Texto aleatorio

El viejo Jack rastrilló y reunió las brasas con un pedazo de cartón y después las esparció a conciencia sobre la pila de carbones consumidos. Cuando la pila estuvo bien cubierta su cara quedó en la oscuridad pero, al ponerse otra vez a abanicar el fuego, su sombra ascendió por la pared opuesta y su cara volvió a salir lentamente a la luz. Era una cara vieja, huesuda y llena de pelos. Los ojos azules húmedos parpadearon ante el fuego y la boca babeada se abrió varias veces, masticando mecánicamente una o dos veces al cerrarse. Cuando las brasas prendieron apoyó el cartón contra la pared y, suspirando, dijo:

—Mucho mejor así, señor O’Connor.

El señor O’Connor, un muchacho de pelo gris, cuya cara estaba desfigurada por manchas y granos, acababa de armar un perfecto cilindro de tabaco, pero cuando le hablaron fue deshaciendo su trabajo manual pensativamente. Después, también pensativamente, volvió a armar su tabaco, y tras un pensamiento más decidió pasarle la lengua al papel.

—¿Dijo el señor Tierney cuándo volvía? —preguntó con un falsete ronco.

—No, no dijo.

El señor O’Connor se puso el cigarrillo en la boca y empezó a buscar en sus bolsillos. Sacó un mazo de tarjetas de cartulina.

—Le traigo un fósforo —dijo el viejo.

—No importa, así está bien —dijo el señor O’Connor.

Eligió una de las tarjetas y la leyó:

ELECCIONES MUNICIPALES

Real Sala de Representantes

SR. RICHARD J. TIERNEY, P. L. G., solicita respetuosamente apoyo y el favor de su voto en las próximas elecciones de la Real Sala de Representantes

El señor O’Connor había sido contratado por un enviado de Tierney para hacer campaña en una zona del distrito electoral, pero, como el clima era despiadado y sus botas filtraban la humedad, se pasaba gran parte del tiempo sentado junto al fuego en el comité de barrio de la calle Wicklow, con Jack, el viejo encargado. Ahí estaban sentados desde que el corto día había empezado a oscurecer. Era un 6 de octubre triste y frío afuera.

El señor O’Connor arrancó una tira de la tarjeta y, encendiéndola, prendió el cigarrillo. Al hacerlo, la llama alumbró una oscura y brillante hoja de hiedra que llevaba en la solapa del abrigo. El viejo miraba el fuego atentamente y después, tomando de nuevo el cartón, lo empezó a abanicar despacio mientras su acompañante fumaba.

—Ah, sí —continuó—, es difícil saber cómo criar a los hijos. ¡Quién iba a saber que me iba a salir así! Lo mandé a los Hermanos Cristianos e hice todo lo que pude por él y ahí lo tiene, hecho un borracho. Traté de que fuera alguien decente.

Cansado, volvió a poner el cartón donde estaba.

—Si yo no fuera un viejo la canción sería otra. Agarraba mi bastón y le daba y le daba en la espalda…, como lo supe hacer tantas veces. Su madre, ya sabe, lo cubre por esto y lo otro…

—Es eso lo que echa a perder a los hijos —dijo el señor O’Connor.

—No tenga dudas —dijo el viejo—. Y ni las gracias le dan, solo insolencias. Me levanta la voz cada vez que me llevo un trago a la boca. ¿Adónde está yendo el mundo si los hijos les hablan así a los padres?

—¿Qué edad tiene? —dijo el señor O’Connor.

—Diecinueve —dijo el viejo.

—¿Por qué no le busca un puesto en algo?

—Como si hubiera hecho otra cosa desde que este borracho dejó la escuela. «Yo no te voy a mantener», le digo. «Conseguite un trabajo». Pero claro, es peor cuando tiene trabajo: entonces se toma el sueldo.

El señor O’Connor movió la cabeza comprensivo, y el viejo se quedó callado mirando el fuego. Alguien abrió la puerta y llamó:

—¡Hola! ¿Es acá la reunión de masones?

—¿Quién es? —preguntó el viejo.

—¿Qué hacen ustedes en esa oscuridad? —preguntó una voz.

—¿Es usted, Hynes? —preguntó el señor O’Connor.

—Sí. ¿Qué hacen ustedes en esa oscuridad? —dijo el señor Hynes y avanzó hacia la luz del fuego.

Era un muchacho alto y delgado y con un bigote castaño claro. Inminentes gotitas de lluvia le colgaban del ala del sombrero y llevaba el cuello de su abrigo vuelto hacia arriba.

—Bueno, Mat —le dijo al señor O’Connor—, ¿cómo van las cosas?

El señor O’Connor meneó la cabeza. El viejo dejó el hogar y, dando tumbos por la pieza, regresó con dos velas que hundió una tras otra entre las llamas, y después las puso en la mesa. Una pieza vacía apareció a la vista y el fuego perdió sus colores alegres. Las paredes estaban desnudas excepto por una copia de un discurso electoral. En el medio de la pieza había una mesita con una pila de papeles.

El señor Hynes se recostó contra la chimenea y preguntó:

—¿Te pagó ya?

—No todavía —dijo el señor O’Connor—. Quiera Dios que no nos deje en banda esta noche.

El señor Hynes se rio.

—¡Ay, te va a pagar! No tengas miedo —dijo.

—Espero que se apure, si es que habla en serio —dijo el señor O’Connor.

—¿Qué pensás, Jack? —dijo satíricamente el señor Hynes al viejo.

El viejo regresó a su asiento junto al fuego y dijo:

—Todavía no lo hizo, pero al menos tiene con qué. No como el otro gitano.

—¿Qué otro gitano? —dijo el señor Hynes.

—Colgan —dijo el viejo con desprecio.

—¿Será porque Colgan es un obrero que decís eso? ¿Qué diferencia hay entre un albañil honesto y un tabernero, eh? ¿No tiene el trabajador derecho de estar en la Corporación como cualquiera…? Por supuesto, ¿y más derecho todavía que esos alcahuetes que están siempre sombrero en mano ante cualquier tipo de esos con un apellido importante? ¿No es así, Mat? —dijo el señor Hynes dirigiéndose al señor O’Connor.

—Creo que tenés razón —dijo el señor O’Connor.

—Uno es un hombre honesto si cumple con su deber. Él sube para representar a la clase obrera. Este tipo para el que estás trabajando solo quiere conseguir este puesto o el otro.

—Por supuesto la clase obrera debe ser representada —dijo el viejo.

—El trabajador —dijo el señor Hynes— recibe las patadas y ni una moneda. Pero es su trabajo el que produce todo. El obrero no anda buscando puestos para sus hijos y sobrinos y primos. El obrero no arrastra el honor de Dublín por el barro para complacer a un monarca alemán.

—¿Cómo es eso? —dijo el viejo.

—Ah, ¿pero no sabés que quieren dar un discurso de bienvenida a Edward Rex1 cuando venga el año que viene? ¿Por qué tenemos que arrodillarnos ante un rey extranjero?

—Nuestro candidato no votará por ese discurso —dijo el señor O’Connor—. Él va en la boleta Nacionalista.

—¿Ah, no? —dijo el señor Hynes—. Esperá a ver si lo hace o no. Lo conozco. ¿No le dicen Dicky «mentira» Tierney?

—¡Por Dios! Tal vez tenés razón, Joe —dijo el señor O’Connor—. De todas maneras, me gustaría verlo entrar con la guita.

Los tres hombres se quedaron callados. El viejo empezó a juntar más brasas. El señor Hynes se sacó el sombrero, lo sacudió y después se bajó el cuello del abrigo, mostrando al hacerlo una hoja de hiedra en su solapa.

—Si este hombre estuviera vivo —dijo, señalando a la hiedra—, no tendríamos que estar hablando de discursos de bienvenida.

—Eso es cierto —dijo el señor O’Connor.

—¡Qué tiempos aquellos, por Dios! —dijo el viejo—. Eso era estar vivo.

El cuarto quedó en silencio de nuevo. En ese momento un hombrecito enérgico con la nariz goteando y orejas heladas empujó la puerta. Fue rápido hacia el fuego, frotándose las manos como si tratara de sacarles chispas.

—No hay dinero, muchachos —dijo.

—Siéntese acá, señor Henchy —dijo el viejo, ofreciéndole su silla.

—No, ni te muevas, Jack, ni te muevas —dijo el señor Henchy.

Saludó respetuosamente al señor Hynes y se sentó en la silla que dejó vacante el viejo.

—¿Hiciste lo de la calle Aungier? —le preguntó al señor O’Connor.

—Sí —dijo O’Connor, comenzando a buscar la lista en sus bolsillos.

—¿Llamaste a Grimes?

—También.

—¿Y? ¿De qué lado está?

—No promete nada. Me dijo: «No pienso decirle a nadie a quién voy a votar». Pero me parece que va a estar todo bien.

—¿Por qué?

—Me preguntó quiénes eran los candidatos, y yo le dije. Le mencioné al padre Burke. Creo que va a estar todo bien.

El señor Henchy comenzó a moquear y a frotarse las manos sobre el fuego a toda velocidad. Después, dijo:

—Por el amor de Dios, Jack, traenos un poco de carbón. Tiene que haber quedado algo.

El viejo salió del cuarto.

—Así no va la cosa —dijo el señor Henchy, moviendo la cabeza—. Le pedí a ese lustrabotas pero dijo: «Vamos, señor Henchy, cuando vea el trabajo bien hecho, no me voy a olvidar de usted, se lo aseguro». ¡Gitanito tacaño! ¿Cómo iba a ser de otro modo?

—¿Qué te dije, Mat? —dijo el señor Hynes—. Dicky «mentira» Tierney.

—Ay, ese es el más mentiroso de todos —dijo el señor Henchy—. No tiene esos ojitos de chancho por nada. Hijo de puta. ¿Por qué no nos paga como corresponde, como un hombre, en vez de venir con eso de: «Eh, lo que pasa, señor Henchy, es que ahora tengo que hablar con el señor Fanning… Gasté un montón de plata»? ¡Lustrabotas roñoso! Supongo que ya se olvidó de la época en que su papito tenía su feria americana en Mary’s Lane.

—¿Pero es cierto eso? —preguntó el señor O’Connor.

—Dios, por supuesto —dijo el señor Henchy—. ¿Nunca lo oyeron decir? Y los pobres diablos solían ir los domingos temprano, antes de que abrieran los bares, a comprar un chaleco o un pantalón… Pero el papito de «mentira» Dicky siempre tenía su botellita clandestina en un rincón. ¿Importa ahora? Así son las cosas. Ahí es donde por primera vez vio la luz.

El viejo regresó con unos cuantos carbones que acomodó sobre el fuego.

—Eso es una-gran-bienvenida —dijo el señor O’Connor—. ¿Y cómo espera que trabajemos para él si no nos cumple?

—No puedo hacer nada —dijo el señor Henchy—. Cuando vuelva a casa me voy a encontrar con el administrador en la entrada.

El señor Hynes se rio y, dejando de reclinarse contra la chimenea con la ayuda de sus hombros, se dispuso a marcharse.

—Todo va a mejorar cuando venga el rey Eddie —dijo—. Bueno, muchachos, por ahora parto. Los veo después. Chau.

Salió de la pieza lentamente. Ni el señor Henchy ni el viejo dijeron nada, pero, justo cuando se cerraba la puerta, el señor O’Connor, que se había quedado mirando el fuego cabizbajo, gritó de pronto:

—¡Chau, Joe!

El señor Henchy esperó unos minutos y después giró la cabeza en dirección a la puerta.

—Díganme —dijo desde el otro lado del fuego—, ¿qué lo trajo a nuestro amigo hasta acá? ¿Qué quiere ahora?

—¡Uff, pobre Joe! —dijo O’Connor arrojando la colilla al fuego—. Está tan necesitado como nosotros.

El señor Henchy carraspeó con fuerza y escupió tan copiosamente que casi apaga el fuego, que se quejó dando un silbido.

—Para darles mi inocente y personal opinión —dijo—, yo creo que él está con el otro bando. Para mí que es un espía de Colgan. «¿Por qué no te das una vuelta por allá y averiguás en qué andan? No van a sospechar de vos». ¿Se dan cuenta?

—Ah, el pobre Joe es un tipo decente —dijo el señor O’Connor.

—Su padre era un respetable hombre decente —admitió el señor Henchy—. ¡Pobre Larry Hynes! Hizo mucho en su época. Pero me temo bastante que nuestro amigo no es de ley. Entiendo que alguien ande corto, pero lo que no entiendo es que se dedique a garronear, ¡por favor! ¿Es que no le queda algo de hombría?

—Yo no le doy precisamente una bienvenida calurosa cuando viene —dijo el viejo—. ¡Dejen que se arregle solo y no que venga a espiar acá!

—No sé —dijo el señor O’Connor, dubitativo, mientras sacaba tabaco y papel de armar.

Me parece que Joe Hynes es un tipo derecho. Es inteligente, también, con la pluma. ¿Se acuerdan de eso que escribió…?

—Varios de estos arribistas y fenianos, me parece, son demasiado astutos —dijo el señor Henchy—. ¿Quiere saber mi opinión personal y sincera sobre muchos de estos bufones? Creo que la mitad de ellos están a sueldo de la Corona.

—No se puede saber —dijo el viejo.

—Ah, pero yo lo sé de buena fuente —dijo el señor Henchy—. Son buchones de la Corona… No digo Hynes… No, para nada, él está un poco más arriba de todo eso… Pero hay cierto noblecito bizco… ¿Saben a qué patriota me refiero?

El señor O’Connor asintió.

—Ahí tienen a un descendiente directo del Major Sirr si quieren uno. ¡Ay, el corazón desangrado de un patriota! Ahí tienen a un tipo capaz de vender su país por tres peniques, sí, señor, y capaz al mismo tiempo de hincarse de rodillas y dar gracias a Dios Todopoderoso por tener un país que vender.

Llamaron a la puerta.

—Entre —dijo el señor Henchy.

Una persona que parecía un sacerdote pobre o un actor pobre apareció en la puerta. Sus ropas negras estaban tan ceñidamente abotonadas al breve cuerpo que era imposible decir si llevaba cuello romano o cuello laico, porque las solapas de su abrigo desaliñado cuyos botones descubiertos reflejaban la luz de las velas daban la vuelta alrededor de su cuello. Llevaba un sombrero redondo negro de fieltro y ala rígida. Su cara, brillando por el agua, tenía la apariencia de un queso blando amarillo salvo donde dos manchas rosadas indicaban los pómulos. Abrió su enorme boca de pronto para expresar decepción y al mismo tiempo abrió bien grande sus ojos azules para indicar placer y sorpresa.

—¡Ah, padre Keon! —dijo el señor Henchy, dejando su silla de un salto—. ¿Es usted? ¡Pase, pase!

—¡Ah, no, no, no! —dijo el padre Keon rápido, frunciendo sus labios como si se dirigiera a un niño.

—¿No quiere pasar y sentarse?

—¡No, no, no! —dijo el padre Keon, hablando con una aterciopelada voz a la vez indulgente y discreta—. ¡No quiero molestar! Ando buscando al señor Fanning.

—Anda por el Black Eagle —dijo el señor Henchy—. Pero ¿no quiere pasar y sentarse un minuto?

—No, no, gracias. Era por un temita de negocios —dijo el padre Keon—. Gracias, de verdad.

Se retiró de la puerta y el señor Henchy, tomando una de las velas, fue hacia allá para alumbrarle las escaleras.

—¡Ay, no se moleste, se lo ruego!

—No, es que las escaleras están muy oscuras.

—No, no, si puedo ver… De verdad, gracias.

—¿Está bien así?

—Está bien, sí, gracias… Gracias.

El señor Henchy regresó con la vela y la puso sobre la mesa. Se sentó otra vez al fuego.

Hubo silencio por un momento.

—Decime, John —dijo el señor O’Connor, encendiendo su cigarrillo con otra tarjeta.

—¿Hmm?

—¿Qué es este tipo exactamente?

—Preguntame algo más fácil —dijo el señor Henchy.

—Él y Fanning parecen ser carne y uña. Suelen estar juntos en el Kavanagh. ¿Es cura o qué?

—Mmm… sí, creo que sí… Creo que es lo que se llama una oveja negra. ¡No hay muchas de esas, gracias a Dios! Pero tenemos varias… Es un hombre sin suerte que…

—¿Y cómo se las arregla? —preguntó el señor O’Connor.

—Ese es otro misterio.

—¿Está ligado a alguna capilla o iglesia o institución o…?

—No —dijo el señor Henchy—, creo que viaja por su cuenta… Que Dios me perdone —agregó—, pero pensé que era nuestra docena de stouts.

—¿Habrá por casualidad algo para tomar? —preguntó el señor O’Connor.

—Yo también tengo sed —dijo el viejo.

—Tres veces le pedí a ese pichón de lustrabotas —dijo el señor Henchy—, si nos mandaba una docena de stouts. Se lo pedí otra vez ahora pero estaba apoyado en el mostrador en mangas de camisa chusmeando con el concejal Cowley.

—¿Y por qué no le hiciste acordar? —dijo el señor O’Connor.

—Bueno, no iba a acercarme mientras hablaba con el concejal Cowley. Esperé hasta que me vio y le dije: «Con respecto a eso que hablamos antes… Va a estar todo bien, señor H.», me dijo. ¡Seguro que el petiso se olvidó por completo!

—Ahí pasa algo —dijo el señor O’Connor, pensativo—. Los vi igual a los tres ayer en la esquina de Suffolk Street.

—Me parece que ya sé en qué andan —dijo el señor Henchy—. Hay que deberles plata a los Padres de la Ciudad si querés llegar a gobernarla. Entonces te hacen Lord Mayor. ¡Por Dios! Estoy pensando en serio en hacerme Padre de la Ciudad yo también. ¿Qué les parece? ¿Serviría para el trabajo?

El señor O’Connor se rio.

—Si se trata de deberle dinero a alguien…

—Salir manejando del Palacio Municipal —dijo el señor Henchy—, vestido de armiño, con Jack acá de pie detrás mío con su peluca empolvada, ¿eh?

—Y nombrame tu secretario privado, John.

—Sí, y nombraré al padre Keon mi capellán privado también. Vamos a hacer una celebración familiar.

—En verdad, señor Henchy —dijo el viejo—, usted tendría más estilo que muchos de ellos. Estaba hablando el otro día con el viejo Keegan, el portero del Palacio Municipal. «¿Y cómo es el nuevo jefe, Pat? No hay mucho movimiento ahora», le dije. «¡Movimiento!», me respondió. «A ese lo mueve el aire». ¿Y saben lo que me dijo? Les juro que no lo podía creer.

—¿Qué? —dijeron el señor Henchy y el señor O’Connor.

—Me dijo: «¿Qué pensarías vos de un Alcalde de Dublín que manda a buscar un kilo de costillitas para su cena? La buena vida, ¿no?». «¡Epa, Epa!», le contesté. «Un kilo de costillitas para el Municipio», me dijo él. «¡Epa!», le respondí, «¿qué clase de gente nos gobierna?».

En ese momento llamaron a la puerta y un muchacho asomó la cabeza.

—¿Qué pasa? —dijo el viejo.

—Del Black Eagle —dijo el muchacho, caminando de costado y apoyando una canasta sobre el piso con un ruido de botellas.

El viejo ayudó al muchacho a trasladar las botellas de la canasta a la mesa y las contó. Cuando terminó el traslado, el muchacho se colgó la canasta al brazo y preguntó:

—¿Y las botellas?

—¿Qué botellas? —dijo el viejo.

—¿No vas a dejar que primero las tomemos? —dijo el señor Henchy.

—Me dijeron que pidiera los envases.

—Vení mañana —dijo el viejo.

—¡Escuchame, pibe! —dijo el señor Henchy—. ¿No vas corriendo hasta lo de O’Farrell a pedirle que nos preste un abridor? Decile que es de parte del señor Henchy. Se lo devolvemos en un minuto. Dejá la canasta acá.

El muchacho salió y el señor Henchy comenzó a frotarse las manos con felicidad, diciendo:

—¡Ah, bueno, no es tan malo el tipo después de todo! Por lo menos tiene palabra.

—No hay vasos —dijo el viejo.

—No te preocupes por eso, Jack —dijo el señor Henchy—. Incluso grandes hombres han tomado del pico antes.

—De todas maneras, es mejor que nada —dijo el señor O’Connor.

—No es mal tipo —dijo el señor Henchy—. Lo que pasa es que Fanning lo tiene agarrado. Él tiene buenas intenciones a su manera.

El muchacho volvió con el abridor. El viejo abrió tres botellas y le estaba por devolver el abridor cuando el señor Henchy le preguntó al muchacho:

—¿Querés un trago, pibe?

—Si no le molesta, señor —dijo el muchacho.

El viejo abrió otra botella sin muchas ganas y se la dio al muchacho.

—¿Qué edad tenés? —le preguntó.

—Diecisiete —dijo el muchacho.

Como el viejo no dijo nada más, el muchacho tomó la botella y le dijo al señor Henchy: «Con su respeto, señor», bebió el contenido, puso la botella en la mesa y se secó la boca con la manga. Después agarró el abridor y salió por un costado, murmurando una especie de saludo.

—Así se empieza —dijo el viejo.

—Camino de cornisa —dijo el señor Henchy.

El viejo repartió las botellas que había abierto y todos los hombres tomaron a la vez. Después de tomar, cada uno colocó su botella en la repisa al alcance de la mano y todos dieron unos suspiros largos de satisfacción.

—Bueno, tuve un buen día de trabajo hoy —dijo el señor Henchy, después de una pausa.

—¿De verdad, John?

—La verdad que sí. Le conseguimos, Crofton y yo, uno o dos seguros en Dawson Street. Que quede entre nosotros, naturalmente, pero Crofton (un buen tipo, por supuesto) no sirve para puntero político. No sabe hablarle a la gente. Se queda ahí parado y se pone a mirar mientras yo soy el que tiene que hablar.

Entonces entraron dos hombres. Uno de ellos era muy gordo, cuya ropa de sarga azul parecía estar en peligro de caerse por su figura inclinada. Tenía una cara grande con la expresión parecida a la trompa de un buey joven, penetrantes ojos azules y un bigote entrecano. El otro hombre era mucho más joven y más frágil, tenía una cara flaca bien afeitada. Llevaba un doble cuello muy alto y un bombín de alas anchas.

—¡Hola, Crofton! —dijo el señor Henchy al gordo—. Hablando de Roma…

—¿De dónde viene esa bebida? —preguntó el joven—. ¿Puso la gallina?

—¡Ah, claro, Lyons lo primero que pregunta es por la bebida! —dijo el señor O’Connor, riendo.

—¿Así consiguen gente ustedes? —dijo el señor Lyons—. Y Crofton y yo bajo el frío y la lluvia buscando votos…

—Qué caradura —dijo el señor Henchy—, ¡yo consigo más votos en cinco minutos que ustedes en una semana!

—Abrí dos botellas de stout, Jack —dijo el señor O’Connor.

—¿Cómo? —dijo el viejo—. Si no hay abridor…

—Esperen, esperen —dijo el señor Henchy levantándose rápidamente—. ¿Nunca vieron este truco?

Tomó dos botellas de la mesa y, llevándolas al fuego, las puso en el quemador. Después se sentó de nuevo al fuego y bebió otro trago de su botella. El señor Lyons se sentó en el borde de la mesa, empujó su sombrero hacia atrás y comenzó a mover las piernas.

—¿Cuál es mi botella? —preguntó.

—Esta, amigo —dijo el señor Henchy.

El señor Crofton se sentó sobre una caja y miraba fijamente la otra botella en el quemador. Estaba en silencio por dos razones. La primera, suficiente en sí misma, era que no tenía nada para decir; la segunda razón era que consideraba a sus compañeros menos que él. Había sido puntero de Wilkins, el Conservador, pero cuando los Conservadores retiraron su candidato y, eligiendo el mal menor, dieron su apoyo al candidato nacionalista, lo contrataron para trabajar para el señor Tierney.

En unos minutos se oyó un ¡Pok! del corcho digno de elogio que salió disparado de la botella del señor Lyons. Entonces el señor Lyons saltó de la mesa, fue hasta el fuego, tomó su botella y volvió a la mesa.

—Les estaba contando, Crofton —dijo el señor Henchy—, que conseguimos unos cuantos votos hoy.

—¿A quiénes consiguieron? —preguntó el señor Lyons.

—Bueno, primero conseguí a Parkes, después a Atkinson, y conseguí a Ward, el de Dawson Street. Buen tipo, también: ¡viejo votante conservador, viejo afiliado! «¿Pero su candidato no es nacionalista?», me dijo. «Es un hombre respetable», le contesté. «Un hombre que está a favor de todo lo que pueda beneficiar al país. Es un gran contribuyente», le dije. «Tiene varias propiedades en la ciudad y tres negocios, ¿no cree usted que le conviene mantener bajos los impuestos municipales? Es un ciudadano prominente, respetado, un Guardián de las Leyes de los Pobres, y no pertenece a ningún partido, bueno, malo o indiferente», agregué. Así es como hay que hablarle a esta gente.

—¿Y qué hubo del discurso de bienvenida al Rey? —dijo el señor Lyons, después de beber y chasquear los labios.

—Oigan esto —dijo el señor Henchy—. Lo que nosotros queremos para este país, como le dije al viejo Ward, son capitales. La visita del Rey significará una tremenda entrada de dinero para el país. Los ciudadanos de Dublín saldrán beneficiados. ¡Miren todas esas fábricas de los muelles, paradas! Piensen en todo el dinero que habría en este país si pusiéramos a funcionar las viejas industrias, los molinos, los astilleros y las fábricas. Son capitales lo que necesitamos.

—Pero mirá, John —dijo el señor O’Connor—. ¿Por qué deberíamos darle la bienvenida al rey de Inglaterra? ¿No fue el propio Parnell el que…?

—Parnell —dijo el señor Henchy— está muerto. Ahora bien, así es como yo lo veo. Acá está este muchacho que llega al trono después de que su madre lo dejó esperando hasta que le salieron canas. Es un hombre de mundo y quiere lo mejor para nosotros. Es un tipo elegante y decente, si me preguntás, y no se puede decir nada malo. Se dijo a sí mismo: «La vieja nunca fue a ver a estos irlandeses salvajes. Y por Cristo, que iré yo mismo a ver cómo son». ¿Y nosotros vamos a insultar a este hombre cuando viene acá para una visita amistosa? ¿Eh? ¿No es así, Crofton?

El señor Crofton asintió.

—Pero ahora después de todo —dijo el señor Lyons, argumentando—, la vida del Rey Eduardo, ustedes saben, no es muy…

—Lo pasado pisado —dijo el señor Henchy—. Yo personalmente admiro a este hombre. Es un tipo común como vos y yo. Le gusta su vaso de grog y está un poco loco, tal vez, y es un buen deportista. ¡Por favor! ¿Es que los irlandeses no podemos ser justos?

—Todo eso está muy bien —dijo el señor Lyons—. Pero miren ahora el caso de Parnell.

—Por el amor de Dios —dijo el señor Henchy—, ¿dónde está la analogía entre los dos casos?

—Lo que quiero decir —dijo el señor Lyons— es que nosotros tenemos nuestros ideales. ¿Por qué, ahora, recibiríamos a un hombre así? ¿Creen que ahora, después de lo que hizo, Parnell era un hombre adecuado para guiarnos? Entonces, ¿por qué haríamos esto por Eduardo VII?

—Es el aniversario de Parnell —dijo el señor O’Connor—, así que no nos pongamos a revolver y a hacer mala sangre. Todos lo respetamos ahora que está muerto y enterrado, hasta los conservadores —añadió, mirando al señor Crofton.

¡Pok! El demorado corcho saltó fuera de la botella del señor Crofton. El señor Crofton se levantó de su caja y fue hasta el fuego. Cuando regresó con su presa dijo con una voz profunda:

—Nuestra ala del partido lo respeta porque fue un caballero.

—¡Tenés toda la razón, Crofton! —dijo el señor Henchy con orgullo—. Era el único que podía ordenar esta bolsa de gatos. «¡Sentado, perro! ¡A la cucha, perro!». Así es como los trataba. ¡Entrá, Joe! ¡Entrá! —llamó al asomarse el señor Hynes en la puerta.

El señor Hynes entró despacio.

—Abrí otra botella, Jack —dijo el señor Henchy—. ¡Ah, me olvidé de que no hay abridor! Mirá, dame una que te la pongo en el fuego.

El viejo le alcanzó otra botella y él la colocó sobre el quemador.

—Sentate, Joe —dijo el señor O’Connor—, estamos hablando del Jefe.

—¡Sí, sí! —dijo el señor Henchy.

El señor Hynes se sentó en el borde de la mesa cerca del señor Lyons, pero no dijo nada.

—Acá tienen a uno que, por lo menos —dijo el señor Henchy— no renegó de él. ¡Por Dios,

Joe, eso sí que se puede decir de vos! ¡Vos sí que le fuiste leal como un hombre!

—¡Ah, Joe! —dijo el señor O’Connor de repente—. Decí eso que escribiste, ¿te la acordás? ¿La tenés encima?

—¡Ay, sí! —dijo el señor Henchy—. Recitalo. ¿Oíste eso alguna vez, Crofton? Escuchá esto: es genial.

—¡Vamos! —dijo el señor O’Connor—. ¡Decilo, Joe!

El señor Hynes no pareció recordar enseguida la pieza a la que se referían, pero después de pensar un instante, dijo:

—Ah, eso… Seguro, pero eso suena viejo ahora.

—¡Decilo de una vez! —dijo el señor O’Connor.

—Sh, sh —dijo el señor Henchy—. ¡Vamos Joe!

El señor Hynes dudó un poco más. Después, en medio del silencio, se quitó el sombrero, lo dejó sobre la mesa y se puso de pie. Parecía estar ensayando la pieza en su cabeza. Tras una pausa larga anunció:

LA MUERTE DE PARNELL

6 de octubre de 1891

Se aclaró la voz una o dos veces y después empezó a recitar:

Ha muerto. Nuestro rey sin corona ha muerto.

Oh, Erín, sufre con aflicción y pena

porque aquí yace muerto y derribado quien la banda

de hipócritas modernos difamó

yace asesinado por los sabuesos cobardes

que llevó a la gloria desde el barro;

y las esperanzas de Erín y los sueños de Erín

murieron con él bajo la pira del monarca.

En los palacios, casas o cabañas

donde el corazón de Irlanda sea que esté

se agobia en duelo — porque se ha ido

quien habría forjado su destino.

Habría hecho a Erín famosa,

la bandera verde gloriosamente desplegada,

sus bardos, guerreros y estadistas, elevados

ante las naciones del mundo.

Él soñó (¡ah, sí: fue solo un sueño!)

con la libertad, pero mientras luchaba

por atrapar ese ídolo, la traición

lo apartó de lo que amaba.

Vergüenza dan las cobardes míseras manos

que golpearon a su Señor o con un beso

lo traicionaron con una turba

de obsecuentes sacerdotes; no eran sus amigos.

Que la vergüenza eterna consuma

la memoria de aquellos que trataran

de ensuciar y manchar el exaltado nombre

de quien los rechazaba en su orgullo.

Cayó como caen los héroes,

noblemente imperturbable hasta el final.

Y ahora la muerte lo reúne

con los héroes de Erín del pasado.

¡Ningún ruido de peleas perturbe su sueño!

Descansa en paz: ningún dolor humano

o ambición alta lo espolea

para alcanzar las cumbres de la gloria.

Consiguieron lo que querían: lo rebajaron.

Pero, Erín, escucha, su espíritu puede

elevarse, como el fénix desde las llamas,

cuando del día nuevo rompa la aurora,

el día que traiga la Libertad del reino.

Y ese día bien pueda que Erín

jure levantar la copa hacia la dicha

con un dolor, la memoria de Parnell.

El señor Hynes se sentó de nuevo sobre la mesa. Cuando terminó de recitar hubo un silencio y después un estallido de aplausos: hasta el señor Lyons aplaudió. Los aplausos continuaron un momento. Cuando cesaron, los oyentes bebieron en silencio cada uno de sus botellas.

¡Pok! El corcho salió volando de la botella del señor Hynes, pero el señor Hynes permaneció sentado, con la cara colorada y la cabeza desnuda. Parecía no haber oído aquel llamado.

—¡Grande, Joe! —dijo el señor O’Connor, sacando papel de armar para esconder mejor su emoción.

—¿Qué te pareció eso, Crofton? —gritó el señor Henchy—. ¿No es excelente? ¿Eh?

El señor Crofton dijo que era un delicado y excelente texto literario.

NOTA:

El día de la hiedra es el 6 de octubre, día del aniversario de la muerte del patriota irlandés Charles Stewart Parnell (1846-1891). Todavía se lleva a cabo una pequeña ceremonia en la tumba de Parnell el domingo más cercano al 6 de octubre. Asisten un pequeño número de devotos de Parnell y se hace una breve oración en su honor (al mediodía). La hoja de hiedra es el símbolo. Joyce supo decir que este era su cuento preferido de Dublineses.

  1. Manera despectiva e informal de referirse a Eduardo VII, entonces rey de Inglaterra e Irlanda y emperador de la India (1901-1910). Hijo y sucesor de su madre, la conocida reina Victoria. De descendencia alemana, por eso Joyce alude a él también como un monarca alemán. ↩︎

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