Pocos seres han existido en el mundo con más condiciones personales para contar historias que Pontricacio Contricanis, hermano menor de mi padre, viajero incansable, hombre cultísimo, provisto de una sagaz filosofía, dotado de una memoria asombrosa —idéntica para los grandes hechos que para los pequeños detalles— y supercapacitado para exponer el tema, graduar el interés de la narración y ocultar, hasta el momento crítico, el desenlace.
Pocos. Pocos seres han existido en el mundo con más condiciones personales para contar historias que el hermano menor de mi padre, Pontricacio Contricanis.
¡Lástima que fuese mudo de nacimiento!
Porque mi tío Contricanis era mudo de nacimiento, y nunca, por más esfuerzo que hizo, logró hablar.
Esto tampoco impidió, sin embargo, que Pontricacio adquiriera fama casi mundial de narrador, pues, aunque no pronunció jamás ni una sílaba, contaba sus historias por medio de gestos: y verle era igual que oírle, con la ventaja a favor de que ni hacía ruido al contar ni para contar necesitaba silencio a su alrededor, cual es lo común en los oradores, sino que lo mismo nos refería sus historias en el palco proscenio de un teatro durante la representación de un melodrama de padres e hijos, que en medio del tumulto de una huelga general, que mientras se desarrollaba la batalla del Somme.
Las historias que solía contar Contricanis eran tan interesantes y tan inesperadas que pronto caí en la cuenta de que «podían cobrarse»; esto es: que, convenientemente trasladadas al papel, servían para presumir de escritor y para cumplir con más de un compromiso editorial. En consecuencia, a partir del día en que vi claro el asunto, contraté a un taquígrafo, le hice creer que era un perro «setter» para que me siguiese a todas partes sin protesta, y, cada vez que Pontricacio Contricanis se aprestaba a referirme uno de sus relatos ponía en marcha al taquígrafo y éste tomaba ce por be todos los gestos de Pontricacio: es decir, taquigrafiaba la historia correspondiente.
Entre los centenares de narraciones de mi tío que guardo cuidadosamente, hoy elijo nueve de las más características y las doy a la imprenta, como he apuntado más atrás, para cumplir un compromiso editorial.
Claro que es un poco desvergonzado por mi parte cobrar un trabajo cuyo esfuerzo corresponde a mi tío y al taquígrafo por partes iguales. Pero mi tío murió hace siete años en un choque de triciclos en Copenhague y por lo que afecta al taquígrafo, como está convencido de que es un perro «setter», con un hueso de cordero cumplo.
La primera historia que me «accionó» mi tío Contricanis cierta noche, en Palma de Mallorca, es como sigue:
—Figúrate, hijo, que mi alma flotaba en las nubes compactas del tedio cuando se me ocurrió penetrar en aquel café. Era un café elegante y con ello está dicho que era un café irresistible y altamente incómodo, porque un café elegante se diferencia de un café no elegante en que en el último puede uno permanecer a gusto varias horas por peseta y pico de gasto, mientras que en el primero hay que hacer un gasto mínimo de dos duros, y se está tan a disgusto que nadie se lanza a resistir en él más de diez minutos.
Había poca gente. Atravesé el local y me dirigí a un camarero en busca de informes esenciales:
—Tenga usted la bondad, ¿desde qué mesa se oye mejor la orquesta?
—Desde aquella del extremo derecho, caballero.
—Bien. Muchas gracias.
Y fui a sentarme, naturalmente, en una mesa del extremo izquierdo; porque yo soy capaz de acudir a un concierto a tomar café, pero soy incapaz de meterme en un café a oír un concierto. Opino que la música es buena para los sordos y para los que desean dormirse pronto; pero no concibo que se toque para ser oída por nadie, a excepción de los músicos, que necesitan oiría para copiarla.
Otro camarero se me acercó solícito con una pregunta caprichosa extendida por el bigote:
—¿El señor?
Cogí el listín de precios y le señalé una cosa escrita en inglés mientras le ordenaba:
—Tráigame esto.
Hora y media después el camarero volvió rápidamente portando una bandeja con la cosa escrita en inglés en el listín de precios. Resultó que la cosa escrita en inglés era café con leche… Como el café no tenía color de café ni la leche color de leche, sospeché al punto que la leche no era leche y que el café no era café, por lo cual resolví no tomar ni café ni leche. Me limité a tomarme el azúcar mojado en agua.
Después de comerme el azúcar me quedé meditando en lo efímero de los goces terrenos. Pero cuando todavía no había llegado a formarme una opinión bien concreta acerca de ello, se sentó en la mesa de al lado, una dama recién venida.
Tenía la elegancia de los ciervos jóvenes y era rubia como una mujer rubia. Sus ojos, aparte de rimmel, no tenían nada de particular; pero la dama me fue simpática en el acto porque se sentó encima de mi sombrero y no me pidió perdón. Se limitó a decir, cogiendo el ultrajado frégoli:
—¡Lo he hecho un higo!
Yo dije:
—Así está más bonito.
Ella repuso:
—Peso sesenta kilos.
Y yo exclamé:
—Pues para sesenta kilos se ha enfadado poco.
—Es que antes de comer peso kilo y cuarto menos.
Desde ese momento la conversación continuó sin desmayos. Pronto llegamos al período de las confesiones.
—Mi padre se llamaba Edelmiro.
—Sí, señora; hay padres imposibles. El mío se bebía el láudano a chorro y se murió un año antes de lo que esperábamos.
—En cambio —advirtió ella— mi madre era ciega.
—¿De qué ojo?
—De los dos.
—¡Qué exageración! ¿Y cómo fue el hacerse usted ese traje morado?
—En recuerdo de mi marido, que era farmacéutico. ¿Usted no ha tenido ningún marido farmacéutico?
—No. Yo soy soltero.
—Pues tiene usted cara de no haberse casado.
—No obstante, a pesar de ello no me he casado.
—¡Ya ve usted! Para que luego digan que la cara es el espejo del alma…
—Sí. Es un lío.
Hubo una pausa, lo cual seguramente lamenta el lector, pues la conversación prometía. Y la dama, de pronto, me dio su bolso.
—Tome usted —me dijo—. Regístrelo…
—Pero…
—Regístrelo. Es una prueba de confianza.
—Sólo como prueba de confianza lo registraré minuciosamente.
Y lo registré. Entonces ella murmuró:
—No sé… Pero tengo la idea de que es usted un hombre poco poético.
—¿Por qué sospecha usted eso de mí?
—Yo sólo me enamoraría de un poeta.
—Le aseguro a usted, señora, que soy poeta de cuerpo entero. ¿Quiere usted que le componga unos versos describiendo, por ejemplo, las cosas que hay dentro del bolso?
—¡Oh, sí, sí! —palmoteo ella con entusiasmo.
En vista de lo cual, yo escribí la siguiente composición:
EL BOLSO
De piel de cocodrilo
por la parte de afuera;
de seda, color Nilo
por la parte de dentro;
y tiene un espejo en el centro
y junto al espejo tiene una polvera.
Un tubito que lleva encerrado
el perfume de una esencia suprema
y cuatro butacas para ir a un cinema
del febrero pasado.
Junto a un lapicero muy delgado y fino,
rodeada de un marco de satén,
una foto preciosa de «Rudolph» Valentino
hecha cuando tenía el apéndice bien.
Una caja de «rimmel» provista de un cepillo;
rojo para los labios para un caso de apuro.
Una medalla vieja llena de cardenillo
y un bolsillo de tela que encierra un solo duro.
Una tarjeta de visita.
«Juana Menéndez. Calle de Hita,
número 7, principal»,
(las señas de una sombrerera)
y una vista de Orense desde la carretera
y una muestra de lana para un chal.
Retratos. Más retratos. Un último retrato.
Un sello de correos de la China.
Y una cajita de bicarbonato
en cuya tapa dice, «Cocaína».
Al acabar, la dama se entusiasmó.
—¡Precioso! ¡Precioso! Pero se le ha olvidado a usted en la descripción, poner una cosa que también llevo en el bolso: dos billetes de cien pesetas.
—No hay tal cosa en el bolso —repuse.
—¿Eh?
Le abrió, miró, rebuscó; y no encontró las doscientas pesetas.
—¡Pero, Dios mío! —exclamó estupefacta.
Y antes de que ella saliese de su estupor, salí yo del café y tomé un taxi en marcha.
Por ésta y por otras razones, hijo mío —concluyó diciendo mi tío Contricanis—, es por lo que yo he aconsejado siempre que se desconfíe de los poetas líricos.
Algún tiempo después, mi tío Pontricacio me «accionó» una historia palaciega de reyes, príncipes y princesas, que taquigrafiada por mi «setter»; era como sigue:
El príncipe Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney, señor del condado de Derwick y del señorío de Westmenden, duque de Night y marqués del Worth, caballero de la orden de los Vikings de Escocia; Gran Cruz de Lörings, Comendador de Crosway y general del Cuerpo de Lanceros del Águila Verde, bajaba lentamente la escalinata del palacio de su Rey con el mismo gesto de aburrimiento con que una mecanógrafa de Hacienda bajaría la escalera de su oficina.
El príncipe Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney tenía veinticinco años y un alma romántica. Esto último podía acaso explicarse advirtiendo que su niñez y gran parte de su adolescencia habían transcurrido en Escocia. El bacalao ha dado a Escocia una fama un poco odiosa y excesivamente salada. Sin embargo Escocia es un país muy dulce, y el hombre que ha leído una estrofa de Byron a la orilla de un lago escocés se convierte fatalmente, en un romántico o en un reumático. El príncipe Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney, había elegido el primer esdrújulo, y era un romántico extraordinario.
Mientras bajaba la escalinata, el príncipe Alberto Leopoldo Juan Mariano de Cortherney se alisaba con dos dedos de la mano derecha un bigotito negro que lucía precisamente encima de su labio superior. Vestía un sencillo frac; su solapa izquierda iba adornada con una sencilla gardenia; fumaba un sencillo cigarrillo, y, con toda sencillez, iba manchando el sencillo suelo de sencilla ceniza de tabaco. Segundos después los manchaba con una sencilla colilla. Y es que el príncipe Alberto Leopoldo Juan Ramiro de Cortherney era muy sencillo en todo.
Arriba, en los refulgentes salones, se celebraba una gran recepción en honor de la princesa Ana Cecilia Margarita Beatriz María Teresa Eladia de Rostwood y Lurmenheilter, condesa de Greetwen y señora de las villas de Burphingham, de Leith y de Meschner.
La llegada de la princesa se debía a una combinación político-nupcial del Consejo de ministros y del Rey. Y esta combinación estribaba en casar a los dos príncipes: cosa que, por otro lado, es de una vulgaridad verdaderamente novelesca.
Pero ¿se habían gustado ambos príncipes en aquella primera entrevista? Aclaremos este importante punto antes de que Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney acabe de bajar la escalinata del palacio.
Todos los cortesanos murmuraban sobre lo sucedido.
El príncipe Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney había sido muy del agrado de la princesa Ana Cecilia Margarita Beatriz María Teresa Eladia de Rostwood y Lurmenheilter, pero la princesa Ana Cecilia Margarita Beatriz María Teresa Eladia de Rostwood y Lurmenheilter no había sido del agrado del príncipe Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney. Cuantas personas se hallaban al lado de los príncipes en el momento de la presentación, pudieron oír distintamente las sendas frases que pronunciaron al concluir ambos su primer baile.
La princesa Ana Cecilia Margarita Beatriz María Teresa Eladia de Rostwood y Lurmenheilter exclamó, mientras se apoyaba en el brazo de la condesa Evelia de Leicompton, y refiriéndose al príncipe:
—¡Oh! ¡Qué hermoso!
Y el príncipe Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney susurró, mientras se apoyaba en el hombro del barón Lewis Shering primo hermano de la «aspirina», y señalando a la princesa:
—Barón de mi alma… ¡es una birria!
Reconozcamos, sin embargo, que los dos tenían razón.
El príncipe era un hombre todo lo hermoso que el género masculino le permite ser a sus representantes, sin suscitar comentarios a su paso; y la princesa —¡qué doloroso me resulta declararlo!— era todo lo fea que tiene derecho a ser una bruja de la peor especie.
No los describiré, porque les cedo con gusto tal labor a los novelistas descriptivos que para eso son descriptivos y para eso son novelistas. Los lectores pueden imaginarse una muchacha muy fea y un joven muy hermoso y ellos y yo nos quedaremos más tranquilos.
Después de trasmitirle la observación ya apuntada a su amigo, el barón Lewis Shering primo de la «aspirina», el príncipe Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney abandonó furtivamente el salón de los capiteles y cruzando estancias, salones y cámaras, llegó hasta el rellano de la escalinata central. Estaba tan desilusionado y tedioso como lo habría estado un emperador romano en el momento de advertir que las fieras del circo en lugar de merendarse a los cristianos, se disponían a tomar vermouth en su compañía.
Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney se detuvo en el rellano y como tenía ansia de seguir fumando y el cigarrillo que tirara poco antes fuese el último de su pitillera, le pidió un cigarrillo a un soldado que estaba allí presentando armas. El soldado, agitado por la emoción, se apresuró a sacar un paquete de cigarrillos, y, junto con el fusil, se lo presentó a su príncipe.
El tedio y la desilusión de Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney estaban justificados, y cualquier joven que se hallase prometido en matrimonio como él lo estaba, habría sufrido la misma desilusión y sentiría igual tedio que el príncipe al considerar lo fea de su prometida.
Tal era la situación de ánimo de Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney mientras bajaba la escalinata y a nadie le extrañará, por lo tanto, que fuese acariciándose el bigote, que tropezara en algunos escalones y que, de vez en cuando, susurrase a media voz conceptos tan vulgares como éstos:
—No… Pues a mí a la fuerza no me casan…
—Si la princesa quiere un marido, que se lo busque en las islas Sándwich.
—No hay más razón de Estado que mí corazón…
—Yo no he nacido para hacer el ridículo…
Y otras muchas frases que no transmito a los lectores por falta material de tiempo.
Después… El príncipe se detuvo y fumó largo rato pensativo y ensimismado. ¿Acaso buscaba soluciones a sus últimos conflictos? ¿Acaso dejaba vagar su imaginación por las regiones azulosas del ensueño, como escriben los cronistas de provincias? Nunca se ha sabido con certeza.
Mas sí se ha sabido que, de pronto, el príncipe Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney reaccionó, se arrodilló en el peldaño tercero de la escalinata, y volvió a ponerse de pie examinando un objeto que acababa de recoger de la alfombra.
El objeto era un zapato femenino. Un zapatito del número treinta y dos.
Un príncipe prometido en matrimonio…
Una recepción en Palacio…
Una princesa que encuentra al príncipe muy hermoso…
El príncipe que huye del baile aburrido…
Y el príncipe que, al bajar la escalinata, encuentra un zapato de mujer, un zapatito chiquitín, chiquitín, casi inverosímil…
¿No ha pensado el lector en que aquel zapato sólo podía pertenecer a la «Cenicienta»?
Pues bien, señores, eso mismo pensó el príncipe Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney al recoger del suelo el zapatito. El cual era primoroso, estaba constelado de brillantes y tenía en el escote una perla tan pura y transparente como una gota de benzol. La perla ostentaba un oriente deslumbrador y un occidente magnífico.
Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney volvió a arrojar al suelo el cigarrillo, con lo cual consiguió dos cosas: contemplar a su gusto el zapatito y quemar la alfombra.
Y la tradición pudo tanto en su ánimo, que, después de imaginarse el lindísimo pie a que debía pertenecer aquel zapato, se dijo convencido:
—No me casaré nunca sino con la encantadora criatura a quien pertenezca esta joya.
Y con su firme resolución tomada, el príncipe Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney subió nuevamente la escalinata y entró en los salones dispuesto a averiguar quién era la dueña del zapatito del número treinta y dos.
Al pasar por el rellano, el soldado, que era un alma ingenua, le ofreció otra vez su paquete de cigarrillos, pero el príncipe no reparó en el gesto de aquel fiel servidor.
Quien reparó fue el «mayor» Edgar Mac Avendish, allí presente, el cual se apresuró a ordenar el encierro del soldado en un castillo de la costa por haber tenido la osadía de dirigirse al príncipe con un paquete de cigarrillos en la mano. Y años después, cuando la revolución asoló el reino, el soldado, hallado preso en el castillo por las turbas, fue nombrado jefe de la rebelión por su clara conducta antidinástica, lo que, a su vez, le valió el ser pasado por las armas cuando tiempo más tarde, sobrevino la restauración. Él, por su parte, murió sin conocer exactamente sus ideas políticas.
Ya adivinaréis…
El zapatito del número treinta y dos, con cuya dueña había decidido casarse Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney, pertenecía a la princesa Ana Cecilia Margarita Beatriz María Teresa Eladia de Rostwood y Ludmenheilter.
Al saberlo, el príncipe no se desmayó, ni determinó casarse con la princesa, ni la puso él mismo el zapatito perdido, como en la «Cenicienta».
Lo que hizo el príncipe fue repugnante, pero un historiador fiel no puede ocultar nada.
El príncipe Alberto Leopoldo Mariano Juan Ramiro de Cortherney, señor del condado de Derwick y del señorío de Westmenden, duque de Nigth y marqués del Worth, caballero de la orden de los Vikings de Escocia, Gran Cruz de Lörings, Comendador de Crosway y General del Cuerpo de Lanceros del Águila Verde, se guardó el zapatito en el bolsillo del frac y lo mandó empeñar al día siguiente.
Y se compró un automóvil pintado de amarillo, querido —concluyó mi tío.
Ocho días después, y cuando todavía el taquígrafo y yo nos hallábamos bajo la impresión de la historia del príncipe Alberto, etcétera, mi tío Contricanis nos «accionó» esta otra, todavía más desconcertante:
—«Desengáñese usted —me dijo mi vecino de habitación en la fonda—, los anarquistas, los nihilistas, si quieren desempeñar bien su oficio, deben prescindir de tener padre».
Al oír aquella singular declaración, quedé tres cuartos de hora con la boca abierta.
—¿Dice usted? —pude articular al fin.
—«Digo y sostengo que el anarquista de acción, el hombre que cree que la salvación del mundo se logra friccionando a la Humanidad con dinamita, ese hombre, para llevar a cabo sus proyectos, necesita no tener padre».
Volví a quedar con la boca abierta, y, sin duda, para cerrármela, mi amigo me disparó esta pregunta:
—«¿Conoce usted la historia de Ivan Ivanovich?»
—No, señor. Sólo conozco la historia de Modesto Lafuente —repuse.
—«Pues oiga usted la terrible historia de Ivan Ivanovich, señor Contricanis».
Y mi compañero de habitación me contó lo que sigue:
«Fue en la época del nihilismo ruso, en que, como usted sabe, la dinamita estaba a la orden del día en todo el vasto Imperio de los Zares».
«Rara era la mañana en que no oían los habitantes de las grandes ciudades moscovitas la explosión de una bomba. Estos aparatos infernales se colocaban en sitios insospechados: en los auriculares de los teléfonos, en las cafeteras metálicas, donde yacen los microbios del café, en las papeleras públicas, en el interior de los puños de los paraguas, en las latas de caviar. La habilidad de los nihilistas llegó incluso a meterles bombas en los bolsillos a los transeúntes, y cuando subían a un tranvía o cuando se encontraban con un amigo que les abrazaba demasiado fuerte, la bomba explotaba, sembrando muertos y clavos viejos… Era espantoso».
«Ivan Ivanovich, joven estudiante de Leyes, se caracterizaba porque tenía ideas conservadoras y porque no había conseguido madrugar ni una vez en su vida. Pero por aquella época a los nihilistas les dio la manía de poner diariamente una bomba en cierto jardín situado a pocos metros de la casa de Ivan: esta bomba diaria explotaba indefectiblemente a las seis de la mañana. Y ocurrió que…».
«La explosión despertaba a Ivan; éste se levantaba y se iba a su trabajo, y a los quince meses de verificarse el fenómeno, Ivan, cuya existencia se hundía antes en la pereza, comenzó a prosperar y a tener ruidosos éxitos universitarios».
—«Todo se lo debo —decía él de vez en cuando— a los nihilistas. El día que dejen de poner esa bomba que me hace levantar temprano, volveré a la vida estúpida y ruinosa que antes llevaba».
«Pero la bomba diaria siguió estallando todas las mañanas, a las seis en punto, e Ivan Ivanovich continuó levantándose y pudo acabar la carrera, y luego ganar una cátedra, porque era el estudiante más madrugador de Rusia».
«Fue entonces cuando, para pagar su deuda de gratitud a los nihilistas, decidió hacerse nihilista él mismo. Y como todo hombre que se hace nihilista, lo primero en que pensó fue en poner una bomba y en no volver a trabajar más».
«Fabricó una bomba absolutamente perfecta, le aplicó cinco inyecciones monstruosas de nitroglicerina y aprovechando un viejo despertador de su tía Katia, cuyo timbre estaba roto desde el día de la entrevista de Napoleón en Tilsitt, proveyó a la bomba de un magnífico aparato de relojería».
«Después consumió un par de semanas en elegir su víctima».
«La verdad es que a él le daba igual que muriera uno u otro. ¿El gran Duque Mauricio? ¿El promotor Trasipoff? ¿El príncipe Salischovitz? ¿El mayor Raskin? Le tenía sin cuidado cualquiera de ellos. Y determinó dedicarle la bomba al gran Duque Mauricio, porque era bizco y a él siempre le habían molestado los bizcos».
«Estudió las costumbres del gran Duque, y no tardó en averiguar que todas las tardes el gran Duque Mauricio se sentaba en el mismo banco del mismo jardín a dar de comer a los gorriones de Ucrania. Allí permanecía de cinco a cinco y cuarto, y luego se alejaba, seguido de su ayudante, que se llamaba Musia, como todos los ayudantes de los grandes Duques».
—«¡Mañana! —se dijo con feroz júbilo Ivan Ivanovich—. Mañana habrá sonado tu última hora en el despertador de mi tía Katia. Y caerás tú y también caerán algunos gorriones de Ucrania, que podré comerlos fritos».
«Y se sintió feliz y con el alma más suciamente nihilista que nunca».
«Al otro día, no bien le despertó la explosión cotidiana de la bomba, se levantó para colocar la suya. Puso el aparato de relojería en las cinco y diez, y ya seguro de que a las cinco y diez el gran Duque se haría trizas junto con varios gorriones de Ucrania, dejó la bomba debajo del banco preferido por el gran Duque Mauricio».
«A las cuatro y media de la tarde se apostó a observar en otro extremo del jardín».
«Su corazón galopaba con la furia y la rapidez de una troica tirada por tres caballos, pues si no, no sería troica. Para darse ánimo se dijo en voz baja:»
—«¡Los nihilistas no tenemos entrañas!».
«Eran las cinco y cinco y no tardaría ya en aparecer el gran Duque».
—«¡Infeliz! No sabe que camina hacia la muerte… —pensó estremeciéndose Ivan Ivanovich».
«Pero el gran Duque no caminaba hacia ningún sitio. A las cinco y cinco el banco predilecto seguía desocupado».
—«Eso va a estallar inútilmente —se dijo Ivan».
«Más no había acabado de decirlo, cuando un hombrecito de gris se sentó en el banco fatal a leer un periódico. Ivan Ivanovich le reconoció al punto:»
—«¡Mi padre! —gritó».
«Eran las cinco y ocho minutos».
«En aquel momento el gran Duque, acompañado de varios oficiales se dirigía al banco deprisa como si fuera a cobrar un cheque».
«Ivan se retorció los dedos, se arrancó tres botones del abrigo, luchó, dudó y —por fin— emprendió una carrera arrolladora, se tiró de bruces debajo del banco, sacó la bomba, paró el aparato de relojería y se limpió la frente, cubierta de sudor angustioso».
«La llegada del gran Duque y de su acompañamiento le sorprendió sentado en el suelo, abrazado a una bota de su padre y con la bomba en la mano izquierda».
«Allí mismo le apresaron y fue ejecutado dos meses después».
—¿Se ha convencido usted —me dijo al acabar su relato mi compañero de fonda— de que los anarquistas de acción no deben tener padre? Si Ivan Ivanovich hubiera sido huérfano no habría muerto en el patíbulo.
—No me ha convencido usted —repuso mi tío Contricanis.
Mi amigo se asombró.
—Los anarquistas de acción —seguí— pueden tener padre perfectamente. Lo que deben hacer es no dejar salir de casa a su padre el día que vayan a poner una bomba.
Mi amigo vio con toda claridad que había gastado el tiempo en balde y se levantó airadamente y se fue.
Estábamos en una cervecería, así es que, en realidad —concluyó mi tío— todavía no estoy seguro de sí se marchó porque se hallaba indignado o porque comprendiera que marchándose de pronto me vería yo obligado a pagar la cerveza que se había bebido él.
Y un mes más tarde, mi tío Contricanis me «accionó» una historia de náufragos que a él había contado el capitán Mascagomas, viejo y experto lobo de mar.
He aquí la historia tal como se la trasladó a mi tío el capitán don Eulogio Mascagomas y Martínez:
—¡Búm, búm! ¡Buuúm! ¡Buuuúmm!
Así hacían las olas, al chocar contra el casco de mi buque, «Ramoncete» de catorce mil toneladas, matriculado en Hamburgo y en el instituto del Cardenal Cisneros; un magnífico buque, amigo Contricanis, que andaba a la velocidad común en los fabricantes de tapices: doce nudos por segundo.
¡Búm, búm! ¡Buuúm! ¡Qué horrible noche!
Cuando el amanecer llegó, el «Ramoncete» ya no existía, y todos sus tripulantes navegábamos a la deriva encima de un tonel de cerveza.
Éramos cuarenta y siete.
CONTRICANIS.—De manera, capitán Mascagomas, que ¿eran cuarenta y siete?
MASCAGOMAS.—Cuarenta y siete personas y dos músicos, sí, señores. Pero cuando nos recogieron unos pescadores de Badajoz sólo quedábamos tres viajeros. Los otros cuarenta y seis habían muerto.
CONTRICANIS.—¿Ahogados?
MASCAGOMAS.—Envenenados.
CONTRICANIS.—¡Cuente, cuente, capitán Mascagomas! Eso debe ser interesantísimo.
MASCAGOMAS.—Es trágico, señores. Espachurradoramente trágico.
Los cuarenta y nueve náufragos del «Ramoncete», al caer al agua, hicimos la misma cosa: mojarnos. Enseguida nadamos desesperadamente hacia un bulto que flotaba; este bulto era Jaime Ffnetwzhjilmn, el cocinero de a bordo, un sueco muy corpulento. Los cuarenta y nueve tuvimos la misma idea: subirnos encima de Jaime, que era quien mejor nadaba de todos para salvarnos así de una muerte cierta. Llegamos al mismo tiempo al lado del cocinero, el cual bogaba mirando al cielo para gastar menos fuerzas. Pronto estuvimos los cuarenta y nueve encima de Jaime, pero el muy idiota no pudo resistir nuestro peso y se ahogó a los quince minutos. Entonces fue cuando yo y mis cuarenta y ocho compañeros nos decidimos a aprovechar el tonel de cerveza flotante que había de servirnos de balsa de salvación en lo sucesivo. Ya comprenderá usted que no cabíamos todos encima del tonel. Sólo dos íbamos sobre la madera: el ingeniero Horacio Cambises, que era un hombre extraordinariamente enérgico, y yo, que, como capitán del buque hundido, hacía lo que me daba la gana. Los demás iban flotando y con sus manos izquierdas se agarraban al borde del tonel. De lejos, debíamos de ofrecer un extraño aspecto. Dentro del tonel, la previsión del ingeniero había encerrado un aparato de radio, y escuchando hermosos y lejanos conciertos, las horas eran menos largas para todos. Los cuatro primeros días se pasaron alegremente. Cada cual narró la historia de su vida y las cuarenta y nueve historias fueron muy celebradas. Cuando conté la mía gustó tanto que dos marineros me aplaudieron con fervor. Aquello fue su perdición porque para aplaudir tuvieron que soltarse del tonel y se ahogaron los dos inmediatamente. Sus amigos me explicaron más tarde que aquellos infelices habían pertenecido a la claque de Margarita Xirgu. A los seis días de navegar con el tonel, el hambre empezó a hacerse sentir. Veinticuatro horas más tarde, prescindíamos de los conciertos de radio, porque, en un descuido, un marinero se había comido la galena. Se llamaba este marinero Paciano González, alias «el Silbatangos», y a su repugnante maldad se debió la tragedia que había de sucedemos.
Pero voy a abreviar, porque tengo que ir a comprarme un impermeable, y me van a cerrar la tienda. Tres semanas se cumplían ya desde el naufragio del «Ramoncete» y nuestra situación, a pesar del tonel era insostenible. Nos moríamos de hambre a chorros, y me creía en el deber de decir a mis compañeros:
—«Hijos míos: sé lo que me corresponde aconsejaros. Ha llegado el momento de que uno perezca para lograr la salvación de los demás. La antropofagia es una bestialidad, pero engorda. Echemos a suertes y al que le toque morir que incline la testa y que se disponga a ser digerido».
«Un “¡hurra, viva el compañerismo!” fue la respuesta. Eché a suerte y le tocó hacer de ragout a Paciano González. La Providencia se mostró sabia. Paciano era el más nutritivo de todos. Miré a “Silbatangos” con miedo. ¿Cuál iba a ser la expresión de aquel rostro en ese momento espantable? Sin embargo, el semblante del “Silbatangos” estaba más tranquilo que una aldea del Piamonte. Paciano sonrió, se encogió de hombros y pronunció una frase heroica:»
—«Que os haga buen provecho».
«—Tampoco hubiera podido hablar más. Seis minutos después se lo habían almorzado. No describiré la escena. Se me eriza la bufanda al recordarla».
CONTRICANIS.—¿Luego usted no comió, capitán Mascagomas?
MASCAGOMAS.—No. Ni yo, ni el ingeniero ni mi primo Bereguelo comimos. A ello debimos nuestra salvación, porque cuantos comieron fallecieron envenenados. El infame Paciano González no quiso advertir que él tomaba estricnina todos los días para curarse una afección nerviosa. Y aquella estricnina fue la que envenenó a los que se merendaron al «Silbatangos».
CONTRACANIS.—¡¡Qué horror!! Pero diga usted, capitán Mascagomas, ¿por qué no comieron usted, el ingeniero y su primero Berenguelo?
MASCAGOMAS.—¿No lo ha adivinado usted? Porque nosotros éramos vegetarianos.
Del ambiente marítimo, húmedo y salobre, pero siempre iodado, mi tío Contricanis pasó, sin transición, al medio polvoriento y ligeramente irrespirable que es un teatro por dentro.
Ved cuál fue la siguiente historia que el tío me «accionó» y que el taquígrafo «setter» recogió hasta en sus mínimos gestos:
Escatrón había llegado a primer actor del «Teatro del Drama Rural» —empezó diciendo Contricanis—, como otros hombres llegan a conseguir encender el mechero automático a fuerza de paciencia y de sufrir chispazos.
En el «Teatro del Drama Rural» se representaban exclusivamente comedias de frac, gracias a esa exquisita lógica que se observa en la vida de entre bastidores.
Algunos autores ingenuos llevaban allí todavía dramas rurales.
—¿Dónde ocurre esa obra? —preguntaba el empresario.
—En la provincia de Palencia.
—¿Qué son los personajes?
—Pastores y cargadores de carbón de encina.
—No me sirve. En este teatro no se representan más que comedias de frac y de smoking.
Y era inútil insistir, porque la insistencia caía en un vacío neumático.
Escatrón, que fuera del teatro conquistaba innumerables viudas gracias a que era muy alto y a que su cintura parecía quebrarse en el contoneo de la locomoción, dentro del teatro sufría angustias hiperbólicas.
Aquel repertorio de comedias de frac y de smoking amenazaba arruinarle Tenía en su guardarropa setenta trajes, veinte pantalones de corte, cuarenta y tres chalecos de fantasía, doce chaqués, seis smoking, siete fraques, cinco levitas, cincuenta y nueve pares de zapatos y botas, treinta pijamas, trece pares de pantuflas, setenta y dos sombreros, treinta y seis bastones y seis baúles de accesorios para su toilette.
Sin embargo, el guardarropa de Escatrón era insuficiente, y cada nueva comedia que se estrenaba le obligaba a hacer siete u ocho visitas al sastre. Escatrón, lloroso ante el espejo de su camerino, había llegado a acariciar con ternura la culata de su pistola. Vivía desesperado, como un personaje de Sófocles.
Cierta tarde, al pie de la cartelera del teatro, leyó la siguiente advertencia:
«La máquina de escribir que aparece en el primer acto de esta obra es de la casa Robiss Klark y Compañía».
Se separó de allí insultando mentalmente al empresario. Aquel don Joaquín era un miserable que, con tal de no comprar una máquina de escribir, recurría a pedirla prestada a una fábrica, a cambio del anuncio…
Y, de pronto, Escatrón se dio un golpe en la frente con el bastón y se hizo un cardenal.
Acaba de hallar el medio de no arruinarse por culpa del sastre o del sombrerero.
El día del estreno de la comedia «Lord Beach, embajador de Inglaterra», el cartel del «Teatro del Drama Rural» anunciaba la obra, indicaba el reparto de la misma y decía, unas líneas más abajo, lo siguiente:
«El frac que viste en el segundo acto el señor Escatrón está confeccionado por Pérez Hermanos».
«El abrigo del prólogo es de la Casa de Anchaves».
«El batín que viste el señor Escatrón en la escena del adulterio es de la Casa de Ravot».
«Los guantes que se quita al entrar en escena en el último acto son de la Casa de Pildlo».
«Las flores que regala a la dama en la primera escena son de la Casa de Campo».
«El monóculo que usa en toda la comedia es de la fábrica de vidrio de Cachumbo».
«La pipa que fuma en el momento del incendio está fabricada por Garrete».
«Los patines son de Rafelloso y Compañía».
«La leontina, del acreditado establecimiento La Rosa Verde».
Y seguían treinta y dos advertencias más.
***
Pero al día siguiente las advertencias del cartel no eran más que una. Ésta:
«El bastón con que la Empresa de este teatro golpeó al señor Escatrón al echarle ayer a la calle está fabricado en la conocida Casa Laguarte y Rojas».
El taquígrafo y yo le celebramos tanto la historia del actor Escatrón a mi tío Contricanis, que no tuvo inconveniente en trasladarnos, a continuación, una historia suya: quiero decir, una historia autobiográfica, una aventura de amor de la que él había sido no testigo, sino protagonista.
Os aseguro que vale la pena conocerla.
Hela aquí, tal como él la «accionó» cierta noche, después de la cena:
Acaban de dar las once y la ciudad parecía enterrada en nieve, como es lo clásico. «Reamur» marcaba 35 grados. Sin embargo, no se podía decir que hacía frío.
No se podía decir que hacía frío porque en cuanto abría uno la boca se helaban las palabras.
Me detuve en mi camino apoyándome en el tronco de un nogal (nogalis paradisium para los botánicos) con el alma rebozada de tristeza, porque hora es ya que lo diga: mi corazón se encontraba entonces tan solitario como las calles, como los faroles, y como Robinsón antes de encontrar a Domingo.
¿Por qué cuando nos sentimos tristes nos acordamos de los tiempos alegres? ¿Y por qué el recuerdo que más intensamente me asaltó aquella noche fue el de Susana?
Susana había sido lo que los franceses dicen, cuando no hay alguien que se lo prohíba, mon amour. Nos habíamos querido tanto que cuando nos separamos ambos teníamos destrozado el corazón y la mandíbula dolorida. Al principio, y mientras me cegó la pasión, Susana me pareció a ratos Aspasia, a ratos Margarita de Borgoña, a ratos Ana Bolena, a ratos Lucrecia Borgia; pero cuando dejé de quererla, comprendí que Susana sólo se parecía a aquellas mujeres en que tenía pestañas, y que el resto de su organismo era de una idiotez que fundía las bombillas. Y, sin embargo… Sin embargo en aquella helada noche de Navidad en que yo recordaba el pasado con la cabeza apoyada en el tronco de un nogal, era la imagen de Susana la que más conmovía mis nervios. Sollocé, y estos sollozos me separaron la cabeza del tronco. Total: que seguí andando.
De pronto, un automóvil de cuatro ruedas se detuvo ante mí. Y una mano calzada en un guante brotó de la ventanilla y me hizo una seña, mientras del interior del coche salía una voz eminentemente detergente:
—Caballero, a pesar del frac, tiene usted cara de no poder cenar. Esta noche es Nochebuena. ¿Quiere usted cenar conmigo?
Por toda respuesta despojé aquella mano del guante, besé la mano y me guardé el guante en el bolsillo. Luego subí al auto, que arrancó en el acto: con lo que me di un trastazo en la nuca, como de costumbre.
Durante más de media hora rodamos en silencio, saturados de ese intenso olor a aceite frito, propio de los motores muy usados y de los churros sin usar. Al cabo, ella dijo:
—Le he invitado a cenar porque me siento demasiado sola.
Y yo contesté elocuentemente:
—Hum…
Dos horas transcurrieron. Fue entonces cuando yo indagué:
—¿Vamos a cenar a Santiago de Compostela?
Y cuando ella replicó, arrugando ligeramente las manos al hablar:
—No; es que el chófer no conoce la ciudad y organiza unos jaleos de calles terribles. Pero antes de las seis de la mañana estaremos en casa.
—Eso me tranquiliza.
Y ya no volvimos a hablar.
Varias veces, y con ánimo de oprimírselos dulcemente con los míos, como se hace siempre en los preludios de las historias de amor, busqué los pies de la dama en el suelo del auto; pero la dama los llevaba colgando al exterior por la ventanilla de la derecha, y tuve que renunciar a aquella delicada insinuación.
Por fin, a las tres y media de la madrugada, el auto gruñó y pasó de ser automóvil a ser autoinmóvil.
Quiero decir que se paró.
Era la casa de ella: un edificio señorial con puerta de cristal y hierro.
Bajé; la descendí. Ella metió su zapatito derecho en un charco; yo extendí por el suelo mi capa de frac, como se hace siempre en España en estos casos, y cuando la hube extendido, obligué a la dama a pasar por otro lado y pasé yo pisando la capa.
Timbrazo. Acudió un criado y avanzó delante, encendiendo luces y separando cortinajes. Un amplio vestíbulo, un saloncito con terciopelo, dos gabinetes túrdicos, otro salón umbrío, una sala de billar trolísea, y al final de toda esta suntuosidad, el comedor, lleno de pilovalencias.
La dama se acomodó en su sitio ante la mesa servida y yo, en el mío. Y comenzamos a cenar, haciéndonos un lío con los cubiertos, como le sucede siempre a la gente del gran mundo. No sé si acertaré a trasladar al papel el diálogo que ya, frente a frente, sostuvimos. Fue extraño como un boer.
—¿Conoce usted Roma? —dijo ella.
—No, señora.
—¿Y Strasburgo?
—Tampoco.
—¡Ah!
Y hubo una pausa espesa.
Después hablamos mucho rato de maquinarias agrícolas. Hasta los postres. A los postres comprendimos ambos que había que hablar de amor.
—¿Tiene usted forjado su ideal de mujer? —exclamó audazmente ella.
—No. Soy tan perezoso… Y, luego, este año apenas he utilizado el cerebro. ¿Y usted su ideal de hombre?
—Tampoco. Vivo muy deprisa y no tengo tiempo para nada.
—¿Le gustaría a usted yo, señora?
—¡Pchs! —murmuró la dama.
Y enseguida añadió:
—Y a usted, ¿le gustaría yo?
Yo, por toda respuesta me alcé de hombros.
—Hemos nacido el uno para el otro —respondió la dama levantándose.
—Es indudable —repliqué.
Y pasamos al boudoir, como es la obligación.
Entonces y sólo entonces, al entrar en el boudoir, me asaltó la espantosa sospecha.
Entonces y sólo entonces, vi claro: la dama anfitriona, la que acababa de resolverme la cena de Nochebuena, se parecía de un modo extraordinario a Susana, a aquella Susana que…
¡¡Santo Dios!!
La interrogué anhelante:
—Pero ¿es posible? Entonces… ¿Es que no te he conocido?
Pero la respuesta de ella me dejó tieso:
—Yo no soy Susana. Susana era mi madre, papá.
Salí de la casa sin sombrero, con los cabellos erizados y el frac en total anarquía.
¡Qué noche!
¡¡Qué horror!!
¡Mi hija! Al cabo de los años encontraba una mujer que me invitaba a consumir con ella, y en su casa, la cena de Navidad… Y esa mujer resultaba ser ¡mi hija! ¡¡Dios poderoso!!
Recorrí varias calles sin rumbo. Llegué a la orilla del río: y cuando ya iba a tirarme, recordé de pronto:
Fue una suerte recordar aquello.
Recordé, de pronto, que lo que yo había tenido con Susana no era una hija, sino un hijo.
Mi hijo Mariano, que estaba en Logroño, empleado en el Catastro.
Pero si no llego a recordarlo a tiempo, me tiro al río y me ahogo.
Para que luego digan que la vida no pende de un hilo.
Por eso, antes de suicidarse conviene reflexionar bien.
Aquella historia de amor de mi tío Contricanis me gustó tanto que le rogué encarecidamente que me «accionase» otra de la misma índole. El taquígrafo se unió a mis súplicas. Y mi tío Pontricacio «accionó» acto seguido las que van a continuación:
Vi en la otra acera un taxi parado y me dirigí a él resueltamente. La carrocería de aquel auto estaba pintada de color rosa liberty y esto fue lo que me atrajo más que nada.
Y ahora fíjate bien, fíjate muy bien en lo que voy a decirte. Para comprender lo sucedido después, es preciso fijarse bien en estos detalles:
1.— El auto estaba parado junto a la acera.
2.— Yo me dirigí a tomar el auto por la parte del empedrado de la calle.
3.— Al abrir la portezuela, el chófer estaba mirando hacia la acera y de espaldas a mí.
4.— En el momento en que hice aquella operación, yo iba muy distraído y un poco nervioso.
5.— Y así que entré en el coche, éste se puso en marcha.
El súbito arranque del coche me hizo caer sobre el asiento. Al caer, noté que caía en blando, pero antes de que tuviera tiempo de volverme para averiguar la causa de tal blandura, oí a mi espalda un gemido, un debilísimo gemido.
Entonces me incorporé y miré hacia atrás.
En el asiento había una mujer medio derribada.
Aquella mujer tenía un puñalito clavado en el pecho. El mango del puñalito era de oro y diamantes.
En el contador del auto iban apareciendo sucesivamente estas cifras: 40-50-60-70-80…
Íbamos a ochenta pesetas por hora.
***
Y ahora no dejes de decirme, muchacho, qué es lo que tú hubieras hecho de hallarte en idéntica situación que yo. En aquella época yo consulté a varios amigos y cada cual me dio una respuesta.
Uno me dijo:
—Yo me habría tirado en marcha.
Otro me confesó:
—Yo me hubiera desmayado.
Y el tercero me declaró:
—Yo la hubiera quitado del pecho el puñalito, lo habría limpiado y lo habría empeñado en el Monte.
Y tú, muchacho, ¿qué dices?
¿Pero es que no me dices nada, muchacho?
¡Para que uno se fíe de los sobrinos!
Pues yo soy un hombre original, muchacho, y, en lugar de tirarme en marcha o de desmayarme o de empeñar el arma inciso-punzante en el Monte, me dirigí amablemente a la dama, que era hermosa, distinguida, elegante, etcétera, etc., y la dije, señalando el puñal con un gesto:
—¿Qué? Molesta, ¿eh?
Ella repuso con un soplo de voz:
—Caballero… ¿qué clase de hombre es usted?
—Un hombre original, señora.
—¿Tiene usted hijos?
—Siete. Están en la Inclusa. Se fueron allí voluntariamente porque no podían resistirme.
—¿Ha amado usted alguna vez?
—Sí. Una vez y para toda la vida. Fue en Segovia.
La dama hizo un gesto de dolor.
—En Segovia… —murmuró con acento apagado.
Y añadió dulcemente:
—¿Le gusta a usted el acueducto?
Tardé en contestar. Quería dar una respuesta sincera.
—No, señora —dije por fin.
Ella cruzó sus manos dolorosamente.
—¡Dios mío! —gimió—. ¡No le gusta!
Hubo una pausa.
—¡No le gusta el acueducto! —volvió a decir con la entonación de quien ve deshechas todas sus ilusiones—. Entonces ya no me resta más que morir…
Y reclinó su rubia cabeza contra el almohadillado del auto.
Eran las once de la mañana.
***
Creo que todo está bien claro. Sin embargo, aún puedo aclararlo más.
Indudablemente la hermosa dama había entrado en el taxi al mismo tiempo que yo, pero por la puerta de la acera, y lo hizo sin darse cuenta de mi presencia, como yo no me di cuenta de la suya.
Ahora bien: ¿se había clavado el puñalito el sentarse o venía ya con el puñal clavado?
Preguntas son éstas que sólo un Marco Aurelio podría contestar.
***
«Tu sais, mon petit? Je souffre de tout mon coeur…». Estas palabras, que de niño me decía mi institutriz cuando yo no me sabía la lección de francés, se me aparecieron en la memoria en aquellos trágicos momentos.
La dama no había muerto. Al poco, abrió sus lindos ojos —que eran como dos violetas pensativas, como dos florecitas silvestres con anginas— y me dijo:
—¿Qué piensa usted de mí?
Tuvo que repetir la pregunta, porque yo, distraído en leer el «ABC», no la oí al principio.
—Señora: yo no pienso nada. Todo lo acepto con la sonrisa del imbécil en los labios. ¿El amor? ¿La muerte? ¿La sorpresa? ¿El reuma? Todo para mí tiene la misma significación y lo resumo en una sola palabra: camelancias. He viajado, he comido en los grande «Palaces» europeos y americanos y he echado más de una perra gorda en esas máquinas que le adivinan a uno el porvenir. ¿Qué puede sorprenderme ya, como no sea el hecho de que alguien me preste dinero? En la vida moderna todo es humo, gasolina y foie-grass.
—¿De veras que lo sucedido hoy no le intriga? ¿No le intriga quién sea yo, qué ha podido haberme sucedido, quién me ha clavado el puñal, el sitio adónde le lleva el auto a 80 pesetas por hora? ¿No le intriga nada de esto?
—No, señora; nada de eso me intriga.
—¿Ni le intriga el hecho de que este auto esté pintado de color rosa liberty?
Hice un silencio para reflexionar.
—Tampoco —repuse por fin. Los ojos de la dama echaban chispas.
—Además —añadí— no llevo encima más que siete duros.
La dama rubia dejó escapar un grito con mezcla de estertor y cruce de «pointer».
—¡Basta! —rugió.
Cogió la bocina y habló por ella al chófer.
—Rodríguez —dijo—, ¡para! Este individuo es un imbécil.
El auto se detuvo cien metros más allá. Bajé del auto, que se puso en marcha. Le vi desaparecer entre el polvo. Y como estábamos en la Bombilla, me entré en el «Campo de Recreo», llamé al camarero y le pedí una tortilla de cebolla y dos chuletas asadas.
Soy un ser repugnante, muchacho, a quien le tienen sin cuidado las aventuras.
Pero un domingo de Carnaval, recordando viejos carnavales pasados, la historia que me «accionó» Contricanis fue la que sigue, vivida indudablemente bajo los efectos del alcohol:
A las dos y cuarto de la madrugada el coche marcaba tres pesetas ochenta céntimos. Seis reales más tarde, el auto paraba frente al «Teatro de la Zarzuela» y descendíamos del vehículo mi amigo Fernandito Cretona y yo. Nos acompañaban dos señoritas: Saturnina Menéndez, unida en dulce lazo pasional con Fernando Cretona y Severiana Laviano, joven que me adoraba a mí desde cuatro horas antes.
El primer conflicto de la noche brotó allí mismo. Fernando Cretona y yo nos cedimos mutuamente el placer de pagar el coche y como nuestro sacrificio llegaba hasta la enajenación amistosa, el chófer se vio precisado a emitir algunos juramentos para poder cobrar.
Severiana y Saturnina unieron sus esfuerzos económicos y pagaron el taxi. Entonces Fernando y yo comenzamos a creer que nos amaban de veras.
En el vestíbulo nos detuvimos nuevamente a pegarnos con el portero. Este individuo, que era alto, gordo y pesimista, nos comunicó que estábamos borrachos, declaración que nos irritó bastante, por lo cual al oírle establecer en voz alta no sé qué relaciones entre los gatos y las muchachas que nos acompañaban, Fernando y yo nos lanzamos sobre él, hambrientos de darle porrazos.
Cuando del portero no quedó ya más que una gorra galoneada y varias piltrafas, nuestro cuerpo de ejército se dispuso a ingresar en el salón. Deliberamos.
Fernando Cretona, cuya alma se quemaba en divinas ansias de originalidad, propuso que entrásemos los cuatro en cuclillas. Aquello nos pareció el alcaloide de lo regocijante e inmediatamente intentamos poner en práctica una idea que honraba al cerebro de donde había surgido. Pero andar en cuclillas es muy difícil, y cuando se halla uno fatigado por el trabajo de haberse bebido seis botellas de coñac por barba y catorce copas de ron por bigote, resulta más difícil todavía. Fernando, Severiana, Saturnina y yo logramos ponernos en cuclillas, agarrándonos fieramente unos a otros, pero cuando intentamos andar en aquella postura todos quedamos sentados en el suelo y atacados de parálisis súbita.
El primero que lo notó fue Fernando.
—¡Ésta sí que es buena! —gruñó, luchando por sostenerse en dos pies—. ¡Me he quedado paralítico!
—Nosotros también nos hemos quedado paralíticos —susurré en su oído.
—¿Y qué hacemos?
—Vámonos a un Asilo —propuso Saturnina.
—Pero ¿cómo nos vamos al Asilo si no podemos andar?
Todos inclinamos la cabeza, vencidos por aquel razonamiento.
—Será mejor dormir —dije yo.
Y sólo me respondieron ya unos ronquidos profundos.
De vez en cuando entraba nuevo público en el vestíbulo del teatro. Eran hombres y mujeres, que acudían al baile con la seriedad con que se va en Miranda a las tomas de hábitos. Estas gentes clavaban sus miradas en el grupo que formábamos nosotros, durmiendo tumbados en el suelo, y pasaban a nuestro lado con gesto adusto. Un joven señaló a Saturnina.
—¡Vaya unas pantorrillas más feas que tiene esa chica! —exclamó.
Y yo, que durante toda la noche había intentado convencer a Fernando de que su novia tenía unas pantorrillas muy feas, simpaticé enseguida con aquel joven, y simpaticé tanto, que me levanté y me colgué de su brazo derecho. Aferrado a él entré en el gran salón.
No me pidáis detalles. ¡Por Dios, no me pidáis detalles de cómo era el gran salón! Os diré lo único que vi al entrar en él:
Una pechera de smoking.
Ochocientos pies calzados con escarpines negros.
Confetti verde, confetti azul, confetti rosa.
Un señor calvo.
Un antifaz roto que lleva no sé quién colgado de no sé dónde.
Luz en cantidad prodigiosa.
Y, flotando sobre todo, una música que invitaba a dar saltos.
Empecé a dar saltos inverosímiles. Al final de uno de ellos me encontré en un palco, entre un caballero bizco y una muchacha anémica. El caballero jugaba a «cara o cruz» con otro señor del palco de al lado y la muchacha anémica iba disfrazada de institutriz alemana.
Me dirigí a ella y la dije que Alemania había perdido la guerra de 1914 por el error de falsificar la aspirina. Creo que me dijo que sí, pero no estoy seguro de si fue ella quien me partió en la frente una copa. El caballero bizco que la acompañaba dejó de jugar a «cara o cruz» y me dirigió un beso, que en realidad iba dirigido a la señorita anémica. Tres segundos después estaba yo debajo de la mesa contando las rosas que tenía el dibujo de la alfombra. Cuando me convencí de que eran treinta y nueve, el pie del caballero bizco me dio un pisotón en una mano. Supuse que me hacía una seña para que me marchase y me escabullí por el antepalco sin hacer ruido.
Salí a un pasillo y bajé unas escaleras montado a caballo sobre un «pierrot». Al llegar abajo le di un terrón de azúcar en premio a su hazaña y él se comió el terrón. Nos reímos. Se arrancó un botón del disfraz y se lo comió también. Volvimos a reírnos. Se quitó el gorro y se lo comió también. Reímos como locos. Al final, el «pierrot» aseguró que se ponía muy enfermo y yo le canté la «Marsellesa». No sé quién le cogió en brazos y desapareció de mi vista. Apenado, recorrí el vestíbulo imitando el ruido del tren y silbando furiosamente. Atropellé a dos señoritas. Entonces un Luis Candelas con patillas rubias me pidió explicaciones. Le repuse que yo era un tren y que le pidiera indemnización a la Compañía. Después ordené a una «madame Pompadour» que me cambiase la aguja y entré a toda marcha en los lavabos.
Me lavé el smoking, frotándolo con un cepillo y me envolví el cráneo en una toalla.
—¡Soy un moro! —grité—. ¡Huuú!
La encargada de los lavabos me regaló una novela corta. Yo arranqué las hojas y las fui tirando a pedacitos, desde lo alto de la escalera, sobre todos los que bajaban y subían. Al acabárseme las hojas, tiré billetes. Cuando se me acabaron los billetes, me tiré yo.
Caí sobre Fernando, Saturnina y Severiana.
—Me parece que es hora de irse a casa —les dije.
No me contestaron y me fui solo.
En la calle de Alcalá estuve media hora toreando a un perrito con el smoking. En uno de los lances se llevó el smoking el perrito. Le dije adiós llorando. Llegué a casa y me acosté en el baño.
Y a fines de marzo Pontricacio me «accionó» una nueva historia que me he dejado para la última intencionadamente porque, por extraña circunstancia era una historia dramática, y —según es sabido— nunca mi tío Contricanis contaba historias dramáticas. Se trata, pues, de una excepción, que merece tenerse en cuenta.
Aurelio Pomar y Ceferino Rondó pasean por el jardín de la quinta, la cual se tiende al pie de la sierra.
Va a caer la tarde y todo se ha vestido de morado.
Aurelio es cincuentón, mediano de estatura, enjuto de carnes; viste con una elegancia legítima y sonríe siempre.
Ceferino, que acaba de cumplir los cuarenta, es un individuo recio, alto y triste, que ha hecho de su vida una constante interrogación. Al andar inclina considerablemente el cuerpo, como si harto de no encontrar la verdad en el mundo quisiera encontrarla ya en la tumba.
Rondó se detiene en su paseo, y exclama:
—Le aseguro a usted que necesito escribir un cuento.
Aurelio le mira a los ojos.
—Necesita usted escribir un cuento, amigo Rondó, y acaso no tiene asunto…
—Eso es. No tengo un asunto que me convenza. Los cuentos se prodigan de un modo extraordinario, y todos giran alrededor de diez o doce únicos asuntos diferentes. ¿No lo ha observado usted?
—Sí, señor. He sido un gran lector de cuentos. Pues bien: puedo asegurarle que he llegado a leer once mil cuatrocientos veintitrés cuentos, absolutamente iguales. Y al leer el último tuve que luchar una semana entera contra la meningitis. Sufrí bastante, querido Rondó.
Su voz se hace ligera y displicente cuando añade:
—Y, sin embargo, es tan fácil dar con el asunto de un cuento relativamente original.
Rondó le mira compasivo.
—¿Usted cree?
—Estoy seguro.
—Ésa es siempre la opinión de los profanos —agrega Rondó, cogiendo unas piedrecitas y lanzándolas una a una contra las ramas de un pino—. Mas para los profesionales la cosa varía. Y es que ustedes no se han visto nunca ante el suplicio de tener que imaginar una narración medianamente nueva. Por ejemplo, amigo Pomar, ¿usted sería capaz de darme un asunto?
Aurelio se alza de hombros y murmura:
—Sí. ¿Por qué no? No hay nada tan fácil.
Se ensimisma un instante, y añade:
—Veamos… ¿Recuerda usted aquella frase de Schopenhauer que dice «si no hubiera perros no querría vivir»?
—La recuerdo.
—Perfectamente. Esa frase es lo más serio y lo más trascendental que hay en toda la obra de aquel viejo gastrálgico. Venga usted…
Pomar conduce a su amigo hasta uno de los extremos del jardín, se abate en el suelo y muestra una losa cuadrada que se empotra en el césped.
—¿Qué es esto? —pregunta Rondó.
Y lee mentalmente el epitafio de la losa: «AQUÍ YACE SATURNO, QUE SE SUICIDÓ UNA MAÑANA».
—Esto —responde el Aurelio— es el asunto que usted me pide para ese cuento que necesita escribir. «Saturno» fue un perro que, como el epitafio advierte, se suicidó cierta mañana de octubre. Voy a contarle la historia del suicida. No es demasiado larga.
Hay un breve silencio, y vuelve a hablar:
«Saturno» era un Alsacia-Lorena sin mezcla. Tenía el pelo de color de ámbar, y una gran estampa. Era un espléndido ejemplar. Como todo en la vida de «Saturno» fue excepcional y extraño, vino a mi poder de un modo raro: cierta tarde, al despertar de ese sueño aplomado que sigue a una noche pasada en insomnios, vi a «Saturno» sentado a los pies de mi cama. Nunca supe cómo llegó hasta allí, pues el perro, como usted supondrá, se reservó el secreto de su aparición… Me atrevo a imaginar, no obstante, que alguien dejó abierta la verja del jardín y que «Saturno», harto de algún amo que quizá no reconocía sus méritos, se entró hasta mi alcoba buscando un acomodo mejor y un mayor afecto.
—Es muy posible. Los perros tienen mucho amor propio —dice Rondó mientras contempla con los ojos entornados las estribaciones de la Sierra— y son muy sentimentales.
—La historia de «Saturno» —sigue hablando Aurelio— se desarrolló en tiempos lejanos. Por entonces yo estaba soltero y mi padre vivía aún. Usted recordará seguramente la traza psicológica de mi padre. Era sólo dieciocho años más viejo que yo, y por aquella época tenía cuarenta y viajaba constantemente. De vez en cuando venía a visitarme; se me llevaba seis o siete mil duros que mermaban un poco más mi herencia materna y volvía a irse a cualquier ciudad deleitable, Montecarlo, Aix, Spa, Constantinopla, donde proseguía una existencia dedicada a la diversión y libre de toda clase de preocupaciones.
—Creo ver a su padre —murmuró Rondó haciendo retroceder su memoria.
—Refinado, culto, gran lector y gran conversador, jugador flemático y mujeriego insaciable, mi padre irradiaba simpatía, y se le buscaba, se le reclamaba; no ha existido hombre que tuviese tantos amigos y que hubiese amado más mujeres. Como toda persona dedicada exclusivamente al placer, dejaba a su paso manantiales de lágrimas; él, por su parte, nunca volvía atrás la cabeza. Nuestras relaciones eran muy superficiales; realmente habíamos invertido los términos, y mientras él resultaba ser el hijo alocado y versátil, yo pasaba a ser el padre sereno y razonador. En pocas palabras: le quería, pero le tenía por un hombre sin seso, aunque no dejaba de encontrar gracia en aquel vivir suyo tan descentrado.
—En suma —exclamó Rondó— que era un superficial; o lo que es lo mismo, que sabía vivir.
—Sí; quizá…
Los dos hombres callan nuevamente.
—Volviendo a «Saturno» —prosigue Aurelio Pomar—, desde el día de su aparición fue para mí un verdadero compañero; me acompañaba a todas partes y era —como todos los perros— el amigo ideal, pues escuchaba atentamente cuanto yo le decía, y, en cambio, jamás me dirigía la palabra… Con la constante compañía de «Saturno» llegué a hacerme pueril como un niño, pues nada tan infantil, y al mismo tiempo tan profundo, como la amistad permanente y la permanente adhesión de un perro. Cierto día, incluso, comuniqué a «Saturno» mi proyecto de boda, y él lo aprobó con un gesto levísimo. En realidad, él conocía ya el proyecto, o, mejor, lo «veía venir» porque mis amores con Elena, desde su principio, habían sido presenciados por «Saturno». Me casé. Usted conoció a Elena; usted admiró a Elena un verano, en Biarritz, ¿no es cierto?
—Sí —replicó Rondó—, la conocí y la admiré. Era hermosísima.
—Por entonces, cuando nos vimos con usted en Biarritz, «Saturno» se «había suicidado ya». Y, a causa de aquella penosa circunstancia, yo no sé si usted llegó a enamorarse de Elena…
Ceferino Rondó levanta, asombrado, la mirada de sus ojos oscuros, llenos de estupor.
—¿Por qué dice usted eso? ¿A qué viene eso, Pomar? Yo hubiera sido incapaz de… —protesta.
Aurelio sonríe dulcemente, y replica:
Ya Elena descansa bajo el suelo, lo mismo que «Saturno»; nada importa nada. Todo es susceptible de olvidarse, de perdonarse… El fantasma de ella no puede romper nuestra vieja amistad.
Rondó va a decir algo; pero Aurelio se lo impide.
—Escúcheme —le ruega—. A poco de casarme, descubrí en «Saturno» una facultad prodigiosa: la videncia.
—¿La videncia?
—«Saturno» era lo que podríamos llamar «un perro vidente». Pero ¿se podía llamar a aquello, efectivamente, videncia o era instinto? No sé bien. Ni me importa. «Saturno», que había tomado a Elena vivísimo afecto, se convirtió en guardián de su fidelidad. Nunca se vio cancerbero más escrupuloso en la dilatada familia de los canes, y si «Saturno» no tenía tres cabezas merecía tenerlas, como su ascendiente mitológico. En aquel tiempo yo tenía muchos amigos, creados por mi soledad, por mi dinero y por mi soltería, y el matrimonio no era razón para que esos amigos me abandonasen. Todos ellos siguieron visitándome tal vez con mayor asiduidad… ¿Usted comprende? Elena era tan bonita…
Pomar hace una pausa y permanece varios minutos jugueteando con unas briznas de hierba.
—Todos menos uno —agrega—, uno que ya ha muerto —Víctor Zuazo—, me visitaban pensando en Elena y con la atención concentrada en Elena. Y yo lo sabía porque, tras largas observaciones, pude convencerme de que «Saturno» recibía gruñendo a los que ocultaban semejante intención, y sólo tenía corvetas y caricias para Víctor; es decir, para el amigo fiel.
—¿Es posible?
—Lo era. Merced a su videncia extraña, «Saturno» venteaba los malos deseos; su instinto maravilloso le indicaba quiénes rumiaban la traición. Y cuando uno de aquellos amigos entraba en casa, «Saturno» le mostraba sus mandíbulas terribles y parecía atacado por la rabia.
—¡Es singular! —susurró Rondó.
—La historia concluye, amigo mío. Usted, con su perspicacia de artista, quizá ve ya el final… ¡Sí! Al año de casados, mi padre vino a vernos. Elena y yo fuimos a esperarle a la estación. Durante el camino se mostró alegre, chispeante, locuaz. Al entrar en el jardín, juntos los tres, se me cuajó la sangre. «Saturno», que vagaba olisqueando por entre los evónimos, salió a nuestro encuentro, rugió, ululó, se lanzó contra mi padre lleno de furia. Fue preciso que Elena le contuviese con la enorme influencia que ejercía sobre el animal.
Aurelio Pomar calla nuevamente para añadir:
—La conducta de «Saturno» era espantosa. De ella podía deducirse que…
—¡Por Dios! —exclama Rondó ante la abrumadora idea.
—Siguió una noche terrible para mí —dice Pomar—. Aún sufro al recordarla. De madrugada salí a este jardín y maté al perro de dos balazos.
—¿Lo mató?
—En realidad, fue «Saturno» quien se suicidó —responde Aurelio—. Denunciada aquella mala pasión de mi padre, alguien tenía que morir. Él era sólo un perro. «Saturno» no comprendió que sería él, ¡claro!, el que moriría…
Nuevo silencio se extiende sobre Pomar y sobre Rondó. Ya la noche ha cerrado completamente.
Y ahí tiene usted —dice Aurelio— un asunto para ese cuento que debía escribir, amigo mío…
—No utilizaré nunca ese asunto —contesta Rondó—. Es demasiado serio.
Pomar lanza una carcajada.
—¡Bah! —exclama—. En el mundo no hay nada demasiado serio. El tiempo es fuego y lo devora todo. Hace frío. Vamos al comedor.
Y los dos hombres entran en la casa.
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