Texto aleatorio

Aquel año, durante la temporada de verano, había yo llevado a la aldea al ilustre Ismael Margut. Se lo tenía ofrecido desde hacía bastante tiempo.

—Querido Margut: le tengo que llevar un verano a la aldea —decía yo.

—¡Oh! Iré con muchísimo gusto —respondía él estrujándome los dedos de una mano y enseñándome toda la dentadura, sistema con que las personas civilizadas demuestran su satisfacción.

Y añadía, invariablemente, resoplando, pues estaba muy grueso:

—Allá en la aldea encontraré asunto para una nueva novela…

Porque había olvidado advertir que Ismael Margut era novelista psicológico, y nadie ignora que los novelistas psicológicos consumen su existencia buscando asuntos para novelas y específicos para adelgazar.

Cuando Ismael Margut llegó a la aldea, iba lleno de ilusiones, de cuartillas y de datos equivocados. Por ejemplo: se extrañó mucho de que allí no hubiese ninguna librería.

—Entonces —me preguntó más desolado que la Siberia— mis novelas, ¿no se venden aquí?

—No, señor —me atreví a contestarle—. Aquí el centro del mercado pertenece a la manteca de vaca.

Abrió dos ojos como la Caja Postal.

—¡Dios mío! ¿Cómo se las arregla esta pobre gente para leer mis libros? —volvió a interrogar Ismael, para el que no existía nada en el mundo fuera de sus libros y de la ternera «a la polonesa».

No tuve valor para asegurarle que «aquella pobre gente» vivía muy a gusto sin leer sus novelas, y mentí con piedad de madre abadesa:

—Cuando quieren comprar sus libros, suben a Oviedo. No hay más que tres horas de tren.

—¡Oh, oh! —protestó Margut—. Tendré que hacer un artículo en mi periódico pidiendo al Gobierno que organice entre la capital y los pueblos de la provincia una línea de autobuses para la venta ambulante de novelas. Da pena que estos buenos aldeanos se vean obligados a subir a Oviedo para comprar mis libros. Es muy sensible…

Y vertió dos lágrimas que cayeron al suelo para, una vez allí, facilitar el desarrollo del heno.

Pero no debía ser aquélla la única desilusión que había de soportar el ilustre Ismael Margut. Observé que a las seis horas de llegar a la aldea se aburría como una cornucopia, y le llevé a la tertulia de la botica. En una habitación contigua al saloncito de despacho se reunían diariamente el boticario, el cura, el médico y veintiséis frascos de jarabes simples.

De camino hacia la botica, Ismael iba alegre y feliz; daba puntapiés a las piedrecitas que hallábamos al paso y tarareaba cuplés absolutamente reñidos con su seriedad literaria.

—¿Dice usted que el boticario es hombre aficionado a la lectura?

—Sí. Ha estado tres años suscrito a «La Gaceta del Apicultor».

—¡Ah! Muy bien, muy bien…

Y administraba un puntapié gigantesco a una piedrecita.

Por fin, no pudo callar más tiempo la idea que le rondaba el cerebro y se detuvo en seco:

—Dígame… ¿Y usted cree que el boticario habrá leído mis libros?

—¿Quién no, maestro? —le repuse para hacerle la vida agradable.

Pero el boticario no sólo no había leído sus libros, sino que cuando yo pronuncié el nombre del ilustre novelista, me oyó como quien oye un gargarismo.

—Muy señor mío… ¿Quiere usted acompañarme a jugar al tute? —fue todo lo que le dijo al estrecharle la mano.

Margut no sabía jugar al tute y sufrió bastante durante la velada.

Cuando Ismael se hubo convencido de que en la aldea era tan desconocido como monsieur Briand, se refugió en la idea de escribir una nueva novela y se lanzó a la caza a lazo del asunto. Pero el asunto, como esos pasadores del cuello que se nos caen en el momento álgido de nuestra toilette, no aparecía.

Yo veía a Ismael desesperarse sin poderle remediar aquella desesperación.

Pronto comenzó a vivir una vida incongruente y absurda, que me hacía pensar en la muerte como en una liberación, que dijo Mazarino.

Se acostaba de madrugada; se levantaba diez o doce veces durante la noche; me obligaba a mí a levantarme y, cuando habíamos andado un par de leguas por el campo, a la luz de la luna, decía:

—Volvamos a casa, amigo mío. No encuentro ese asunto, ¡no lo encuentro! ¡Oh! ¡No sabe usted lo que sufrimos los artistas en la concepción de nuestras obras!…

Y encendía un cigarro de mi petaca.

En la mesa y durante las comidas los malos ratos eran más intensos. Había decidido que lo único que excitaba su imaginación era la langosta con mayonesa, y me estaba francamente arruinando.

Alguna palabra mía, en la que iba encerrada una protesta, le hacía decir:

—¡Oh, querido amigo! Usted no escribe, usted no sabe lo que es esta terrible lucha por el hallazgo de un asunto…

Una tarde, el espectáculo de unos mozos que iban de romería, le obligó a exclamar:

—¿Ve usted? De ahí esperaba yo sacar un asunto, de estas costumbres ancestrales, sencillas y poéticas… ¡Y no lo encuentro, no lo encuentro! Pero, Dios mío, ¿dónde encontraría yo ese asunto?… Siempre he oído decir que en las aldeas había asuntos magníficos: la vieja que vive aislada en una cabaña y todos la tienen por bruja, que aparece por fin muerta misteriosamente en su chiribitil… El joven que se disputa con otro el amor de una muchacha, y de madrugada es hallado en la orilla de un riachuelo, ya frío y rígido… ¿No habrá aquí uno de esos asuntos? Usted ¿no conoce ninguno?

—Sí, señor —dije resueltamente—. Conozco uno.

—¿Uno? ¡Hable, hable, amigo mío!

—Se trata de un idiota que va a pasar una temporada con un amigo suyo… y que no le deja vivir a fuerza de decir y de hacer tonterías…

Margut me miraba con recelo.

—Un día —seguí yo— durante cierto paseo, el amigo comprende que todo aquello está durando demasiado. Y entonces concibe la idea del crimen. ¡Sí! Matará a aquel idiota y será feliz al cabo… Y el amigo saca un cuchillo de la vaina…

En el mismo instante me eché mano al bolsillo para sacar el pañuelo —juro que fue para sacar el pañuelo— y con gran sorpresa vi que Ismael Margut daba un grito gutural y escapaba corriendo desesperadamente.

Tomó el tren aquella misma noche.

Pero yo, realmente, ni me lo expliqué ni me lo explicaré nunca, pues acababa de proporcionarle un gran asunto de novela.


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