Texto aleatorio

Una tarde de febrero, «ella» se dejó olvidado su bolso en un banco de la estación del Metro del Príncipe de Vergara, y «él» se apoderó del bolso, porque los bolsos de las mujeres le atraían de singular manera. Y en el interior —de seda color azul góndola— encontró diecinueve tarjetas de visita.

En una de ellas leyó:

ASUNCION IRIGAY CEAS

Velázquez, 214

Las dieciocho tarjetas restantes decían lo mismo.

Al día siguiente devolvió el bolso a la señorita Asunción Irigaray Ceas, junto con una carta en la que cinco borradores consecutivos le permitieron contar lo ocurrido con bastante soltura, mezclando acertadísimos párrafos de galantería insoportable.

La respuesta de Asunción vino treinta horas después.

La señorita de Irigaray dedicaba a Mariano tonelada y media de frases amables, le agradecía en el alma el envío del bolso y le preguntaba cuál era su poeta preferido.

Esto último obligó a Mariano —que no conocía la labor de ningún poeta— a visitar a su amigo, el popular escritor Elías Ranch.

—Mira, Elías —le dijo—, vengo para que me digas cuál debe ser mi poeta preferido. Una señorita me lo pregunta y como yo no entiendo una palabra de literatura…

Elías advirtió a Mariano que Garcilaso era el poeta preferible.

Y Mariano pudo comunicar a la señorita de Irigaray que su poeta preferido era Garcilaso.

La muchacha replicó con otra carta hablándole de pintura. «¿Y a usted qué pintor le gusta más?», acababa diciendo.

Para poder opinar decentemente, Mariano se vio obligado a visitar a un pintor famoso que le ilustrara en la materia. Dos días después, visitaba a un músico por la misma causa, y luego a un escultor, y a un ingeniero de minas, y a un perito electricista, y a un vidriero, y a un encuadernador…

La correspondencia con la señorita de Irigaray comenzó a hacérsele penosa a Mariano. Era terrible la cantidad de conocimientos necesarios para dialogar con aquella muchacha.

Y para evitar semejante suplicio, para evitar esa lucha por la cultura, Mariano le declaró su amor a Asunción.

Entonces ya no se ocuparon ambos más que discutir cuándo y dónde y de qué forma debían celebrar su primera entrevista.

***

—¿Nos reunimos en una chocolatería? —indagaba Mariano en la carta decimosexta.

—No, no —respondía Asunción—. Nos vería la gente juntos y pensarían mal.

***

—¿Y por qué no en la calle? Para conocernos, yo llevaría un clavel en la solapa, y usted, zapatos de charol…

—Imposible. Los zapatos de charol no están de moda.

***

—¿En un partido de fútbol?

—Odio el fútbol.

***

—Tomaré un palco para un cinematógrafo y dejaré a usted el número del palco en la taquilla.

—Inaceptable, porque el cine estropea la vista.

***

—Podemos coger el correo de Barcelona y apearnos en la estación de Meco, que está siempre desierta.

—Jamás. El farmacéutico de Meco es amigo de casa.

***

—¿Y si nos apeamos en Torrejón de Ardoz?

—Medio Torrejón me conoce.

***

—¿Guadalajara?

—He vivido diez años y soy conocidísima.

***

—¿La conoce a usted alguien en las islas Hawai?

—Mucha gente. Mi padre es de allí.

Mariano pensaba ya en emigrar, cuando Asunción, con incongruencia encantadoramente femenina, le escribió:

—«Alquile usted un saloncito en una casa honorable y contando con que los dos somos personas dignas y con que debemos conocernos alguna vez personalmente, allí nos reuniremos. Pero es preciso que no se entere nadie, que no nos vean entrar ni salir. La fama de una muchacha soltera es frágil. ¡Por Dios, que no se entere nadie!».

Y Mariano se apresuró a buscar el saloncito. Lo alquiló en una calle aristocrática y solitaria. Además le aconsejó a Asunción:

—«Nuestras visitas deben ser de madrugada, que es la hora más discreta. Usted puede salir sigilosamente de su casa y reunirse conmigo sin ser vista. La espero el martes en un taxi en la esquina de la calle Uzcudum. ¡Quiera Dios que sea usted la mujer ideal con que yo sueño para esposa!»

***

El martes de madrugada, Mariano esperaba, en la esquina de la calle Uzcudum, encerrado en un taxi.

A las catorce pesetas y ochenta céntimos llegó Asunción. Una mano enguantada que abre la portezuela, una oleada de perfume:

—¡Usted, Asunción!

—¡Usted, Mariano!

Y los dos cayeron hacia atrás, porque el auto arrancó bruscamente.

—Esperaba con ansia este momento —dijo Mariano, que no era un hombre demasiado original.

—Yo también —susurró ella.

—En estos instantes me siento completamente feliz.

—Yo, también.

—Querría que nuestra mutua dicha fuese eterna.

—Yo, también.

—Estoy emocionadísimo y me he venido sin corbata.

—Yo, también.

Mariano comprendió que el diálogo resultaba algo monótono, pero se sentía sin fuerzas para enderezarlo, como esos comediógrafos que sufren en la busca y captura de un rasgo de ingenio al través de treinta cuartillas de réplicas.

El auto filaba velozmente. Asunción emitió asustada:

—¿No se enterará nadie?

—No.

—¡Por Dios, que no se entere nadie! He dejado a mis padres dormidos.

—¿Dormidos?

—Sí. Como he salido de casa a las tres de la madrugada…

—Claro…, claro… ¿Sus papas se acuestan temprano?

—Sí. A las once en punto.

—Y madrugarán, naturalmente…

—Sí, madrugan. Mi padre usa dentadura postiza. ¡Ya!

No podía decirse que aquello tuviese mucho interés novelesco ni amoroso. De súbito el coche quedó inmóvil.

—Hemos llegado —anunció Mariano innecesariamente.

—¡Que no se entere nadie, por Dios! —aulló Asunción todavía, antes de apearse.

—Descuide, descuide.

Mariano pagó rápidamente, ambos cruzaron la acera y quedaron inmóviles ante el sereno que se ocupaba de abrirles el portal.

—¡Virgen Santa! ¡El sereno!

Tápese el rostro con el cuello del abrigo…

Unas breves palabras, una cerilla encendida y el sereno que cerró el portal tras ellos. Al quedar solos, Mariano creyó desmayarse.

—¿Qué le ocurre a usted? —inquirió Asunción.

—Este portal —anunció él con espanto— no es el nuestro.

—¿Qué?

—Como las dos casas son iguales y yo no he venido más que tres veces, nos hemos equivocado. Ésta casa es la número 9 yo he alquilado el saloncito en la número 7.

Hubo un silencio que Esquilo hubiese envidiado para una de sus tragedias. Mariano intentó abrir la puerta con su llave; no entraba. Llamó con voz suave por el agujero de la cerradura:

—Serenoooo…

Luego vociferó:

—¡¡Sereno!!

—¡Chist! ¡Calle! —suplicó Asunción—. ¡Van a oírle!

—¿Y si no me oyen para qué quiero llamar?

Entonces Asunción se sentó en el suelo y lloró. Mariano se paseaba en la oscuridad y se pegó tres veces contra el arranque del barandado de la escalera. Después gimió seis «¡Madre mía!», y Asunción intercaló su frase predilecta:

—¡Por Dios, que no se entere nadie!

Cerca de ellos se abrió una puerta y una dama, teñida de modo imperfecto, les abordó.

—No podemos salir a la calle —explicó Mariano.

—Pues no salgan ustedes, criaturas. ¡Quédense en casa! ¿Dónde se está mejor que en el hogar?

Y desapareció.

Pero la puerta de enfrente expulsó al portal a un caballero grueso.

—Éstas no son horas de dar voces por las escaleras —advirtió.

—Es que no podemos salir…

—¡Ah! Yo no tengo llave del portal; pero llamaré al sereno.

Y durante media hora aulló por la cerradura y golpeó la puerta de la calle con pies y manos.

Cinco vecinos más surgieron en su auxilio. Entonces se descubrió que el sereno se había dejado la llave puesta por fuera y que la salida era imposible.

Acudieron otros ocho vecinos, provistos de extraños objetos, con los que pegaron rudamente en la puerta. Los alaridos llamando al sereno se oían en todo el barrio.

—Debe de estar en la taberna.

—Llamaremos desde un balcón.

Cuatro hombres de buena voluntad se reintegraron a sus casas para seguir gritando desde los balcones.

Los del portal charlaban con animación.

—Yo protejo a todos los enamorados —declaraba el señor grueso.

A las cuatro y media el sereno abrió la puerta. Se le hizo una ovación entusiasta. Luego se le explicó lo ocurrido.

—Entonces —le dijo a Mariano— usted es el caballero que ha alquilado una habitación en el 7…

Y mirando a Asunción agregó:

—¡Hum! No hay como Madrid para ver líos gordos…

La comitiva se puso en marcha hacia el 7. Todos los vecinos del 9 despidieron a Mariano y a Asunción amablemente y le desearon felicidad más completa. El sereno les dio otra cerilla y también hizo votos por su dicha.

Pero nuestros amigos se suicidaron de vergüenza aquella misma noche.


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