abría obedientemente. El traqueteo del coche acercaba y alejaba el fósforo de la boca abierta. Las encías y los dientes de abajo estaban cubiertos de sangre coagulada y un minúsculo segmento de la lengua al parecer se había cortado de una mordida. El fósforo se apagó.

—Se ve feo —dijo el señor Power.

—Nah, no e’ na’a —dijo el señor Kernan, cerrando la boca, tapándose el cuello con las sucias solapas del abrigo.

El señor Kernan era un viajante de comercio old school que creía en la dignidad de su oficio. Nunca se lo había visto en la ciudad sin un sombrero más o menos decente y un par de polainas. Por la gracia de estos dos accesorios, decía, un hombre siempre podía causar una buena impresión. Continuaba así la tradición de su Napoleón, el gran Blackwhite, cuyo recuerdo evocaba cada tanto con anécdotas e imitándolo. Los métodos comerciales modernos lo habían desafectado de tener otra cosa que no fuera una pequeña oficina en Crowe Street que tenía el nombre y la dirección de la firma en la persiana: London, E. C. Sobre la repisa de la chimenea de la oficinita se alineaba un pelotón de frascos de plomo y sobre la mesa frente a la ventana había habitualmente cuatro o cinco boles de porcelana con un líquido negro hasta la mitad. De estos boles Mr. Kernan probaba el té. Bebía un sorbo, lo mantenía en la boca saturando el paladar y entonces lo escupía en la chimenea. Después, hacía una pausa para apreciar el sabor.

El señor Power, mucho más joven, era empleado de la oficina de la gendarmería real en el Castillo de Dublín. El arco de su ascenso social se intersectaba con el arco de descenso de su amigo, pero la decadencia del señor Kernan era mitigada por el hecho de que los amigos que lo conocieron en su apogeo todavía lo estimaban como personaje. El señor Power era uno de esos amigos. Sus deudas inexplicables daban que hablar dentro de su círculo; era un muchacho sofisticado.

El coche se detuvo frente a una pequeña casa en el camino de Glasnevin y el señor Kernan fue ayudado para entrar. Su esposa lo ayudó a acostarse mientras abajo el señor Power se sentaba en la cocina preguntándoles a los niños a qué escuela iban y qué libro usaban. Los niños —dos niñas y un varón—, conscientes de la indefensión de su padre y de la ausencia de su madre, se pusieron a hacer payasadas con el señor Power. Este se sorprendió de sus modales y de su acento y su frente se arrugó, pensativa. Un rato después la señora Kernan entró a la cocina exclamando:

—¡Cómo está! ¡Un día se va a matar y ahí sí que nos arruina! Venía tomando desde el viernes.

El señor Power se cuidó de explicarle que él no había tenido la culpa, que había pasado por ahí de casualidad. La señora Kernan, recordando tanto sus buenos oficios en peleas domésticas como varios pequeños pero oportunos préstamos, le dijo:

—Sí, no hace falta que diga nada, señor Power. Ya sé que usted es un buen amigo suyo, no como otros. ¡Son buenos mientras tenga plata en el bolsillo y se olvide de su mujer y sus hijos! ¿Con quién estaba esta noche? Me gustaría saber.

El señor Power movió la cabeza pero no dijo nada.

—Disculpe —siguió ella— que no tenga nada para ofrecerle. Pero si espera un minuto mando a comprar a Fogarty’s, es en la esquina.

El señor Power se puso en pie.

—Estábamos esperando que trajera dinero a casa. Pareciera que nunca se acuerda de que tiene una familia.

—Ah, no se preocupe, señora Kernan —dijo el señor Power—, ya vamos a lograr que termine con esto. Voy a hablar con Martin. Es el indicado. Vamos a venir una de estas noches para convencerlo.

Lo acompañó hasta la puerta. El chofer zapateaba por la vereda, moviendo los brazos para calentarse.

—Fue muy amable de su parte haberlo traído —dijo ella.

—No es nada —dijo el señor Power.

Subió al coche. Se quitó el sombrero haciendo una reverencia en broma.

—Vamos a hacer de él un hombre nuevo —le dijo—. Buenas noches, señora Kernan.

Los ojos escépticos de la señora Kernan siguieron al coche hasta que desapareció de la vista. Después bajó los ojos, entró en la casa y vació los bolsillos a su marido.

Era una mujer activa, práctica, de mediana edad. No hacía mucho que había celebrado sus bodas de plata, reconciliándose con su esposo al bailar un vals con él acompañada por el piano del señor Power. En sus días de noviazgo el señor Kernan le había parecido un hombre no sin atractivo, y todavía corría hasta la capilla cada vez que escuchaba que había una boda y, al ver a los novios, se recordaba con vivo placer saliendo de la iglesia Stella Maris en Sandymount, del brazo de un hombre alegre y sano, que vestía con elegancia una levita y pantalones lavanda y balanceaba con gracia un sombrero sobre el otro brazo. A las tres semanas ya encontraba irritante la vida de casada y, más tarde, cuando empezaba a encontrarla insoportable, se había convertido en madre. El papel de madre no le presentó dificultades insuperables y durante veinticinco años mantuvo la casa para su marido astutamente. Sus dos hijos mayores estaban encaminados. Uno trabajaba en una tienda de cortinas en Glasgow y el otro era empleado de un importador de té en Belfast. Eran buenos hijos, escribían con regularidad y a veces enviaban dinero. Los otros hijos todavía iban al colegio.

El señor Kernan envió una carta a la oficina al día siguiente y se quedó en cama. Ella le preparó un caldo de carne y lo retó duramente. Ella aceptaba su frecuente embriaguez como un ingrediente del clima, lo atendía como era debido cuando estaba descompuesto y trataba siempre de que desayunara. Había maridos peores. Él nunca había sido violento desde que los niños habían crecido y sabía que era capaz de caminar ida y vuelta hasta el final de Thomas Street para cumplir incluso con un pequeño mandado.

Dos noches más tarde sus amigos vinieron a verlo. Ella los llevó al dormitorio, cuyo aire estaba impregnado de un olor particular, y los sentó junto al fuego. La manera de hablar del señor Kernan, que por las punzadas ocasionales de dolor había estado más irritable durante el día, se volvió más amable. Se sentó derecho en la cama sostenido por almohadas y el color débil de sus mejillas hinchadas parecían cenizas tibias. Se disculpó con sus invitados por el cuarto en desorden, pero al mismo tiempo los miraba con cierto orgullo, un orgullo de veterano.

No era consciente en absoluto de que era víctima de un complot que sus amigos, el señor Cunningham, el señor M’Coy y el señor Power habían revelado a la señora Kernan en el recibidor. La idea había sido del señor Power, pero su realización estaba a cargo del señor Cunningham. El señor Kernan era de origen protestante y, aunque se convirtió a la fe católica cuando se casó, no había entrado en una Iglesia en los últimos veinte años. Le gustaba, además, tirar indirectas contra el catolicismo.

El señor Cunningham era el hombre indicado para el caso. Era un colega mayor que el señor Power. Su propia vida doméstica no era precisamente feliz. La gente le tenía gran simpatía porque se sabía que estaba casado con una mujer impresentable que era una incurable alcohólica. Él le había armado la casa seis veces; y cada vez ella había empeñado los muebles.

Todo el mundo respetaba al pobre Martin Cunningham. Era un hombre realmente sensible, influyente e inteligente. Su acerado conocimiento de lo humano, una astucia natural afinada por una larga exposición a casos judiciales, había sido templado con breves inmersiones en las aguas de la filosofía en general. Estaba bien informado. Sus amigos asentían a sus opiniones y consideraban que su cara se parecía a la de Shakespeare.

Cuando hicieron partícipe del complot a la señora Kernan, ella dijo:

—Dejo todo en sus manos, señor Cunningham.

Después de un cuarto de siglo de vida matrimonial le quedaban muy pocas ilusiones. La religión era un hábito para ella y sospechaba que un hombre de la edad de su marido no cambiaría gran cosa antes de morir. Se veía tentada de ver como una curiosa oportunidad el accidente, si no fuera porque no quería parecer morbosa, y les hubiera dicho a los caballeros que la lengua del señor Kernan no sufriría mucho si se la cortaran. Sin embargo, el señor Cunningham era un hombre capaz; y la religión era la religión. El plan podía salir bien y, al menos, no haría ningún daño. Sus creencias no eran extravagantes. Ella creía firmemente en el Sagrado Corazón como la más útil, en general, de todas las devociones católicas y aprobaba los sacramentos. Su fe estaba limitada por su cocina pero, si se lo propusieran, ella también podría creer en la banshee1 y en el Espíritu Santo.

Los caballeros empezaron a hablar del accidente. El señor Cunningham dijo que él había conocido una vez un caso similar. Un hombre de setenta años se había cortado mordiéndose un pedazo de la lengua durante un ataque epiléptico y la lengua le creció de nuevo, así que no había rastro de la mordida.

—Bueno, pero yo no tengo setenta años —dijo el postrado.

—Dios lo prohíba —dijo el señor Cunningham.

—¿Ahora te duele? —preguntó el señor M’Coy.

El señor M’Coy había sido alguna vez un tenor de cierta reputación. Su esposa, que había sido soprano, todavía daba clases de piano a niños a precios módicos. Su línea de la vida no había sido la distancia más corta entre dos puntos y por temporadas se había visto obligado a vivir de su ingenio. Había sido empleado en los ferrocarriles de Midland, agente de anuncios para The Irish Times y para The Freeman’s Journal, viajante de comercio a comisión para una empresa de carbón, investigador privado, empleado de la oficina del subcomisario, y recientemente lo habían nombrado secretario del forense de la ciudad. Su nuevo oficio lo obligaba a interesarse profesionalmente en el caso del señor Kernan.

—¿Si me duele? No mucho —respondió el señor Kernan—. ¡Pero es tan asqueroso! Me siento con ganas de vomitar.

—Eso es la bebida —dijo el señor Cunningham con firmeza.

—No —dijo el señor Kernan—. Me parece que me agarré un resfrío en el coche. Algo me sube hasta la garganta, flema o…

—Mucosidad —dijo el señor M’Coy.

—Me viene como de abajo de la garganta. Un asco.

—Sí, sí —dijo el señor M’Coy—, del tórax.

Miró al mismo tiempo al señor Cunningham y al señor Power con aire desafiante. El señor Cunningham asintió rápidamente y el señor Power dijo:

—Ah, bueno, el que bien anda bien acaba.

—Te estoy muy agradecido, mi viejo —dijo el postrado. El señor Power hizo un gesto con la mano—. Esos otros dos tipos con los que estaba…

—¿Con quién estabas? —preguntó el señor Cunningham.

—Un muchacho. No sé cómo se llama. ¡Mierda!, ¿cómo se llama? Un tipo con el pelo rubio…

—¿Y con quién más?

—Con Harford.

—Hmm —dijo el señor Cunningham.

Cuando el señor Cunningham soltó aquel comentario todos se callaron. Se sabía que tenía acceso a fuentes de información secretas. En este caso el monosílabo tenía una intención moral. El señor Harford a veces formaba parte de una pequeña brigada que salía los domingos por la tarde con el propósito de llegar, lo antes posible, a algún pub de las afueras de la ciudad, donde sus miembros se calificaban a sí mismos de viajeros de bona fide2. Pero sus compañeros de viaje nunca olvidaron sus orígenes. Se había iniciado como un oscuro financista que prestaba pequeñas sumas de dinero a obreros con intereses usureros. Después se hizo socio de un caballero bajo y muy gordo, el señor Goldberg, en el Banco de Préstamos Liffey. Aunque nunca había abrazado otra cosa que el código ético judío, sus amigos católicos, siempre que les ajustaba las cuentas, personalmente o por terceros, se referían a él amargamente como a un judío irlandés y analfabeto, y veían a la divina desaprobación de la usura manifestarse en este hijo bobo. Otras veces no dejaban de recordar las cosas buenas.

—Me gustaría saber adónde se fue ese —dijo el señor Kernan.

Quería que los detalles del incidente permanecieran en la nebulosa. Quería que sus amigos pensaran que había habido algún error, que el señor Harford y él no se habían llegado a ver. Sus amigos, que conocían bastante bien las costumbres alcohólicas del señor Harford, estaban callados. El señor Power dijo de nuevo:

—Todo está bien si termina bien.

El señor Kernan cambió de tema enseguida.

—Qué chico más bueno ese estudiante de medicina —dijo—. Si no hubiera sido por él…

—Ah, si no hubiera sido por él —dijo el señor Power— podría haber sido un caso para siete días y sin opción a fianza.

—Sí, sí —dijo el señor Kernan, haciendo memoria—. Me acuerdo ahora que había un policía. Un muchacho decente, me pareció. ¿Qué fue lo que pasó?

—Lo que pasó es que estabas ebrio, Tom —dijo el señor Cunningham con gravedad.

—La pura verdad —dijo el señor Kernan, con igual gravedad.

—Supongo que tuviste que manejar al policía, Jack —dijo el señor M’Coy.

Al señor Power no le gustó que usaran su nombre de pila. No era formal, pero no podía olvidar que el señor M’Coy hacía poco que había emprendido una cruzada en busca de valijas y bolsos de viaje por todo el país para permitir que la señora M’Coy cumpliera con compromisos imaginarios en el campo. Más que estar ofendido por el hecho de que lo hubieran victimizado, lo ofendía que jugaran tan bajo. Respondió la pregunta, entonces, como si la hubiera hecho el señor Kernan.

Lo que contó indignó al señor Kernan. Era profundamente consciente de sus obligaciones como ciudadano, deseaba vivir en términos de mutuo respeto con su ciudad natal y lo ofendía cualquier agravio que le pudieran decir los que él llamaba pajueranos.

—¿Para esto pagamos impuestos? —preguntó—. Para alimentar y vestir a estos pícaros ignorantes… porque no son otra cosa.

El señor Cunningham se rio. Era oficial del Castillo solamente en horas de oficina.

—¿Qué otra cosa podrían ser, Tom? —dijo.

Imitó un pastoso acento de provincia y dijo como dando una orden: —¡65, atrapá el repollo!

Todos se rieron. El señor M’Coy, que quería meterse en la conversación por cualquier hueco, fingió no haber oído nunca esa historia. El señor Cunningham le contó:

—Se supone, dicen, viste, que en esas barracas donde entrenan a estos tremendos pajueranos, omadhauns, vos me entendés. El sargento los obliga a pararse en fila contra la pared y sostener el plato.

Ilustraba la historia con muecas grotescas.

—A la hora de la cena, viste. Entonces el sargento tiene sobre la mesa delante suyo un enorme bol sangriento de repollo y un enorme cucharón sangriento que parece una pala, y saca un montón de repollos y los lanza al otro extremo del galpón para que estos pobres diablos tengan que agarrarlos con el plato: atrapá el repollo, 65.

Todos se rieron de vuelta: pero el señor Kernan todavía estaba indignado. Dijo que iba a escribir una carta a los diarios.

—Estos brutos que vienen del campo —dijo— pensando que pueden mandonear a la gente. No te tengo que decir, Martin, la clase de gente que son.

El señor Cunningham dio su calificada aprobación.

—Es como todo en la vida —dijo—. Hay buenos y malos.

—Ah, sí, claro, también hay buenos, estoy de acuerdo —dijo el señor Kernan, satisfecho.

—Es mejor no tener nada que ver con ellos —dijo el señor M’Coy—. ¡Yo pienso eso!

La señora Kernan entró en la habitación y, colocando una bandeja en la mesa, dijo:

—Ustedes se sirven, caballeros.

El señor Power se puso de pie, atento, ofreciéndole su silla. Ella no quiso y dijo que estaba planchando abajo y, después de haber cambiado unas señas con el señor Cunningham por atrás de Power, se dispuso a salir. Su marido la llamó:

—¿Y no hay nada para mí, ratoncito?

—¡Ah, para vos! ¡El revés de mi mano es lo que hay! —dijo la señora Kernan, ácidamente.

Su marido le gritó cuando ya se había ido:

—¡Nada para tu pobre maridito!

Puso una cara y una voz tan cómicas que la distribución de las botellas de stout tuvo lugar en medio de una alegría general.

Los caballeros bebieron y pusieron los vasos en la mesa, haciendo una pausa. Después, el señor Cunningham giró hacia el señor Power y dijo como quien no quiere la cosa:

—Dijiste el jueves por la noche, Jack, ¿no?

—El jueves, sí —dijo el señor Power.

—¡Muy bien! —dijo enseguida el señor Cunningham.

—Nos podemos encontrar en M’Auley’s —dijo el señor M’Coy—. Me parece el mejor lugar.

—Pero no podemos llegar tarde —dijo el señor Power con gravedad—, porque seguro que va a estar lleno de gente.

—Podemos encontrarnos a las siete y media —dijo el señor M’Coy.

—¡Perfecto! —dijo el señor Cunningham.

—¡Entonces, en M’Auley’s a las siete y media!

Hubo un breve silencio. El señor Kernan esperó a ver si sus amigos lo ponían al tanto. Después preguntó:

—¿En qué andan?

—Ah, nada —dijo el señor Cunningham—. Es un temita que tenemos el jueves.

—¿La ópera? —dijo el señor Kernan.

—No, no —dijo el señor Cunningham con un tono evasivo—. Es un temita… espiritual.

—Ah —dijo el señor Kernan.

Hubo un silencio de nuevo. Después, el señor Power dijo, a quemarropa:

—Para ser sinceros, Tom, vamos a hacer un retiro.

—Sí, es así —dijo el señor Cunningham—, Jack y yo y acá M’Coy nos vamos a hacer una limpieza a fondo.

Soltó la metáfora con una cierta energía hospitalaria y, alentado por el sonido de su voz, prosiguió:

—Y, mejor reconocer que somos una manga de turros, todos y cada uno de nosotros. Dije todos y cada uno —agregó con áspera caridad, volviéndose al señor Power—. ¡Hay que reconocerlo!

—Yo lo reconozco —dijo el señor Power.

—Y yo también —dijo el señor M’Coy.

—Así que nos vamos a dar un buen baño juntos —dijo el señor Cunningham.

Una idea pareció pasarle por la cabeza. Se volvió de pronto al postrado y le dijo:

—¿Sabés lo que se me acaba de ocurrir, Tom? Tenés que venir con nosotros y armamos el cuarteto.

—Buena idea —dijo el señor Power—. Los cuatro juntos.

El señor Kernan estaba callado. La proposición no tenía mucho significado en su cabeza, pero, al entender que algunas agencias espirituales intervendrían en nombre suyo, pensó que era una cuestión de dignidad mostrarse indoblegable. No participó de la conversación por largo rato, sino que se limitó a escuchar, con un aire de tranquila enemistad, mientras sus amigos discutían sobre la Compañía de Jesús.

—No tengo tan mala opinión de los jesuitas —dijo él, interviniendo al final—. Es una orden vinetada. También creo que tienen buenas intenciones.

—Es la orden más importante de la Iglesia, Tom —dijo el señor Cunningham, con entusiasmo—. El obispo de los jesuitas viene después del papa.

—No hay otra —dijo el señor M’Coy—, si querés hacer las cosas bien sin chapucear, buscás un jesuita. Esos tipos tienen influencia. A propósito, les voy a contar algo…

—Los jesuitas son una congregación extraordinaria —dijo el señor Power.

—Hay algo curioso —dijo el señor Cunningham—, en relación con la Compañía de Jesús. Todas las demás órdenes de la Iglesia han tenido que introducir reformas antes o después pero la Orden de los Jesuitas nunca ha sido reformada. Porque nunca se ha corrompido.

—¿Es así? —preguntó el señor M’Coy.

—Es un hecho —dijo el señor Cunningham—. Es un hecho histórico.

—Miren su iglesia también —dijo el señor Power—. Miren la congregación que tienen.

—Los jesuitas se ocupan de la clase alta —dijo el señor M’Coy.

—Por supuesto —dijo el señor Power.

—Sí —dijo el señor Kernan—. Es por eso que los aprecio. Son solo esos curas seculares, ignorantes, engreídos los que me…

—Son todos buenos hombres —dijo el señor Cunningham—, cada uno a su manera. El clero irlandés es respetado en todo el mundo.

—Eso sí —dijo el señor Power.

—No como otros cleros del continente —dijo el señor M’Coy— que no merecen ni el nombre que tienen.

—Tal vez tengan razón —dijo el señor Kernan, aflojando.

—Por supuesto que tengo razón —dijo el señor Cunningham—. No estuve tanto tiempo en el mundo y no vi lo que vi como para no saber juzgar a la gente.

Los caballeros bebieron de nuevo, uno copiando a otro. El señor Kernan parecía estar sopesando algo en su cabeza. Estaba impresionado. Tenía una altísima opinión del señor Cunningham como alguien juicioso y sagaz. Pidió detalles.

—Ah, no es más que un retiro, viste —dijo el señor Cunningham—. Lo maneja el padre Purdon. Es para hombres de negocios, ¿entendés?

—No se va a poner duro con nosotros, Tom —dijo el señor Power, persuasivo.

—¿El padre Purdon? ¿El padre Purdon? —dijo el postrado.

—Tenés que conocerlo, Tom —dijo el señor Cunningham, con énfasis—. ¡Un gran tipo! Un hombre de mundo como nosotros.

—Ah… sí. Creo que lo conozco. Cara un poco colorada; alto.

—Ese mismo.

—Y decime, Martin… ¿Es un buen orador?

—Mmm, no… No es exactamente un sermón, vos me entendés. Es una charla amistosa, ¿entendés? Desde el sentido común.

El señor Kernan deliberaba consigo mismo. El señor M’Coy dijo:

—El padre Tom Burke, ¡ese era el mejor!

—Ah, el padre Tom Burke —dijo el señor Cunningham— era un orador nato. ¿Lo oíste alguna vez, Tom?

—¿Que si lo oí? —dijo el inválido, provocado—. ¡Más bien! Lo oí…

—Y, sin embargo, dicen que como teólogo no era gran cosa —dijo el señor Cunningham.

—¿De verdad? —dijo el señor M’Coy.

—Por supuesto, nada malo, ¿entendés? Solo que a veces dicen que sus sermones no eran muy ortodoxos que digamos…

—¡Ah!… Era un hombre espléndido —dijo el señor M’Coy.

—Lo escuché una vez —prosiguió el señor Kernan—. Ahora me olvidé el tema de su discurso. Crofton y yo estábamos al fondo del…, vos sabés, del galpón de…

—La nave central —dijo el señor Cunningham.

—Sí, al fondo, cerca de la puerta. No me puedo acordar sobre qué era… Ah, sí, sobre el papa, el papa anterior. Ahora me acuerdo bien. Juro que era magnífico, el estilo de la oratoria. ¡Y qué voz! ¡Dios! ¡Pavada de voz! Lo llamó «Prisionero del Vaticano». Recuerdo que Crofton me decía a la salida…

—Pero es orangista, Crofton, ¿no? —dijo el señor Power.

—Por supuesto —dijo el señor Kernan—, y un orangista descaradamente bueno. Fuimos a Butler’s en Moore Street, lo juro, yo estaba muy conmovido, se los juro por Dios; y recuerdo muy bien sus palabras. «Kernan», me dijo, «alabamos distintos altares, pero nuestra creencia es la misma». Me conmovió además lo bien que lo dijo.

—Hay mucho de cierto en eso —dijo el señor Power—. Siempre solía haber una multitud de protestantes en la capilla cuando el padre Tom predicaba.

—No hay tanta diferencia entre nosotros —dijo el señor M’Coy—. Todos creemos en…

Dudó un momento. —… en el Redentor. Lo único en lo que ellos no creen es en el papa y en la virgen María.

—Pero, por supuesto —dijo el señor Cunningham, con tranquilidad y persuasión—, nuestra religión es la religión, la antigua, la fe original.

—No hay duda de eso —dijo el señor Kernan amablemente.

La señora Kernan apareció en la puerta de la habitación y anunció:

—¡Tenés visitas!

—¿Quién es?

—El señor Fogarty.

—¡Ah, que pase! ¡Que pase!

Una pálida cara ovalada se adelantó hacia la luz. El arco de su bigote rubio y caído se repetía en las cejas rubias arqueadas sobre unos ojos gratamente sorprendidos. El señor Fogarty era un comerciante modesto. Había fracasado en un negocio de bebidas alcohólicas en el centro porque sus limitaciones financieras lo habían reducido a atarse a proveedores y cerveceros de segunda clase. Había abierto un localcito en Glasnevin Road donde, se vanagloriaba, sus modales les caerían bien a las amas de casa del barrio. Se vestía con cierta elegancia, era simpático con los niños y hablaba con una esmerada dicción. No carecía de cultura.

El señor Fogarty trajo un regalo, una botella de whisky especial. Le preguntó por cortesía al señor Kernan cómo estaba, apoyó su regalo en la mesa y se sentó entre los demás como todos. El señor Kernan apreció el regalo por partida doble, ya que tenía muy presente que había entre el señor Fogarty y él una pequeña deuda que arreglar. Le dijo:

—Ah, nunca dudaría de vos, viejo. Abrila, Jack, ¿puede ser?

El señor Power se ocupó de servir. Se enjuagaron los vasos y se sirvieron cinco medidas de whisky. Esta nueva influencia avivó la conversación. El señor Fogarty, sentado en la punta de su silla, estaba particularmente interesado.

—El papa León XIII —dijo el señor Cunningham— fue una de las luminarias de su época. Su gran idea, como saben, fue la unión de las iglesias latinas y griegas. Ese fue el objetivo de su vida.

—Escuché bastante que fue uno de los grandes intelectuales de Europa —dijo el señor Power—. Quiero decir, además de papa.

—Sí que lo fue —dijo el señor Cunningham—, tal vez incluso el más importante. Su lema como papa, ustedes saben, fue Lux sobre Lux-Luz sobre Luz.

—No, no —dijo el señor Fogarty, afanoso—. Creo que te equivocás. Era Lux in Tenebris, me parece. Luz en las Tinieblas.

—Ah, sí —dijo el señor M’Coy—. Tenebrae.

—Disculpen —dijo el señor Cunningham, convencido—, era Lux sobre Lux. Porque el lema de su predecesor, Pío IX, había sido Crux sobre Crux, es decir, Cruz sobre Cruz, para mostrar las diferencias entre ambos pontificados.

La deducción fue aceptada. El señor Cunningham continuó:

—El papa León, como saben, fue un gran erudito y un poeta.

—Tenía un rostro enérgico —dijo el señor Kernan.

—Sí —dijo el señor Cunningham—. Escribió poesía latina.

—¿En serio? —dijo el señor Fogarty.

El señor M’Coy probó el whisky satisfecho y movió la cabeza con doble intención, diciendo:

—No es broma, se los aseguro.

—No aprendimos eso, Tom —dijo el señor Power, siguiendo el ejemplo del señor M’Coy—, en la escuela barata a la que fuimos.

—Conozco más de un ciudadano ejemplar que fue a la escuela barata con un látigo bajo el brazo —dijo el señor Kernan, sentencioso—. El sistema antiguo era el mejor: educación honesta. Nada de esos esnobismos modernos…

—Así se habla —dijo el señor Power.

—Nada de banalidades —dijo el señor Fogarty.

Enunció aquella palabra y luego bebió con gravedad.

—Recuerdo haber leído —dijo el señor Cunningham— que uno de los poemas del papa León era sobre la invención de la fotografía; en latín, por supuesto.

—¡Sobre la fotografía! —exclamó el señor Kernan.

—Sí —dijo el señor Cunningham.

Él también bebió de su vaso.

—Pero bueno —dijo el señor M’Coy—, si lo pensás bien, ¿no es una cosa maravillosa la fotografía?

—Ah, por supuesto —dijo el señor Power—, los grandes pensadores son visionarios.

—Como dice el poeta: «Los grandes pensadores están cerca de la locura» —dijo el señor Fogarty.

El señor Kernan parecía tener la cabeza confusa. Hizo un esfuerzo por recordar la teología protestante en algunos puntos espinosos y al final se dirigió al señor Cunningham.

—Decime una cosa, Martin —le dijo—. ¿No fueron algunos de estos papas, claro, no el actual o su predecesor, alguno de los antiguos papas… lo que se dice…, digamos…, apenas pasables?

Hubo un silencio. El señor Cunningham dijo:

—Ah, claro, hubo algunas manzanas podridas en el cajón… Pero lo más asombroso es esto. Que ninguno de ellos, ni el más borracho, ni el más… rufián de todos, ni uno solo predicó ex cathedra una palabra falsa de la doctrina. ¿No es algo asombroso?

—La verdad que sí —dijo el señor Kernan.

—Sí, porque cuando el papa habla ex cathedra —explicó el señor Fogarty— es infalible.

—Sí —dijo el señor Cunningham.

—Ah, yo sé lo que es la infalibilidad del papa. Me acuerdo cuando era más joven que… ¿O fue cuando…?

El señor Fogarty lo interrumpió. Tomó la botella y les sirvió a todos un poquito más. El señor M’Coy, viendo que no alcanzaba para completar la ronda, dijo que todavía no había acabado el primer trago. Los otros aceptaron bajo protesta. La suave música del whisky cayendo en los vasos creaba un agradable interludio.

—¿Qué estabas diciendo, Tom? —preguntó el señor M’Coy.

—La infalibilidad papal —dijo el señor Cunningham— esa fue la escena más grandiosa en toda la historia de la Iglesia.

—¿Cómo fue eso, Martin? —preguntó el señor Power.

El señor Cunningham levantó dos dedos gruesos.

—En el sagrado colegio, ya saben, de cardenales y arzobispos y obispos, había dos hombres en contra mientras que todos los demás estaban a favor. El cónclave entero, unánime excepto por estos dos. ¡Que no! ¡No transaban!

—¡Ja! —dijo el señor M’Coy.

—Y había un cardenal alemán llamado Dolling… o Dowling… o…

—Dowling no puede ser alemán, seguro —dijo el señor Power, riéndose.

—Bueno, este gran cardenal alemán, como fuera que se llamase, era uno; y el otro era John MacHale.

—¿Qué? —gritó el señor Kernan—. ¿Es ese John de Tuam3?

—¿Estás seguro? —preguntó el señor Fogarty, dudando—. Creí que era italiano o americano.

—Juan de Tuam —repitió el señor Cunningham—, ese era el hombre.

Bebió y los otros caballeros lo siguieron. Después, resumió:

—Estaban todos en eso, todos los cardenales y los obispos y los arzobispos de todos los rincones de la Tierra y estos dos peleando como perro y gato hasta que finalmente el papa mismo se levantó y declaró la infalibilidad como dogma de la Iglesia ex cathedra. En ese preciso momento John MacHale, que había estado discutiendo y discutiendo en contra, se levantó y gritó con un rugido de león: «¡Credo!».

—«¡Yo creo!» —dijo el señor Fogarty.

—«¡Credo!» —dijo el señor Cunningham—. Lo que muestra la fe que tenía. Se sometió en cuanto habló el papa.

—¿Y qué le pasó a Dowling? —preguntó el señor M’Coy.

—El cardenal alemán no se sometió. Dejó la Iglesia.

Las palabras del señor Cunningham habían creado una vasta imagen de la Iglesia en la cabeza de sus oyentes. Su estentórea profunda voz los había emocionado al pronunciar la palabra de fe y sometimiento. Cuando la señora Kernan entró al cuarto secándose las manos se encontró con un séquito solemne. No quebró el silencio, pero apoyó la bandeja al pie de la cama.

—Una vez vi a John MacHale —dijo el señor Kernan— y no lo voy a olvidar mientras viva.

Giró hacia su esposa buscando confirmación.

—¿No te lo conté muchas veces?

La señora Kernan asintió.

—Fue cuando inauguraron la estatua de Sir John Gray. Edmund Dwyer Gray estaba hablando, sin decir nada, y ahí estaba este viejo, un tipo de lo más agrio, mirándolo por debajo de sus pobladas cejas.

El señor Kernan frunció el ceño y, bajando la cabeza como un toro malo, fulminó a su esposa con la mirada.

—¡Dios! —exclamó, volviendo a su expresión normal—. Nunca vi una mirada como esa. Era como si le dijera: «Yo te conozco, campeón». Tenía la mirada de un halcón.

—Ninguno de los Gray era bueno —dijo el señor Power.

Hubo otra pausa. El señor Power volteó hacia la señora Kernan y le dijo con abrupta jovialidad:

—Bien, señora Kernan, vamos a hacer de su marido un buen católico romano, devoto, piadoso y temeroso de Dios.

Abarcó a todos con un gesto.

—Todos vamos a hacer un retiro juntos y a confesar nuestros pecados. ¡Y Dios sabe cuánto lo necesitamos!

—Me da lo mismo —dijo el señor Kernan, sonriendo un poco nervioso.

La señora Kernan pensó que sería más sabio disimular su satisfacción. Así que dijo:

—Compadezco al pobre cura que tenga que escuchar tu historia.

La expresión del señor Kernan cambió.

—Si no le gusta —dijo con franqueza—, puede… hacer lo que tenga que hacer. Solo le voy a contar mi triste historia. No soy tan malo…

El señor Cunningham intervino rápido.

—Vamos a renunciar al diablo —dijo—, todos juntos, sin olvidarnos de su pompa y sus trabajos.

—¡Vade retro, Satanás! —dijo el señor Fogarty, riéndose y mirando a los otros.

El señor Power no dijo nada. Se sentía absolutamente superado. Pero una expresión complacida le cruzaba por la cara.

—Todo lo que tenemos que hacer —dijo el señor Cunningham— es pararnos con velas encendidas en nuestras manos y renovar nuestros votos bautismales.

—Ah, no te olvides de la vela, Tom —dijo el señor M’Coy—, hagas lo que hagas.

—¿Qué? —dijo el señor Kernan—. ¿Tengo que llevar una vela?

—Ah, sí —dijo el señor Cunningham.

—Ah, no, ¡en serio! —dijo el señor Kernan con preocupación—. Ahí se pasaron de la raya. Yo hago mi parte. Voy a hacer el retiro y la confesión y… todo eso. Pero… ¡velas no! ¡No, no habrá velas!

Sacudió la cabeza con seriedad farsesca.

—¡Oigan eso! —dijo su mujer.

—Sin velas —dijo el señor Kernan, consciente de haber creado un efecto en su audiencia y siguiendo con sus sacudidas de cabeza a uno y otro lado—. Prohíbo el negocio de las lucecitas mágicas.

Todos reían genuinamente.

—¡Ahí tienen un buen católico! —dijo su esposa.

—¡Nada de velas! —repitió el señor Kernan, testarudo—. ¡Basta!

La nave mayor de la iglesia jesuita de Gardiner Street estaba casi llena; y sin embargo a cada rato entraban caballeros por las puertas laterales que, dirigidos por el hermano laico, caminaban en puntas de pie por el pasillo hasta que le encontraban un asiento. Todos los caballeros estaban muy bien vestidos y arreglados. Las luces de las lámparas de la iglesia caían sobre un conjunto de ropas negras y cuello blanco, mitigadas aquí y allá por tweeds, y sobre las oscuras columnas moteadas de mármol verde y sobre las lúgubres imágenes. Los caballeros se sentaban en los bancos, después de haber tirado ligeramente desde el pantalón, arriba de las rodillas, y de haber puesto a resguardo los sombreros. Se sentaban echados hacia atrás y miraban con formalidad la distante manchita de luz roja suspendida sobre el altar mayor.

En uno de los bancos cerca del púlpito se sentaron el señor Cunningham y el señor Kernan. En el banco de atrás se sentó el señor M’Coy solo: y en el banco detrás de él se sentaron el señor Power y el señor Fogarty. El señor M’Coy había tratado, sin éxito, de encontrar asiento junto a los otros y, cuando el grupo se conformó como un quinteto, trató inútilmente de hacer chistes sobre eso. Como estos no fueron bien recibidos, desistió. Pero era sensible a aquella atmósfera de decoro y hasta empezó a responder al estímulo religioso. Con un suspiro el señor Cunningham dirigió la atención del señor Kernan hacia el señor Harford, el prestamista, quien se había sentado no muy lejos, y hacia el señor Fanning, registrador y gran fabricante de la ciudad, quien estaba sentado inmediatamente debajo del púlpito y junto a uno de los concejales del distrito recién electos. A la derecha se sentaban el viejo Michael Grimes, dueño de tres casas de empeño, y el sobrino de Dan Hogan, que aspiraba al cargo de secretario del municipio. Más allá, enfrente estaba sentado el señor Hendrick, jefe de redacción de The Freeman’s Journal, y el pobre O’Carroll, un viejo amigo del señor Kernan, que alguna vez había sido una figura importante para el comercio. Gradualmente, a medida que iba reconociendo caras que le eran familiares, el señor Kernan empezó a sentirse más cómodo. El sombrero, rehabilitado por su esposa, permanecía sobre sus rodillas. Una o dos veces tiró de los puños de la camisa con una mano mientras con la otra sujetaba el ala del sombrero, suave pero firmemente.

Una figura poderosa, cuya parte superior estaba cubierta por una túnica blanca, se esforzaba por llegar al púlpito. Simultáneamente, la congregación cambió de postura, sacó sus pañuelos y se arrodilló sobre ellos con cuidado. El señor Kernan hizo lo mismo que el resto. La figura del sacerdote se mantuvo erguida en el púlpito, las dos terceras partes del torso, coronadas por una maciza cara colorada, sobresalían de la balaustrada.

El padre Purdon se arrodilló, girando hacia la mancha de luz roja y, cubriéndose la cara con sus manos, rezó. Después de un intervalo se descubrió la cara y se levantó. La congregación también se levantó y se acomodó de nuevo en los bancos. El señor Kernan reacomodó su sombrero en la posición original y presentó su cara atenta al sacerdote. El predicador dio vuelta cada una de las anchas mangas de la túnica con elaborados y amplios gestos y lentamente supervisó aquel conjunto de caras. Después dijo:

Porque los hijos de esta época son más sabios en las relaciones con sus semejantes que los hijos de la luz. Por eso háganse amigos de Mammón de la iniquidad, para que cuando mueran puedan recibirlos en la morada eterna4.

El padre Purdon desarrolló el texto con resonante aplomo. Era uno de los textos más difíciles de todas las Escrituras, dijo, de ser interpretado con propiedad. Era un texto que podría parecerle al observador casual en desavenencia con la elevada moral predicada por Jesucristo en todas partes. Pero, les dijo a sus oyentes, a él este texto le había parecido especialmente adaptado para la guía de aquellos cuya suerte era vivir en el mundo y que, sin embargo, no querían vivir mundanamente. Era un texto para los hombres de negocios y los profesionales. Jesucristo, con su divino entendimiento de cada resquicio de la naturaleza humana, comprendió que no todos los hombres tenían vocación religiosa, que la gran mayoría se veía obligada a vivir en el mundo y, hasta cierto punto, para el mundo: y esta oración Él la destinó a ofrecer una palabra de consejo a dichos hombres, disponiendo como ejemplos de la vida religiosa aquellos mismos adoradores de Mammón que eran entre todos los hombres los menos solícitos en materia religiosa.

Les dijo a sus fieles que estaba ahí esa noche no para aterrorizarlos, ni por ninguna razón extravagante, sino como un hombre de mundo hablándoles a sus semejantes. Había venido a hablarles a hombres de negocios y les hablaría en términos de negocios. Si se le permitiera usar una metáfora, dijo, diría que él era su contador espiritual; y que deseaba que todos y cada uno de sus fieles le abrieran sus libros, los libros de su vida espiritual, para ver si ellos coincidían con sus conciencias.

Jesucristo no era un capataz severo. Él comprendía nuestras pequeñas fallas, comprendía las debilidades de nuestra pobre naturaleza pecadora, comprendía las tentaciones de esta vida. Podríamos haber tenido, todos tuvimos de tanto en tanto, nuestras tentaciones: podíamos tener, todos tuvimos, nuestros pecados. Pero una cosa solamente, dijo, él les pedía a sus fieles. Y era esta: ser honestos y viriles frente a Dios. Si sus cuentas correspondían en cada punto, habría que decir:

«Bien, he supervisado mis cuentas. Todo en orden».

Pero si, como podría ocurrir, había alguna diferencia, habría que admitir la verdad, ser franco y decir como un hombre:

«Bien, he revisado mis cuentas. Encuentro esto mal y esto mal. Pero, con la gracia de Dios, lo voy a corregir. Voy a poner en orden mis cuentas».

NOTA:

Según el hermano de Joyce, Stanislaus Joyce, las tres partes de la historia «Gracia» recuerdan la estructura tripartita de la Divina Comedia de Dante (inferno-purgatorio-paradiso).

  1. Criatura femenina sobrenatural de la mitología celta irlandesa. ↩︎
  2. A las posadas y los pubs se les permitía servir alcohol a los viajeros antes o después de las horas durante las cuales generalmente era legal hacerlo; así, el señor Harford y sus amigos «viajan» a los suburbios para poder beber legalmente los domingos. ↩︎
  3. ohn MacHale (en gaélico, Seán Mac Éil), 1789-1881, fue un arzobispo nacionalista y católico irlandés de Tuam. ↩︎
  4. Fragmento del Nuevo Testamento, de Lucas 16:9. Mammón es la personificación de la riqueza material injusta. ↩︎

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