Los autos llegaban volando a Dublín, corriendo como balines por la huella del camino de Naas. En lo alto de la colina en Inchicore los espectadores se reunían en pequeños grupos observando la carrera de vuelta y a través de este canal de pobreza e inacción el continente aceleraba su riqueza y su industria. Cada tanto esos grupos de gente gritaban como oprimidos felices. Su simpatía, sin embargo, era para los autos azules: los autos de sus amigos, los franceses.
Los franceses, además, eran los virtuales ganadores. Su equipo había terminado con solidez; se habían ubicado en segundo y tercer puesto, y el corredor del auto ganador alemán se había declarado belga. Cada auto azul, entonces, recibía doble vuelta de aliento al alcanzar la cima y volver, correspondidos con sonrisas y cabeceos por sus tripulantes. En uno de aquellos autos de construcción compacta venía un grupo de cuatro muchachos cuyo ánimo parecía por momentos sobrepasar con mucho los límites del galicismo triunfal: de hecho, se estaban matando de risa. Eran Charles Ségouin, el propietario del auto; André Rivière, un joven electricista nacido en Canadá; un húngaro grandote llamado Villona y un muchacho atildado llamado Doyle. Ségouin estaba de buen humor porque inesperadamente había recibido algunos pedidos por adelantado (estaba a punto de establecerse en el negocio de automóviles en París) y Rivière estaba de buen humor porque había sido nombrado gerente de dicho establecimiento; los otros dos muchachos (que eran primos) también estaban de buen humor por el éxito de los autos franceses. Villona estaba de buen humor porque había comido un almuerzo muy bueno; y además era optimista por naturaleza. El cuarto miembro del grupo, sin embargo, estaba demasiado excitado para estar genuinamente feliz.
Tenía alrededor de veintiséis años, con un suave bigote castaño claro y ojos grises un tanto ingenuos. Su padre, que había empezado su vida como un nacionalista avanzado, había modificado sus puntos de vista tempranamente. Había hecho dinero como carnicero en Kingstown y al abrir locales en Dublín y en los suburbios logró multiplicar su fortuna varias veces. Además, había tenido la suerte de asegurar contratos con la policía y, al final, se había hecho tan rico como para ser aludido en los diarios de Dublín como el príncipe de los comerciantes. Había enviado a su hijo a Inglaterra para que fuera educado en un gran colegio católico y después lo mandó a la universidad de Dublín a estudiar derecho. Jimmy no estudiaba con seriedad y durante cierto tiempo se sacó malas notas. Tenía dinero y era conocido; y dividía su tiempo curiosamente entre círculos musicales y automovilísticos. Después fue enviado por un trimestre a Cambridge a que viera un poco la vida. Su padre, reprobando su conducta, pero secretamente orgulloso de los excesos, pagó sus cuentas y lo trajo a casa. Fue en Cambridge que conoció a Ségouin. No eran más que conocidos entonces, pero Jimmy encontró un gran placer en la compañía de alguien que había visto tanto mundo y que tenía la reputación de ser el dueño de uno de los mayores hoteles de Francia. Valía la pena (su padre estuvo de acuerdo) conocer a una persona así, aun si no fuera la compañía grata que era. Villona también era divertido —un pianista brillante—, pero, desgraciadamente, muy pobre.
El auto corría feliz con su carga de muchachos divirtiéndose. Los dos primos sentados adelante; Jimmy y su amigo húngaro sentados atrás. Decididamente Villona estaba de excelente humor; mantuvo su tarareo bajo y melódico durante kilómetros. Los franceses soltaban carcajadas y obscenidades sobre sus hombros y más de una vez Jimmy tuvo que estirarse hacia delante para atrapar una réplica. No le gustaba del todo, ya que tenía que adivinar lo que querían decir y dar su respuesta a los gritos y contra el ventarrón. Además, el tarareo de Villona confundiría a cualquiera; el ruido del auto, también.
El movimiento rápido a través del espacio provoca euforia; también la notoriedad; también tener dinero. Estas eran tres buenas razones para la excitación de Jimmy. Muchos de sus amigos lo habían visto ese día en compañía de aquellos continentales. En el puesto de control Ségouin lo había presentado a uno de los corredores franceses y, en respuesta a su confuso y gentil murmullo, la cara morena del piloto había dejado ver una línea de brillantes dientes blancos. Era agradable después de aquel honor regresar al profano mundo de los espectadores entre codazos y miradas feas. Con respecto al dinero, verdaderamente tenía mucho en su poder. Ségouin tal vez no pensaría que era mucho dinero, pero Jimmy, quien a pesar de sus errores pasajeros era en su interior heredero de nobles sentimientos, sabía bien con cuánta dificultad se había amasado esa fortuna. Este conocimiento había mantenido antes sus cuentas dentro de los límites de un derroche razonable y, si había sido consciente del trabajo que había detrás del dinero cuando se trataba nada más que del engendro de una dotada inteligencia, ¡cuánto más ahora que estaba a punto de poner en juego la mayor parte de su sustancia! Era algo importante para él.
Por supuesto, la inversión era buena y Ségouin se las había arreglado para dar la impresión de que era un favor de amigo que esa pizca de dinero irlandés se incluyera en el capital de la empresa. Jimmy sentía respeto por la viveza de su padre en asuntos de negocios y en este caso fue su padre el que primero sugirió la inversión; dinero en el negocio de automóviles, mucho dinero. Además, Ségouin tenía una inconfundible aura de riqueza. Jimmy procuró traducir en términos de horas de trabajo ese auto señorial en que iba sentado. Lo suave que andaba. ¡Con qué estilo habían corrido por las rutas del país! El viaje extendió su mágico dedo índice sobre el genuino pulso de la vida y con valentía la nerviosa maquinaria humana se esforzaba por estar a la altura de aquel veloz animal azul.
Bajaron por Dame Street. La calle estaba cargada con un tráfico inusual, ruidosa con las bocinas de los autos y los impacientes campanillazos de los tranvías. Ségouin estacionó cerca del banco y Jimmy y su amigo bajaron. Un pequeño núcleo de gente se reunió para rendir homenaje al auto que rugía. Los cuatro comerían juntos en el hotel de Ségouin esa noche y, mientras tanto, Jimmy y su amigo, que paraba en su casa, regresarían a vestirse. El auto dobló lentamente por Grafton Street mientras los dos jóvenes se desataban del nudo de espectadores. Caminaron rumbo al norte con un curioso sentimiento de decepción por el ejercicio, mientras la ciudad colgaba sobre ellos pálidos globos de luz en la neblina de la noche estival.
En la casa de Jimmy esta cena era toda una ocasión. Un cierto orgullo se mezclaba con el temor de los padres y una decidida disposición, también, a tirar la casa por la ventana, ya que los nombres de las grandes ciudades extranjeras tienen por lo menos esa virtud. Jimmy también lucía muy bien una vez que se había cambiado, y al pararse en el corredor, dando aprobación final al nudo de su corbata, su padre debió haberse sentido satisfecho, aun comercialmente hablando, por haber asegurado para su hijo cualidades que a menudo no se pueden adquirir. Su padre, por su parte, fue inusualmente cortés con Villona y en su actitud expresaba un verdadero respeto por los triunfos extranjeros; pero la sutileza del anfitrión probablemente se malgastó en el húngaro, quien empezaba a tener mucha hambre.
La comida fue excelente, exquisita. Ségouin, decidió Jimmy, tenía un gusto refinadísimo. La fiesta se agrandó con un joven inglés llamado Routh a quien Jimmy había visto con Ségouin en Cambridge. Los muchachos cenaron en una habitación muy agradable iluminada por lámparas eléctricas. Hablaron con ligereza y poca reserva. Jimmy, cuya imaginación estaba encendida, concibió la juventud vital de los franceses entrelazada con elegancia al firme marco de modales de un inglés. Una imagen con gracia, pensó, y justa. Admiraba la destreza con la que su anfitrión dirigía la conversación. Los cinco muchachos tenían gustos diferentes y se les había soltado la lengua. Villona, con inmenso respeto, comenzó a describirles a los ligeramente sorprendidos ingleses las bellezas del madrigal inglés, deplorando la pérdida de los instrumentos antiguos. Rivière, no sin cierto ingenio, se tomó el trabajo de explicarle a Jimmy el porqué del triunfo de los mecánicos franceses. La resonante voz del húngaro estaba a punto de poner en ridículo los espurios laúdes de los pintores románticos cuando Ségouin pastoreó al grupo hacia la política. Aquí había un suelo firme que congeniaba a todos. Jimmy, bajo notable influencia, sintió que el celo enterrado de su padre volvía a la vida dentro suyo: por fin logró despertar al aletargado Routh. El cuarto se caldeó por partida doble y la tarea de Ségouin se hacía más ardua a cada momento: había riesgo incluso de rencores personales. En una oportunidad, el anfitrión, alerta, levantó su copa para brindar por la Humanidad y cuando terminó el brindis abrió las ventanas significativamente.
Esa noche la ciudad lucía la máscara de una capital. Los cinco muchachos pasearon por Stephen’s Green en una aromática vaga nube de humos. Hablaron alto y alegremente, las capas colgándoles de los hombros. La gente se apartaba para dejarlos pasar. En la esquina de Grafton Street un hombre bajo y gordo embarcaba a dos mujeres en un auto manejado por otro gordo. El auto se alejó y el hombre bajo y gordo miró hacia el grupo.
—André.
—¡Pero si es Farley!
Siguió todo un caudal de conversación. Farley era americano. Nadie sabía bien de qué hablaban. Villona y Rivière eran los más ruidosos, pero todos estaban excitados. Se subieron a un auto, apretándose unos contra otros en medio de risotadas. Viajaban por entre la multitud, mezclados ahora entre colores suaves y una música de alegres campanitas de cristal. Tomaron el tren en Westland Row y en unos segundos, según le pareció a Jimmy, ya estaban saliendo de la estación de Kingstown. El guarda saludó a Jimmy; era un hombre viejo:
—¡Linda noche, señor!
Era una serena noche de verano; el puerto yacía como un espejo oscuro a sus pies. Se encaminaron hacia allá tomados del brazo, cantando Cadet Roussel1 a coro, pateando a cada: Ho! Ho! Hohé, vraiment!
Subieron a un bote en el espigón y remaron hasta el yate del americano. Había cena, música y cartas. Villona dijo, con convicción:
—¡Es una maravilla!
Había un piano en el camarote del yate. Villona tocó un vals para Farley y para Rivière, Farley haciendo de caballero y Rivière de dama. Después improvisaron una square dance, todos inventando las figuras originales. ¡Qué bien la pasaban! Jimmy quiso participar; esto era vivir la vida por fin. Fue entonces que a Farley le faltó aire y gritó: ¡Basta! Un camarero trajo una cena ligera y los jóvenes se sentaron a comerla por convención. Sin embargo, tomaban: era vino de Bohemia. Brindaron por Irlanda, Inglaterra, Francia, Hungría, los Estados Unidos. Jimmy hizo un discurso, un discurso largo, con Villona diciendo «¡Escuchen! ¡Escuchen!» a cada pausa. Hubo grandes aplausos cuando se sentó. Debe haber sido un buen discurso. Farley le palmeó la espalda y rieron a carcajadas. ¡Qué tipos divertidos! ¡Qué bien que se llevaban!
¡Cartas! ¡Cartas! Una mesa estaba desocupada. Villona volvió tranquilo a su piano y tocó a voluntad. Los otros jugaron juego tras juego, arrojándose con audacia a la aventura. Bebieron a la salud de la reina de corazones y de la reina de diamantes. Jimmy sintió oscuramente la falta de público: el ingenio brillaba. Jugaron fuerte y empezaban a pasar billetes de mano en mano. Jimmy no sabía exactamente quién iba ganando, pero sí que estaba perdiendo. Pero la culpa era suya, ya que a menudo confundía las cartas y los otros tenían que calcularle sus pagarés. Estaban endemoniados, pero le hubiera gustado que pararan: se hacía tarde. Alguien brindó por el yate The belle of Newport, y después alguien propuso un juego fuerte para terminar.
El piano había cesado; Villona debió de haber subido a cubierta. Era un juego terrible. Pararon justo antes del final para brindar por la buena suerte. Jimmy se dio cuenta de que el juego estaba entre Routh y Ségouin. ¡Qué ansiedad! Jimmy también estaba ansioso; él perdería, por supuesto. ¿Cuántos pagarés había firmado? Los hombres se pusieron de pie para las últimas bromas, hablando y gesticulando. Ganó Routh. El camarote tembló con los aplausos de los muchachos y levantaron las cartas. Después empezaron a juntar lo ganado. Farley y Jimmy eran los que más habían perdido.
Sabía que lo lamentaría a la mañana siguiente, pero en ese momento estaba feliz de descansar, feliz de ese oscuro estupor que cubría sus tonterías. Recostó los codos a la mesa y descansó la cabeza entre las manos, contando los latidos de sus sienes. La puerta del camarote se abrió y vio al húngaro de pie bajo un rayo de luz gris:
—¡Caballeros, amanece!
- Canción francesa infantil. ↩︎

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