Texto aleatorio

«Mis amigos estaban tan borrachos que iban dando vivas al maestro Alonso.

Mis amigos eran ocho o nueve; puede que fuesen menos, tres o cuatro; pero no estoy muy seguro, pues no sé qué extraños fenómenos se verificaban en mis pupilas que una vez me parecía que mis amigos eran siete, otras que eran catorce y otras que no eran más que dos. Anticiparé que, sin embargo, yo no estaba borracho; soy una persona seria que no bebe más que agua de Mondáriz y, alguna vez, vitriolo. Pero sólo alguna vez, y de tarde en tarde.

Habíamos recorrido varios cabarets, esos sitios tan aburridos, y todos nos tambaleábamos, acaso por culpa de la mala pavimentación. De vez en cuando, al encontrar bajo nuestros pies un adoquín a medio levantar, todos tropezábamos con tales ímpetus, que hubo calle que la recorrimos en vuelo planeado.

Entonces solía suceder que aterrizábamos de cabeza entrando no se sabía por dónde en un nuevo cabaret, del que nos echaban al poco rato dando muchas voces y dirigiéndonos unas palabras que nosotros, por fortuna para los que las pronunciaban, no comprendíamos bien.

Recuerdo, no obstante, que un transeúnte se detuvo para mirarnos y exclamar con voz cavernosa:

—¡Qué asco! ¡Vaya un espectáculo el de la juventud de hoy!

Y recuerdo también que aquellas santas y morales palabras excitaron en mí el deseo de llorar, y que lloré con abundancia.

—¿Qué le pasa a ése? —dijo uno de mis compañeros.

—Llora —contestó otro.

—Pero ¿por qué llora?

—Porque tiene gana —fue la respuesta.

—¡Ah! Entonces…

Y sin hacerme caso, volvieron a su tarea de dar vivas.

Recorrimos más calles; entramos en más cabarets de los que nos echaban con la misma prisa de siempre; varios transeúntes nos apostrofaron de nuevo; y torné a llorar y mis compañeros a interesarse por mi llanto y a vitorear nuevamente. Fue entonces cuando en el grupo sonaron varios bostezos. Nos aburríamos como palmeras africanas.

Eran las tres de la madrugada del 5 al 6 de enero de no recuerdo qué año».

***

«Le doy a usted todos estos detalles, señor juez de guardia, porque soy el único que no está borracho y me encuentro en la obligación de defenderme y defender a mis compañeros. Nosotros, señor juez de guardia, no somos unos ciudadanos inmorales ni pretendemos ir contra las malas costumbres. Nosotros somos unas víctimas de la tradición popular.

Óigame usted hasta el final, señor juez».

***

«He dicho que a las tres de la madrugada nos aburríamos. Esto le ocurre a todo aquel que se decide a correr una juerga en España o liebres en Escocia.

Al tiempo en que iba ya a darse la orden de disolverse el grupo, alguien dijo:

—Propongo que vayamos a recibir a los tres Reyes Magos.

Y la proposición fue aceptada con el mayor entusiasmo.

La tradición ha hecho que recibir a los Reyes Magos, asistir al sepelio de la sardina y jugar a la lotería de cartones sean tres fiestas típicas, y mis amigos y yo estimamos extraordinariamente todo lo que es tradicional. Antiguamente se iba a recibir a los Reyes Magos con escaleras, faroles, bandas de música y otros excesos. Hoy esta fiesta se halla tan decaída como un enfermo grave, y si alguien va aún a recibir a los tres generosos monarcas de Oriente es prescindiendo de las escaleras, de las músicas y de los faroles. Nosotros no llevábamos músicas ni escaleras, tampoco llevábamos faroles, pero íbamos intensamente alumbrados.

—Nos dirigimos —como todo el mundo hace en estos casos— a las afueras de la capital. En realidad si los tres Reyes Magos iban a entrar en la ciudad por algún sitio, el sitio tenía que ser aquél.

Caminábamos entre risas y bromas. Nadie debe ofenderse si declaro que nosotros no creíamos absolutamente que los tres Reyes Magos llegaran. El más joven de la pandilla tenía treinta años, dos meses y un día (una cadena perpetua) y al cumplir esa edad los regios portadores de juguetes se han olvidado de uno lo bastante para que la desconfianza y la incredulidad nos opriman el pecho.

Hacía rato que habíamos dejado atrás Madrid y enfilábamos ya la carretera desierta que lleva a Burgos por Aranda de Duero.

—Supongo que encontraremos a los Reyes —dijo uno— en las proximidades de Buitrago.

—Y tú ¿qué les vas a pedir?

—Les voy a pedir un kilométrico para volver en tren.

—Yo les pediré la mano de una de sus hijas, que deben ser unas muchachas muy bien educadas y tendrán acciones de la Telefónica.

—Pues yo les voy a pedir lumbre, porque se me han acabado las cerillas.

Éstos eran nuestros comentarios cuando de manos a boca nos topamos en medio de la carretera con tres hombres.

—¡Alto! —dijo uno de ellos, autoritario.

Nos detuvimos.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó mi amigo Peporro Menéndez.

—Somos los Reyes Magos.

—Nos quedamos todos de piedra pómez».

***

«—Ésta es la verdad de todo lo ocurrido, señor juez de guardia.

Como también son verdad estas otras cosas: primera, que aquellos Reyes Magos llevaban gorras con viseras y bufandas; segunda, que también llevaban pistolas: tercera, que apuntándonos con sus pistolas nos obligaron a despojarnos de nuestros trajes en medio de la carretera; cuarta, que cuando les hubimos obedecido echaron a correr con las ropas camino de Oriente; y quinta, que no han regresado todavía. Por esta causa, señor juez de guardia, hemos aparecido mis amigos y yo, a las cuatro de la mañana y en camiseta en la carretera de Madrid a Burgos por Aranda de Duero. Pero nosotros, señor juez de guardia, no queremos ir contras las malas costumbres y…».

***

Mis compañeros me felicitaron en voz baja, pues gracias a mí, íbamos a ser puestos en libertad. Pero nuestra alegría duró poco.

—Señores: la verdad es —dijo el juez— que a las cuatro de la mañana estaban ustedes en camiseta en la carretera de Madrid a Burgos por Aranda de Duero. Usted dice que ninguno de ustedes quiere ir contra las malas costumbres… ¿Y han pensado ustedes, señores, si no será una mala costumbre esa de salir a las afueras a recibir a los Reyes Magos?

Hizo un gesto y entraron dos guardias.

Pasamos la noche en el calabozo.


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