Cuando Susan regresó de Hiperbase, Alfred Lanning la estaba esperando. El buen hombre no hablaba nunca de su edad, pero todo el mundo sabía que tenía setenta y cinco años. No obstante, su mente era despierta y si había permitido que lo nombrasen director honorario de Investigaciones, siendo Bogert el director efectivo, aquello no le impedía asistir cada día a su despacho.
—¿Cómo está el trabajo de la Zona Hiperatómica?
—No lo sé —respondió ella, irritada—. No lo he preguntado.
—Quisiera que se diesen prisa. Porque de lo contrario, Consolidated puede adelantárseles y adelantarse a nosotros también.
—¿Consolidated? ¿Qué tiene que ver con eso?
—Sucede que no somos los únicos en dedicarse a crear máquinas. Las nuestras pueden ser positrónicas, pero ello no significa que sean mejores. Robertson ha convocado una gran reunión para mañana. Estaba esperando que usted regresase.
Robertson, de la U. S. Robot & Mechanical Men, Inc, hijo del fundador, señaló con su aguda nariz al director general y su nuez de Adán dio un salto hacia arriba mientras decía:
—Empiece usted. Vamos directamente al grano.
—He aquí el caso, jefe —comenzó el director general—. Consolidated Robots se dirigió a nosotros hace un mes con una curiosa proposición. Vinieron con cinco toneladas de cifras, ecuaciones, y toda clase de cálculos. Era un problema, y querían una contestación para el Cerebro. Las condiciones eran las siguientes…
Fue contando con los dedos.
—Cien mil para nosotros si no hay solución y podemos decirles cuáles son los factores que faltan. Doscientos mil si hay solución, más el coste de construcción de la máquina afectada, más el cuarto de los intereses en todos los beneficios de ello derivados. El problema se refiere al desarrollo de una máquina interestelar…
Robertson frunció el entrecejo y su afilado rostro se endureció.
—A pesar de que ya poseen una máquina pensante. ¿Verdad?
—Verdad. Lo cual demuestra claramente que esta proposición es un engaño, jefe. Levver, siga usted.
Abe Levver levantó la mirada de la mesa en el extremo de la sala de conferencias y se pasó la mano por la barbilla mal afeitada.
—La cosa es así, jefe —dijo sonriendo—. Consolidated tenía una máquina pensante. Se ha estropeado.
—¿Cómo? —dijo Robertson incorporándose a medias.
—Así es. ¡Rota! Kaput! Nadie sabe por qué, pero he llegado a ciertas conclusiones, como, por ejemplo, que le pidieron que les diese una máquina interestelar con la misma serie de informaciones que nos han mandado a nosotros, y que esto estropeó su máquina. Ahora es chatarra, nada más que chatarra.
—¿Comprende, jefe? —dijo el director general entusiasmado—. ¿Lo comprende? No hay ningún grupo industrial de investigación que no esté tratando de desarrollar una máquina que abarque el espacio, y Consolidated y U. S. Robots vamos a la cabeza en este terreno con nuestros robots cerebrales. Ahora que han conseguido estropear la suya, tenemos el campo libre. Éste es el… supuesto motivo. Necesitarán como mínimo seis años para construir otra, y están hundidos, a menos que puedan estropear la nuestra también, sometiéndola al mismo problema.
El presidente de la U. S. Robots abrió los ojos como platos.
—¡Qué sucias ratas…!
—Espere, jefe. Aún hay algo más. ¡Lanning, hable! —dijo describiendo con el dedo un amplio círculo.
El doctor Lanning hizo un resumen de la situación con un leve tono de desprecio; reacción natural contra las empresas y sectores de venta mucho mejor pagados. Sus increíbles cejas grises se cerraban y su voz era seca.
—Desde un punto de vista científico, la situación, si no enteramente clara, es susceptible de un inteligente análisis. El problema del viaje interestelar en las actuales condiciones de teoría física es vagar. La cuestión es muy vasta y la información dada por la Consolidated referente a su máquina pensante, era similarmente vaga. Nuestro departamento matemático ha procedido a un análisis profundo, y parece que la Consolidated lo ha incluido todo. Su material de sumisión contiene todos los adelantos conocidos de la teoría curvo-espacial de Franciacci y, al parecer, todos los datos astrofísicos y electrónicos pertinentes. Es un buen bocado.
Robertson los seguía atentamente. Al final interrumpió:
—¿Es muy difícil para que el Cerebro lo resuelva?
—No —respondió enérgicamente Lanning—. No hay límites para la capacidad del Cerebro. Es un problema distinto, una cuestión de Leyes Robóticas. Por ejemplo: no podrá jamás dar una solución a un problema que le haya sido presentado, si esta solución trae aparejada la muerte o daño de seres humanos. En lo que a él respecta, un problema que no tuviese más que esta solución sería insoluble. Si este problema estuviese unido a una urgente demanda de respuesta, sería posible que el Cerebro, que al fin y al cabo es sólo un robot, se encontrase ante un dilema según el cual no podría ni contestar ni negarse a hacerlo. Algo por el estilo puede haberle ocurrido a la máquina de la Consolidated.
Hizo una pausa, pero el director general insistió:
—Siga, doctor Lanning. Explíquelo como me lo explicó a mí.
Lanning arqueó las cejas, apretó los labios, y miró en dirección a donde se encontraba Susan Calvin, quien levantó por primera vez la vista de sus manos cruzadas en el regazo. Habló en voz baja y sin entonación.
—La naturaleza de la reacción robótica ante un dilema es impresionante —comenzó—. La psicología del robot está muy lejos de ser perfecta, como especialista estoy en condiciones de asegurarlo, pero puede ser discutida en términos cualitativos, porque a pesar de todas las complicaciones introducidas en el cerebro positrónico de un robot, está construido por los humanos, y por lo tanto conformado de acuerdo con sus valores.
»Ahora bien, un humano enfrentado a una imposibilidad responde a menudo retirándose de la realidad, penetra en un mundo de engaño, entregándose a la bebida, llegando al histerismo, o arrojándose desde un puente. Todo ello se reduce a lo mismo: la negativa o la incapacidad de enfrentarse serenamente a la situación. Y lo mismo ocurre con los robots. Un dilema, en el mejor de los casos, creará un desorden en sus conexiones; y en el peor abrasará su cerebro positrónico sin reparación posible.
—Comprendo —dijo Robertson, que no había comprendido nada—. ¿Y qué me dice de esta información que nos pide Consolidated?
—Encierra indudablemente un problema de un género prohibido —dijo Susan Calvin—. Pero el Cerebro difiere considerablemente del robot de la Consolidated.
—Eso es muy cierto, doctora —la interrumpió con energía el director general—. Quiero que sepa bien esto, porque es el punto esencial de la situación.
Los ojos de Susan relucían detrás de sus gafas, y continuó pacientemente:
—Estas máquinas de la Consolidated, su Superpensador entre ellas, están construidas sin personalidad. Se rigen, obligatoriamente, por un funcionarismo; sin las patentes básicas de la U. S. Robots para los senderos emocionales del cerebro. Su Pensador es una mera máquina calculadora en gran escala y un dilema la aniquila instantáneamente.
»Sin embargo, el Cerebro, nuestra máquina, tiene una personalidad, una personalidad de chiquillo. Es un cerebro supremamente deductivo, pero se parece a un idiot savant. En realidad, no entiende lo que hace, se limita a hacerlo. Y porque es realmente un chiquillo, es más reacio. «La vida no es tan seria», parece decir.
La robopsicóloga hizo una pausa y prosiguió:
—He aquí lo que vamos a hacer. Hemos dividido toda la información de la Consolidated en partes lógicas. Vamos a introducir cada una de las partes en el Cerebro, separada y cautelosamente. Cuando entre el factor, el que crea el dilema, la personalidad infantil del Cerebro vacilará. Su sentido enjuiciador no está maduro. Se producirá un intervalo perceptible antes de que reconozca el dilema como tal. Y durante este intervalo, rechazará automáticamente la unidad, antes de que los senderos cerebrales puedan ser puestos en movimiento y estropeados.
La nuez de Adán de Robertson se estremeció.
—¿Está usted segura?
—Lo que digo no tiene mucho sentido, lo admito —dijo Susan Calvin con disimulada impaciencia—, en lenguaje vulgar; pero no concibo que sea útil presentarlo en forma matemática. Le aseguro que es como lo oye.
El director general intervino impaciente.
—De manera que la situación es ésta: si aceptamos la proposición, podemos proceder de esta forma. El Cerebro no dirá cuál de las unidades es la que encierra el dilema. De donde podremos calcular por qué existe el dilema. ¿No es así, doctor Bogert? Ya lo ve usted, doctora, y el doctor Bogert es el mejor matemático que encontrará en parte alguna. Damos a la Consolidated la respuesta de «sin solución», con el motivo que la justifica, y cobramos cien mil. Ellos se quedarán con una máquina estropeada y nosotros con una entera. Dentro de un año, dos quizá, tendremos una máquina curvoespacial, o un motor hiperatómico, como lo llaman algunos. Llámela como quiera, será la cosa más grande del mundo.
Robertson se echó a reír y tendió la mano.
—Veamos ese contrato. Voy a firmarlo.
Cuando Susan Calvin entró en la bóveda del Cerebro, fantásticamente guardada, uno de los turnos de técnicos acababa de preguntarle: «Si una gallina y media pone un huevo y medio en un día y medio, ¿cuántos huevos pondrán nueve gallinas en nueve días?».
Y la máquina había contestado: «Cincuenta y cuatro».
Los técnicos se miraron, y uno le dijo al otro:
—Mira eso, tío.
La doctora Calvin tosió y se produjo una súbita confusión de energías, después hizo un breve gesto y se quedó sola con el Cerebro.
El Cerebro era un mero globo de medio metro de diámetro que contenía una atmósfera totalmente acondicionada de helio, un volumen de espacio absolutamente libre de vibraciones y radiaciones. En su interior había una inaudita complejidad de senderos cerebrales positrónicos que constituían el cerebro en sí. El resto de la sala estaba atestado de dispositivos que hacían las veces de intermediarios entre el Cerebro y el mundo exterior, su voz, sus brazos, sus órganos sensoriales.
—¿Cómo estás, Cerebro? —preguntó suavemente la doctora Calvin.
El esférico Cerebro respondió con voz vibrante y llena de entusiasmo.
—¡Muy bien, doctora Calvin! Me va a hacer alguna pregunta. Lo veo. Cuando quieres hacerme alguna pregunta, llevas siempre un libro en la mano.
—Bien, pues tienes razón, pero todavía no —sonrió Susan—. Ocurre que es tan complicada que te la daremos por escrito. Pero más tarde. Primero quiero hablar contigo.
—Muy bien, no me importa hablar.
—Escucha, Cerebro, dentro de un momento, el doctor Bogert y el doctor Lanning estarán aquí con su complicada pregunta. Te daremos muy poco cada vez y muy lentamente, porque queremos que te andes con cuidado. Vamos a pedirte que, si puedes, saques algo en conjunto de la información, pero tengo que advertirte que la solución puede comportar un cierto peligro para los seres humanos.
—¡Cielos! —exclamó el Cerebro con voz ronca y seca.
—Ahora, atiéndame. Cuando lleguemos a un punto que pueda significar peligro, incluso quizá muerte, no te excites. En este caso, no nos importa ni siquiera la muerte; nos tiene sin cuidado. De manera que cuando llegues a este punto, te detienes, nos la devuelves y se acabó. ¿Comprendes?
—¡Sí, sí, seguro! Pero, ¡cielos, muerte de los humanos! ¡Oh!
—Y ahora, Cerebro, oigo llegar al doctor Bogert y al doctor Lanning. Ellos te explicarán en qué consiste el problema y empezaremos. Sé buen muchacho.
Lentamente, las hojas fueron insertadas. Después de cada una se producía un intervalo acompañado de un curioso ruido, semejante a un cuchicheo ahogado, que era el Cerebro en acción. El silencio que venía después significaba que estaba en disposición de recibir una nueva hoja. La operación llevó varias horas, durante las cuales el equivalente de unos doscientos diecisiete gruesos volúmenes de física-matemática fue tragado por el Cerebro.
A medida que se desarrollaba el proceso, todos fruncían el entrecejo. Lanning refunfuñaba en voz baja. Bogert se contempló pensativo las uñas y después empezó a morderlas con expresión abstraída. Sólo cuando la última de las hojas hubo desaparecido, Susan, con el rostro pálido, dijo:
—Hay algo que no funciona.
Lanning hizo un esfuerzo por pronunciar unas palabras.
—No puede ser. ¿Estás muerto?
—¿Cerebro?… —preguntó Susan Calvin, temblando—. ¿Me oyes, Cerebro?
—¿Eh…? —respondió la máquina, absorta—. ¿Qué quieres?
—La solución.
—¡Ah, eso! Puedo darla. Os construiré la nave fácilmente, si me dais robots. Una bonita nave. Necesitaré dos meses, tal vez.
—¿No había habido… dificultad?
—Fue largo de calcular —respondió el Cerebro.
La doctora Calvin se echó a reír. El color no había reaparecido en sus mejillas. Pidió a los demás que se marchasen.
—No logro entenderlo —dijo una voz en su despacho—. La información, tal como ha sido dada, tiene que envolver un dilema, probablemente la muerte. Si algo se ha estropeado…
—La máquina habla y razona. No puede haber dilema.
—¡Hay dilemas y dilemas! —exclamó la doctora—. Existen diferentes formas de evasión. Supongamos que el Cerebro se siente sólo débilmente captado; apenas lo suficiente, para sufrir la ilusión de que puede resolver el problema, cuando en realidad no puede. O supongamos que está oscilando en el borde mismo de algo realmente malo, de manera que el menor empujón lo hace pasar más allá.
—Supongamos —dijo Lanning— que no hay dilema. Supongamos que la máquina de la Consolidated se rompe a causa de otra pregunta, o por razones puramente mecánicas.
—Aunque así fuese —insistió Susan Calvin—, no podemos correr el riesgo. A partir de ahora nadie debe ni respirar delante del Cerebro. Asumo la responsabilidad.
—Muy bien —suspiró Lanning—, si eso es lo que desea. Entretanto, dejaremos que el Cerebro construya la nave. Y si lo hace, tendremos que probarla. Para eso necesitamos nuestros mejores hombres —añadió pensativo.
Michael Donovan se alisó con ademán violento la encrespada cabellera pelirroja totalmente indiferente a que en el acto volviera a erizarse.
—Llama el turno ya, Greg —dijo—. Dicen que la nave está terminada. No saben lo que es, pero está terminada. Vamos, Greg. Vamos ahora mismo a hacernos cargo de los controles.
—Espera, Mike —dijo Powell, cansado—. La confinada atmósfera que respiramos no es adecuada para tu entusiasmo y buen humor.
—Escúchame —dijo Donovan, dándole otro tirón a su cabello—. Me tiene sin cuidado ese genio de hierro fundido y su nave de hojalata. ¡Son mis vacaciones perdidas! ¡Y la monotonía! Aquí no hay más que cifras. ¿Por qué tienen que darnos siempre estas misiones?
—Porque —respondió Powell amablemente— según parece les convenimos. Ahora relájate. Viene el doctor Lanning.
Lanning se acercaba con sus siempre pobladas cejas grises y lleno de vida a pesar de su edad. Subió silenciosamente la rampa con sus dos compañeros y salieron al campo abierto donde, sin obedecer a ningún ser humano, silenciosos robots estaban construyendo una nave.
Mejor dicho: ¡Habían construido una nave!
—Los robots se han parado. Hoy ninguno se ha movido —dijo Lanning.
—¿Está terminada, entonces? ¿Definitivamente? —preguntó Powell.
—¿Cómo puedo asegurarlo? —dijo Lanning, frunciendo el entrecejo—. Parece terminada. No se ven piezas sueltas por ninguna parte y el interior tiene un brillo de cosa acabada.
—¿Ha estado usted dentro?
—Sólo entrar y salir. No soy piloto espacial. ¿Alguno de ustedes entiende algo de teoría de motores?
Donovan miró a Powell y Powell miró a Donovan.
—Tengo mi licencia, doctor, pero en mis últimos textos no hay nada referente a hipermotores ni curvonavegación. Sólo el corriente juego de niños de las tres dimensiones.
Alfred Lanning levantó la mirada con un gesto de neta reprobación y soltó un bufido por su larga nariz.
—Bien, enviaremos nuestros ingenieros —dijo fríamente.
Powell lo cogió por el codo al ver que se disponía a marcharse.
—Oiga, doctor, ¿es la nave terreno prohibido?
—Supongo que no —respondió Lanning vacilante—. Para ustedes dos, en todo caso.
Donovan murmuró una frase expresiva a sus espaldas al verlo marchar y se volvió hacia Powell.
—Me gustaría darle una descripción literaria de él mismo, Greg.
—Ven conmigo, Mike.
El interior de la nave estaba terminado, tan terminado como una nave pudo jamás estarlo; podía afirmarse con sólo pestañear dos veces. Ningún obrero especializado habría podido dar más brillo del que habían dado los robots. Las paredes tenían un acabado de reluciente plata en la que ni siquiera quedaban marcadas las huellas digitales.
No había ángulos; paredes, suelos y techos se fundían unos con otros en delicadas curvas, y el resplandor de la luz indirecta devolvía seis frías imágenes de los asombrados visitantes.
El corredor principal era un estrecho túnel cuyo suelo resonaba bajo las pisadas y en el que había una serie de habitaciones imposibles de distinguir unas de otras.
—Supongo que los muebles deben de estar empotrados en las paredes —dijo Powell—. O quizá no tengamos que sentarnos ni dormir.
En la última habitación, cerca de la proa de la nave, la monotonía se quebraba. Una ventana curva antirreflejante era lo primero que rompía la uniformidad metálica. Bajo ella había una sola esfera de grandes dimensiones con una única aguja inmóvil que marcaba el cero.
—¡Mira esto! —dijo Donovan señalando la única palabra escrita en una escala minuciosamente marcada. La palabra era «parsecs», y la diminuta cifra del extremo de la escala graduada «1.000.000». Había dos sillones; pesados, bastos, sin acolchar. Powell se sentó en uno de ellos y lo encontró cómodo, sus curvas se amoldaban a las formas de su cuerpo.
—¿Qué te parece todo esto? —preguntó Powell.
—¡Por mi dinero! Creo que el Cerebro tiene fiebre cerebral. ¡Vámonos!
—¿No quieres echar un vistazo a todo esto?
—He echado ya un vistazo a todo esto. He venido y he visto. ¡Estoy harto! Greg, salgamos de aquí —añadió con el pelo erizado—. He abandonado mi trabajo hace cinco minutos y esto es una zona prohibida.
Powell sonrió de una forma untuosa y satisfecha y se alisó el bigote.
—Bien, Mike, cierra la válvula de adrenalina. También estaba preocupado, pero nada más.
—Nada más, ¿eh? ¿Cómo es eso? ¿Aumentando tu seguro?
—Mike, esta nave no puede despegar.
—¿Cómo lo sabes?
—Hemos recorrido toda la nave, ¿verdad?
—Así parece.
—Puedes estar seguro de ello. ¿Has visto una sola cámara de pilotaje a excepción de este ventanal y una esfera calculada en parsecs? ¿Has visto algún mando?
—No.
—¿Has visto algún motor?
—¡Por Júpiter, no!
—Bien, entonces… Vamos a darle la noticia a Lanning, Mike.
Recorrieron a toda velocidad los uniformes corredores para chocar finalmente con el estrecho paso que daba a la compuerta neumática.
Donovan se puso rígido.
—¿Has cerrado tú eso, Greg?
—No lo he tocado para nada. Levanta la palanca.
Pero a pesar de los agotadores esfuerzos de Mike, la palanca no se movió.
—No he visto ninguna salida de emergencia —dijo Powell—. Si ocurre algo, nos van a tener que sacar fundidos.
—Sí, y vamos a tener que esperar a que se dé cuenta de que algún loco nos ha encerrado aquí dentro —añadió Donovan, frenético.
—Volvamos a la ventana. Es el único sitio desde el cual podemos llamar la atención.
Pero no fue así.
En la última habitación, la ventana no era ya azul y llena de cielo. Era negra, y unas puntas de aguja amarillentas en forma de estrella decían: Espacio.
Se produjo un golpe fuerte, sordo, seguido de otro exactamente igual, y dos cuerpos se desplomaron cada uno en un sillón.
Alfred Lanning encontró a Susan Calvin en la puerta del despacho. Encendió nerviosamente un cigarro y le hizo seña de que entrase.
—Bien, Susan —dijo—, hemos llegado bastante lejos y Robertson se está poniendo nervioso. ¿Qué va usted a hacer con el Cerebro?
Susan Calvin abrió los brazos, extendiendo las manos.
—No sirve de nada impacientarse. El Cerebro tiene mayor valor que todo lo que podamos obtener con este trato.
—Pero lleva usted dos meses interrogándolo.
—¿Preferiría llevar este asunto personalmente? —preguntó la doctora en tono llano, pero ligeramente amenazador.
—Ya sabe usted lo que quiero decir…
—¡Oh, supongo que sí! —respondió ella, frotándose las manos, nerviosa—. La cosa es fácil, he estado probando y tanteando y no he llegado todavía a ninguna parte. Sus reacciones no son normales. Sus respuestas son, en cierto modo, extrañas. Pero nada en que poner el dedo. Y, comprenda usted que, hasta que no sepamos lo que ocurre, debemos andar de puntillas. Me es imposible decir qué pregunta u observación conseguirá… darle el empujón y… si entonces tendremos entre nuestras manos un Cerebro completamente inútil. ¿Quiere usted correr este riesgo?
—No lo sé, no puede quebrantar la Primera Ley.
—Eso pensé, pero…
—¿No está siquiera segura de ello? —preguntó Lanning, escandalizado.
—¡Oh, no puedo estar segura de nada, Alfred!
Las señales de alarma resonaron con aterradora brusquedad. Lanning cortó la comunicación con un espasmo casi paralizante.
—Susan, ¿has oído eso? La nave ha partido. He mandado a aquellos dos físicos en su interior hace media hora. Tendrá usted que consultar de nuevo con el Cerebro.
—Cerebro —dijo Susan Calvin con forzada calma—, ¿qué le ha ocurrido a la nave?
—¿La nave que he construido, señora Susan?
—Exacto. ¿Qué ha sido de ella?
—Nada. Los dos hombres que tenían que hacer las pruebas se hallaban dentro y todo estaba dispuesto. De manera que la lancé.
—¡Oh, vaya, pues buena la has hecho! —la doctora encontraba una cierta dificultad en respirar—. ¿Crees que estarán bien?
—Tan bien como sea posible. He tomado todas las precauciones. Es una hermosa nave.
—Sí, Cerebro, es hermosa, pero ¿crees que tendrán bastante comodidad? ¿Estarán confortablemente alojados?
—Mucha comida.
—Esto puede haber sido una gran impresión para ellos. Por lo inesperado, ¿comprendes?
—Estarán bien —dijo el Cerebro, desechando la objeción—. Tiene que ser interesante para ellos.
—¿Interesante? ¿Cómo?
—Sólo interesante.
—Susan —dijo Lanning con un susurro—, pregúntele si podrían morir. Pregúntele qué peligros corren.
El rostro de Susan Calvin se contorsionó en un gesto de furia.
—¡Cállese! —Con voz turbada, se volvió hacia el Cerebro—. Podremos comunicar con la nave, ¿verdad, Cerebro?
—Pueden oírte, si los llamas por radio. Nos hemos ocupado de ello.
—Gracias. Eso es todo, por ahora.
Una vez fuera, Lanning estalló:
—¡Por toda la Galaxia, Susan, si esto se sabe estamos arruinados! Es necesario que hagamos regresar a estos hombres. ¿Por qué no le has preguntado si había peligro de muerte…, directamente?
—Porque esto es precisamente lo que no puedo mencionar. Si existe un dilema, es de muerte. Cualquier cosa que sea demasiado fuerte para él, puede aniquilarlo. ¿Estaremos acaso mejor, entonces? Ahora, espere, dice que podemos comunicar con ellos. Vamos a hacerlo, localicémoslos y hagámoslos regresar. Tal vez puedan manejar los controles ellos mismos. El Cerebro sin duda los dirige a control remoto. ¡Venga!
Transcurrió bastante tiempo antes de que Powell volviese en sí.
—Mike —dijo con los labios fríos—, ¿sientes alguna aceleración?
—¿Eh…? —preguntó Donovan con mirada inexpresiva—. No…
Los puños del pelirrojo se cerraron, y levantándose con ímpetu de su asiento, se acercó a la fría y curva ventana. Sólo se veían estrellas.
—Greg —dijo, volviéndose—, deben de haber lanzado esta máquina mientras estábamos dentro. Greg, todo esto estaba preparado; arreglaron que el robot nos obligase a ser pilotos de prueba para el caso de que pensásemos volvernos atrás.
—¿Qué estás diciendo? —dijo Powell—. ¿Qué utilidad tiene mandarnos al espacio si no sabemos cómo se gobierna esta máquina? ¿Cómo creen que vamos a hacerla regresar? No, esta nave arrancó por sí sola y sin ninguna aceleración aparente. —Se levantó y comenzó a caminar. Las paredes de metal resonaban al compás de sus pasos. Y añadió—: Mike, ésta es la situación más confusa en que nos hemos encontrado jamás.
—¡Qué cosa más nueva para mí! —exclamó Mike con amargura—. Empezaba a pasarlo divinamente cuando me lo has dicho.
Powell no le hizo caso.
—Aceleración nula —dijo—. Lo cual indica que esta nave funciona bajo un principio diferente de todos los conocidos.
—Diferente de los que nosotros conocemos, en todo caso.
—Diferente de todos los conocidos. No hay motores al alcance de la mano. Tal vez estén dentro de las paredes. Tal vez sea por eso que son tan gruesas.
—¿Qué estás murmurando?
—¿Por qué no prestas atención? Estoy diciendo que, cualquiera que sea la energía que mueve esta nave, no está destinada, evidentemente, a ser controlada manualmente. Esta nave es teledirigida.
—¿Por el Cerebro?
—¿Por qué no?
—Entonces, ¿crees que seguiremos en el espacio hasta que el Cerebro decida hacernos regresar?
—Podría ser. En ese caso, esperemos tranquilamente. El Cerebro es un robot, está obligado a respetar la Primera Ley. No puede dañar a un ser humano.
—¿Eso crees? —dijo Donovan sentándose lentamente y alisándose el cabello—. Escucha, el cuento del espacio curvo ha hecho cisco el robot de la Consolidated, y el melenudo dijo que era debido a que el viaje interestelar mata a los seres humanos. ¿En qué robot vas a confiar? El nuestro se basa en los mismos principios, según tengo entendido.
Powell se tiraba desesperadamente del bigote.
—No finjas no entender de robótica, Mike. Antes de que sea físicamente posible a un robot hacer un solo intento de infringir la Primera Ley, tienen que destrozarse tantas cosas, que se produciría un montón de desperdicios diez veces mayor. Esto tiene alguna explicación más sencilla.
—¡Sí, seguro, seguro! Bien, hazme llamar por el mayordomo, mañana. Todo esto es realmente demasiado sencillo para que me preocupe antes de haber dormido mi siesta.
—¡Pero, por Júpiter, Mike! ¿De qué te quejas ahora? El Cerebro vela por nosotros. Aquí tenemos calor, tenemos luz, tenemos aire. No hay siquiera un soplo de más de aceleración para erizarte el cabello, si fuese erizarte, desde luego.
—¿Sí? Greg, tú debes haber tomado lecciones. ¿Y qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Dónde estamos? ¿Cómo regresaremos? Y en caso de accidente, ¿con qué traje espacial saldremos y por dónde? No he visto siquiera un cuarto de baño ni aquellos pequeños adminículos que suelen haber en los cuartos de baño. Desde luego, se ocupan de nosotros, pero… ¡Oye!
La voz que interrumpió a Donovan no fue la de Powell. No era de nadie. Estaba allí, flotando en el aire, estentórea y petrificadora en sus efectos.
«¡GREGORY POWELL! ¡MICHAEL DONOVAN! ¡GREGORY POWELL! ¡MICHAEL DONOVAN! COMUNIQUEN SU ACTUAL POSICIÓN. SI LA NAVE RESPONDE A LOS CONTROLES, ROGAMOS REGRESEN A LA BASE. ¡GREGORY POWELL! ¡MICHAEL DONOVAN!»
El mensaje se repetía mecánicamente a intervalos regulares.
—¿De dónde viene eso? —preguntó Donovan.
—No lo sé —respondió Powell, con un susurro, impresionado—. ¿De dónde viene la luz? ¿De dónde viene todo?
—¿Y cómo vamos a contestar?
Tenían que hablar durante los intervalos del mensaje, que se iba repitiendo. Las paredes estaban desnudas, tan desnudas como puede estarlo una superficie curva de metal no interrumpida por nada.
—Grita la respuesta —dijo Powell.
Así lo hicieron. Gritaron, por turno, juntos.
—¡Posición desconocida! ¡Nave fuera de control! ¡Situación desesperada!
Sus voces resonaban estridentes. Las breves y telegráficas frases quedaban deformadas por la intensidad de los gritos, pero la fría voz que llamaba iba repitiendo incansablemente su mensaje.
—No nos oyen —murmuró Donovan—. No hay estación transmisora, sólo receptora. —Su mirada recorría al azar la superficie de las paredes.
La voz exterior fue disminuyendo paulatinamente de intensidad hasta desaparecer por completo. De nuevo ellos chillaron cuando no era más que un susurro y de nuevo volvieron a gritar cuando reinó el silencio. Al cabo de unos quince minutos, Powell dijo, casi sin voz:
—Vamos a recorrer la nave otra vez. Debe de haber algo que comer en alguna parte. —Su tono no delataba ninguna confianza; era casi el reconocimiento de su derrota.
Dividieron el corredor en dos partes. Podían oírse el uno al otro por el fuerte resonar de sus pasos, y ocasionalmente volvían a encontrarse en el corredor, donde, después de mirarse mutuamente, seguían adelante.
La exploración de Powell terminó infructuosamente, y en aquel momento oyó la alegre voz de Donovan con la sonoridad de un estruendo.
—¡Eh, Greg, la nave tiene tuberías! ¿Cómo se nos ha escapado?
Después de cinco minutos de jugar al escondite, encontró a Powell.
—Pero sigue sin haber cuarto de baño —dijo. De repente se calló—. ¡Comida! —jadeó.
La pared se había corrido, dejando una abertura curva con dos estantes. El superior estaba lleno de latas de una asombrosa variedad de tamaños y formas. Las latas del estante inferior eran uniformes y Donovan sintió una fría corriente de aire en sus piernas. El estante inferior estaba refrigerado.
—¡Cómo… cómo…!
—Esto no estaba así antes —dijo Powell secamente—. Esta parte de la pared se ha corrido en cuanto entré por la puerta.
Ya estaba comiendo. La lata tenía una cuchara dentro y pronto el aromático olor de judías estofadas llenó la sala.
—¡Coge una lata, Mike!
—¿Cuál es el menú? —preguntó Donovan, vacilando.
—¿Cómo quieres que lo sepa? ¿Eres melindroso?
—No, pero en las naves no como más que judías. Preferiría algo mejor.
Su mano acarició y eligió una reluciente lata elíptica, cuya forma aplanada parecía insinuar la presencia de salmón o un manjar similar. Se abrió bajo una presión adecuada.
—¡Judías! —gritó Donovan, cogiendo otra, pero Powell le tiró de los pantalones.
—Es mejor que comas esto, muchacho. Las existencias son limitadas y tal vez debamos estar aquí mucho tiempo.
—¿Pero es que sólo hay judías? —dijo Donovan, echándose hacia atrás.
—Es posible.
—¿Qué hay en el otro estante?
—Leche.
—¿Sólo leche? —gritó Donovan, indignado.
—Eso parece.
La comida a base de judías y la leche transcurrió en un absoluto silencio. Una vez que se hubieron marchado, el panel de la pared se colocó automáticamente en su sitio, dejando la superficie completamente lisa.
—Todo es automático —dijo Powell, suspirando—. Todo igual. Jamás en mi vida me he sentido más abandonado.
Quince minutos más tarde estaban de nuevo en la sala de la ventana mirándose el uno al otro desde dos sillones opuestos. Powell contempló melancólicamente la única esfera de la sala. Seguía marcando «parsecs», la cifra seguía terminando en 1.000.000 y la aguja indicadora estaba todavía en el cero.
En su despacho interior de las oficinas de la U. S. Robots & Mechanical Men, Inc. Alfred Lanning, en tono de agotamiento, decía:
—No responden. Hemos probado todas las longitudes de onda, pública, privada, clave, directa, incluso este truco del subéter que hay ahora. ¡Y el Cerebro sigue sin querer decir nada! —le espetó a Susan Calvin.
—No quiere extenderse sobre la materia, Alfred. Dice que no pueden oírnos y cuando trato de presionarlo se pone… se pone de mal humor. Y no debería ser… ¿Quién ha oído hablar jamás de un robot malhumorado?
—¿Por qué no nos dice usted lo que sabe, Susan? —preguntó Bogert.
—Aquí va. Admite que controla la nave por completo. Es positivamente optimista en cuanto a su seguridad, pero sin detalles. No me atrevo a apretarle las tuercas. Sin embargo, el centro de la perturbación reside, al parecer, en el mismo salto interestelar. El Cerebro se echó a reír cuando toqué este punto. Hay otras indicaciones, pero ésta es la más clara que ha aparecido como neta anormalidad.
Bogert pareció súbitamente impresionado.
—¡El salto interestelar!
—¿Qué ocurre? —gritaron a la vez Susan Calvin y Lanning.
—Las cifras para el motor que nos dio el Cerebro. ¡Oiga, acabo de pensar en una cosa!
Y salió precipitadamente.
Lanning lo siguió con la mirada. Volviéndose hacia Susan, dijo:
—Tenga usted cuidado con su final, Susan…
Dos horas después, Bogert estaba hablando muy animadamente.
—Le digo, Lanning, que es así. El salto interestelar no es instantáneo… mientras la velocidad de la luz sea finita. La vida no puede existir… la materia y la energía no pueden existir como tales en el espacio curvo. No sé cómo será… pero es así. Esto es lo que mató al robot de la Consolidated.
Donovan estaba realmente tan desesperado como parecía.
—¿Sólo cinco días?
Miraba a su alrededor, desalentado. Las estrellas de la ventana eran conocidas, pero indiferentes. Las paredes eran frías al tacto; las luces, que habían vuelto a encenderse, de una brillantez insoportable; la aguja de la esfera marcaba obstinadamente cero, y Donovan no podía librarse del gusto a judías.
—Necesito un baño —dijo tristemente.
Powell alzó los ojos un instante y respondió:
—Yo también. No tienes por qué ser tan egoísta. Pero a menos que quieras bañarte en leche y pasar de beber…
—Antes o después tendremos que pasar de beber, Greg. ¿Dónde terminará este viaje interestelar?
—Ya me lo dirás. En todo caso, allá vamos. O por lo menos el polvo de nuestros esqueletos. Pero, ¿no es nuestra muerte el punto esencial de colapso original del Cerebro?
—Greg —respondió Donovan, dándole la espalda—, he estado pensando. La situación es grave. No hay gran cosa que hacer, aparte de ir por ahí o hablar contigo. Ya conoces estas historias de tipos girando eternamente por el espacio. Se vuelven locos mucho antes de sucumbir al hambre. No lo sé, Greg, pero desde que las luces han vuelto a encenderse, me siento extraño.
Hubo un silencio, al cabo del cual Powell dijo, con voz muy débil:
—Yo también. ¿Qué sientes?
—Una cosa extraña dentro —dijo el pelirrojo—. Como una especie de tensión interior. Me cuesta respirar. No puedo estarme quieto.
—Siéntate un minuto y escucha. ¿No sientes… como si algo latiese en alguna parte e hiciese latir toda la nave, y a ti con ella?
—Sí, sí. ¿Qué crees que es, Greg? ¿Seremos nosotros?
—Tal vez —respondió Powell, acariciándose lentamente el bigote—. Pero pueden ser los motores de la nave. Es posible que esté preparándose…
—¿Para qué?
—Para el salto interestelar. Quizás esté próximo y sólo el diablo sabe cómo es.
Donovan se quedó un momento pensativo. Después, con rabia, dijo:
—Si es así, dejémoslo. Pero quisiera poder luchar. Es humillante tener que esperar de esta forma.
Una hora después, Powell miró su mano, que había apoyado sobre el brazo metálico de su sillón y, con una calma absoluta, dijo:
—Toca la pared, Mike.
Donovan lo hizo.
—La siento vibrar, Greg —dijo.
Incluso las estrellas parecían borrosas. De algún lugar llegaba la vaga impresión de una poderosa máquina que iba acumulando energía entre las paredes, juntando fuerzas para un prodigioso salto, ascendiendo la escala del poder.
Ocurrió con la rapidez de un pinchazo de dolor. Powell se puso rígido y a punto estuvo de caer del sillón. Miró a Donovan y de inmediato la visión se desvaneció, mientras el leve grito de su compañero penetraba y moría en sus oídos. Algo vibró vertiginosamente en él y luchó contra una creciente capa de hielo que iba espesándose.
Algo flotó para formar enseguida un remolino de luces y dolor. Y cayó…
Y se retorció.
Y cayó de bruces.
En silencio.
¡Estaba muerto!
Era un mundo sin movimiento ni sensaciones. Un mundo de una vaga conciencia sin sentidos; una conciencia de oscuridad, silencio y lucha sin forma.
Más que nada, conciencia de eternidad.
Era un tenue destello del yo, frío y atemorizado.
Entonces vinieron las palabras, zalameras y sonoras, resonando encima de él en una espuma de sonidos.
—¿Te ajustaba tu ataúd de una manera diferente antes? ¿Por qué no pruebas los féretros extensibles de míster Cadáver? Están científicamente construidos con Vitamina B1. ¡Usad los féretros Cadáver por su comodidad! Recordad que vais-a-estar-muertos-mucho-mucho-tiempo…
No era exactamente un sonido, pero fuese lo que fuese, se desvaneció en una especie de zumbido aceitoso…
El blanco destello que podía haber sido Powell se agitaba inútilmente en las infinitas extensiones del tiempo que lo rodeaban y caían sobre él, mientras el agudo grito de cien millones de fantasmas con cien millones de voces de soprano se elevaban en el crescendo de una melodía…
Me alegraré cuando hayas muerto, tú, granuja, tú…
Me alegraré cuando hayas muerto, tú, granuja, tú…
Me alegraré…
Se elevó la espiral de un violento sonido en los estridentes supersónicos que pasaban, y más allá…
El blanco destello se estremecía con un latido. Iba aumentando lentamente…
Las voces eran normales… y muchas. Era una muchedumbre que hablaba; una multitud que se agitaba y pasaba por su lado rápidamente, dejando rastros de palabras detrás de ellos.
—¿Qué te han hecho, muchacho? Pareces estropeado…
—… Un fuego caliente…
—… He hecho un Paraíso. Pero el viejo san Pedro…
—… Me gusta el muchacho…
—Eh, Sam, ven por aquí…
—«¿Has conseguido un portavoz?», dijo Belcebú.
—Sigue así, muchacho. Mi compromiso es con Sa…
Y sobre todo ese rugido, una voz que resonaba:
—¡RÁPIDO! ¡RÁPIDO! ¡RÁPIDO! Mueve los huesos y no nos hagas esperar que todavía hay muchos en la fila. Coge tus certificados y asegúrate de que Pedro los firme. Procura que la puerta de entrada sea la correcta. Habrá fuego para todos. Eh, tú. Quédate aquí. Conserva tu lugar en la fila.
El blanco destello que era Powell serpenteaba hacia atrás ante el sonido que va creciendo, y sintió el agudo pinchazo de un dedo que lo señalaba. Todo estalló en un arco iris de sonidos cuyos fragmentos gotearon sobre un dolorido cerebro.
Powell estaba de nuevo en su sillón. Temblaba.
Los ojos de Donovan se iban convirtiendo en dos grandes bolas de un azul turbio.
—Greg… —susurró. Su voz era casi un gemido—. ¿Estabas muerto?
—Me sentía… muerto. —No reconoció su propia voz.
Donovan intentaba en vano mantenerse de pie.
—¿Estás vivo, ahora? ¿O hay algo más?
—Me siento vivo… —Siempre la misma voz ronca—. ¿Has oído algo cuando… estaba muerto? —preguntó cautelosamente.
Donovan hizo una pausa y después, muy despacio, bajó la cabeza.
—¿Y tú?
—Sí. Algo acerca de ataúdes…, y mujeres que cantaban… ¿Y tú?
—Sólo una voz —dijo Donovan, moviendo la cabeza.
—¿Fuerte?
—No; suave, pero rasposa como una lima de uñas. Era como un sermón. Algo del fuego del infierno, torturas…, en fin, ya sabes. Una vez oí un sermón como éste…, casi.
Estaba sudando.
Vieron el brillo del sol a través de la ventana. Era débil, de un blanco azulado, pero la lejana fuente de luz, pequeña como un guisante, no era el Viejo Sol.
Powell señaló aquella esfera con su dedo tembloroso. La aguja, inmóvil y rígida, marcaba 300.000 parsecs.
—Mike, si esto es verdad —dijo Powell—, tenemos que estar fuera de la Galaxia.
—¡Cielos, Greg! ¡Seremos los primeros en salir del Sistema Solar!
—Eso parece. Hemos escapado del sol. Hemos escapado de la Galaxia. Mike, esta nave es la solución. Significa la libertad para toda la humanidad; libertad de recorrer todas las estrellas que existen, millones, billones y trillones de ellas…
Entonces, de repente, volvió a la realidad.
—Pero, ¿cómo regresamos, Mike?
—¡Oh, no te preocupes! —respondió Donovan sonriendo—. La nave nos ha traído aquí. La nave nos llevará de regreso. Por más judías.
—Espera, Mike, espera. Si lo hace de la misma forma que nos ha traído aquí…
Donovan se detuvo en mitad de la frase y se desplomó en su sillón.
—Tendremos que… morir de nuevo, Mike —terminó.
—En fin —suspiró Donovan—, si tenemos que morir, moriremos. Por lo menos no es permanente… o no muy permanente.
Susan Calvin hablaba en voz muy baja. Durante seis horas infructuosas había estado hostigando al Cerebro. Estaba cansada de repetir siempre lo mismo, cansada de circunloquios, cansada de todo.
—Bien, Cerebro, sólo una cosa más. Tienes que hacer un esfuerzo para contestar, simplemente. ¿Has sido enteramente claro acerca del salto interestelar? Quiero decir, ¿los lleva eso muy lejos?
—Tan lejos como quieran ir, señora Susan. En la curvatura no hay truco.
—Y en el otro lado, ¿qué verán?
—Estrellas y astros. ¿Qué supones?
La siguiente pregunta se le escapó.
—¿Estarán vivos, entonces?
—¡Seguro!
—¿Y el salto interestelar no los dañará?
Quedó helada al ver que el Cerebro permaneció en silencio. ¡Era eso! Había tocado el punto sensible.
—Cerebro —suplicó—. Cerebro, ¿me oyes?
La respuesta fue débil, vacilante. El Cerebro dijo:
—¿Tengo que responder? Sobre el salto, me refiero.
—Si no quieres, no. Pero sería interesante, desde luego. —Trataba de hablar animadamente.
—Brrr… Lo has estropeado todo.
Y la doctora se levantó de un salto.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó, con fuego en los ojos.
Y de repente sintió estallar la tensión acumulada durante horas y días. Más tarde le dijo a Lanning:
—Le aseguro que todo va bien. No, debe usted dejarme sola, ahora. La nave regresará intacta, con los hombres dentro, y yo necesito descansar. ¡Quiero descansar! Ahora, márchese.
La nave regresó a la Tierra tan silenciosa y matemáticamente como había salido. Cayó precisamente en el mismo sitio y la compuerta se abrió. Los dos hombres aparecieron y avanzaron cautelosamente, acariciándose las barbillas.
Y entonces, lenta y deliberadamente, el que tenía el pelo rojo se arrodilló y depositó sobre el hormigón de la pista un sonoro beso.
Apartaron con ademanes a la muchedumbre que se había reunido y rehusaron los solícitos cuidados de dos hombres que avanzaban con una camilla que acababan de sacar de una ambulancia.
—¿Dónde está la ducha más próxima? —preguntó Powell.
Los acompañaron a ella. Más tarde se encontraron reunidos en torno a una mesa junto a los mejores cerebros de la U. S. Robots & Mechanical Men, Inc.
Powell y Donovan relataron, lenta y detalladamente, los pormenores de su sensacional experiencia.
Susan Calvin rompió el silencio que siguió. Durante los pocos días transcurridos había recuperado su helada y en cierto modo ácida calma, a través de la cual se filtraba, sin embargo, una sombra de turbación.
—Estrictamente hablando —dijo—, todo fue culpa mía… Cuando por primera vez, como recordarán, sometimos el problema al Cerebro, me extendí ampliamente sobre la importancia de desechar cualquier fuente de información susceptible de crear un dilema. Al hacerlo, dije algo por el estilo de: «No te excites por la cuestión de la muerte de seres humanos. No nos importa en absoluto. Devuelve la hoja y basta».
—¡Continúe! —dijo Lanning—. ¿Y qué más?
—Lo evidente. Cuando conformó la ecuación que determinaba la longitud del mínimo intervalo de salto interestelar, la introducción de ese ítem en sus cálculos implicaba la muerte de seres humanos. Aquí fue donde la máquina de la Consolidated quedó completamente destrozada. Pero yo había quitado importancia a la muerte ante el Cerebro, no del todo, porque la Primera Ley no puede nunca ser infringida, pero sí lo suficiente para que el Cerebro dirigiese una segunda mirada a la ecuación. Lo suficiente para darle tiempo de advertir que una vez transcurrido el intervalo, los hombres volverían a la vida, de la misma manera que la materia y la energía de la nave volvería a su existencia. En otras palabras, esta llamada «muerte» sería un fenómeno estrictamente temporal. ¿Comprenden? —terminó mirando a su alrededor.
Todos escucharon atentamente. Susan prosiguió:
—Aceptó, pues, el punto, pero no sin un cierto desagrado. Tratándose de una muerte temporal y habiendo sido disminuida su importancia, fue suficiente para desequilibrarlo de un modo considerable. Adoptó una actitud humorística —prosiguió con más calma—; es una especie de evasión, ¿comprenden?, un método de evadirse parcialmente de la realidad. Empezó a bromear.
Powell y Donovan se habían puesto en pie.
—¿Qué? —gritó Powell.
Donovan estaba mucho más acalorado.
—Así —dijo Susan—. Se ocupó de ustedes y los mantuvo a salvo, pero no podían manejar los controles porque sólo él lo podía hacer, el humorista Cerebro. Podíamos comunicar por radio, pero ustedes no podían contestar. Tenían mucha comida, pero sólo judías y leche. Entonces murieron, por decirlo así, pero volvieron a vivir, y el período de su vida fue…, interesante. Me gustaría saber cómo lo hizo. El Cerebro sólo quería bromear, no hacerles daño.
—¡No quería hacernos daño! —gritó Donovan—. ¡Ah, si el monigote ése tuviese cuello…!
—Bien, bien, ha sido un lío —dijo Lanning levantando una mano apaciguadora—, pero todo ha terminado. ¿Y ahora, qué?
—Obviamente —dijo Bogert en tono calmado—, nos corresponde mejorar la nave del espacio curvo. Debe de haber algún modo de solucionar el intervalo de salto. Si lo hay, somos la única organización que dispone de un super-robot en gran escala, de manera que tenemos que encontrarlo. Y entonces… U. S. Robots tendrá el viaje interestelar, y la Humanidad la oportunidad del imperio galáctico.
—¿Y la Consolidated? —preguntó Lanning.
—¡Eh! —interrumpió súbitamente Donovan—. Quiero hacer una sugerencia. Han metido a la U. S. Robots en un brete, como ellos esperaban, y todo ha acabado bien, pero sus intenciones no eran precisamente piadosas. Y Greg y yo fuimos sus víctimas.
»Bien, querían una respuesta, y ya la tienen. Mandémosles esta nave, garantizada, y la U. S. Robots puede cobrar los doscientos mil, más los gastos de construcción. Y si la prueban, dejemos que el Cerebro se divierta un poco más antes de volverla a la normalidad.
—Me parece sumamente indicado —dijo Lanning, con gravedad.
A lo cual Bogert añadió, distraídamente:
—Y estrictamente de acuerdo con el contrato, además.

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