Cuando gané el centro de la habitación, cuando abrí los brazos, cuando incliné tristemente la cabeza, suspirando: «¡Soy muy desgraciado!», mi tía Evangelina me lanzó una mirada terrible y me dijo:
—No te canses, sobrino; sé lo que vas a decirme. No tengo dinero.
Aquella perspicacia me desconcertó al pronto: más no me fue difícil recobrarme y hacer una de mis mejores escenas para ablandar el corazón de la tía y que me diese unos billetes de Banco.
Mi tía Evangelina era algo cardíaca, y su víscera se ablandó una vez más; pero, desgraciadamente, su prístina confesión era exacta: no tenía dinero. Sin embargo, no todo estaba perdido. Tía Evangelina se levantó, fue a una vitrina, que era la apoteosis de lo antiguo y sacó de ella un abanico precioso.
—Toma —me dijo—. Véndelo, empéñalo; haz lo que quieras. Fue un regalo de mi pobre abuela, pero me desprendo de él con gusto. ¿Qué no haré por ti?
Y estuvo a punto de llorar; pero yo le aconsejé que lo dejara para las ocho de la noche, hora en que había de volver a verla, y ella prometió aplazar su llanto, con lo cual el abanico y yo nos marchamos vertiginosamente.
El abanico tenía el varillaje de nácar jaspeado, y el país de seda, con pinturas lo bastante feas para que fuesen bonitas. Estaba roto en algunas partes y ofrecía un conjunto muy estimable para cualquier anticuario corto de vista.
Penetré en la primera tienda con un aire triunfal. El anticuario era un viejo gordo y mal encarado.
—¡Hola! —dije familiarmente, como si conociese a aquel hombre desde la entrada de Napoleón en Mantua.
Dejé el abanico abierto sobre el mostrador y añadí:
—¡Tontería de abanico! ¿Qué? ¿Cuánto?
El viejo lo miró un segundo y lo empaquetó de nuevo, murmurando:
—No me sirve. Es demasiado moderno.
Le miré aterrado. Esperaba cualquier cosa menos semejante monstruosidad.
—¿Moderno?
—Sí, sí, moderno. Es un abanico de mi tiempo.
—No tendrá usted la pretensión de creerse moderno —le dije un poco enojado.
El viejo se alzó de hombros.
—No me sirve.
Y me señaló la puerta, como si la puerta fuese una cosa digna de verse.
Salí, crucé la calle e hice irrupción en la tienda de enfrente. Aquí el dueño era dueña; una mujer con peluquín y cara de imbécil del Renacimiento, que estaba embutida en un sillón. Contempló el abanico.
—Esto es muy moderno —dijo.
Y me agradeció con esta pregunta:
—¿Cuánto quiere?
—Sesenta duros —exclamé heroico.
La mujer sonrió como un conejo con reuma.
—Seis reales —dijo.
—Celebraré que le den a usted morcilla, señora.
Y pisé el arroyo otra vez, pesaroso de haber expuesto tal crueldad a una dama.
Felizmente aquélla era la calle de los anticuarios: diez metros más arriba se abría un establecimiento análogo. Los dueños eran dos individuos de ésos cuyo encuentro a solas en una calle oscura excita a la entrega súbita de la cartera. Les presenté el abanico, ya con cierta timidez.
—¿Les conviene?
Miraron el varillaje; miraron el país.
—Esto es muy moderno. No nos vale.
Y me despidieron con un gesto.
En la esquina frontera había una cuarta tienda de objetos antiguos. Despachaba un joven. Dejé en sus manos el abanico sin pronunciar una sola palabra.
—Tome —dijo al instante, devolviéndomelo—. Es demasiado moderno.
Entré en nuevas tiendas, mas sin lograr que me dijesen algo más original de lo que me habían dicho hasta entonces.
Cuando agoté las casas de antigüedades me di a recorrer las de compraventa. Idéntico resultado.
—Es muy moderno.
—Es moderno.
—Es demasiado moderno.
Así hasta cuarenta y seis veces.
Era la una y media de la tarde; comenzaban a cerrar las tiendas. De tanto ser plegado y desplegado el país del abanico se había hecho tiras.
Me sentí realmente fatigado.
Pero gracias a un potente esfuerzo aún me zambullía en otro establecimiento. Detrás del mostrador se alzaba un ciudadano con patillas y cara de alfombra turca.
—Vea si le conviene este abanico.
Lo miró, lo remiró; se colgó unos lentes, volvió a mirarlo. Lo examinó al trasluz y luego bajo una bombilla de cien bujías. Por último lo extendió hacia mí.
—Es demasiado moderno —declaró, como quien ha descubierto una nueva momia egipcia.
Fue entonces cuando me senté en una silla y me puse pausadamente a encender un cigarrillo.
—¿Desea usted algo más? —inquirió el tendero.
—No, no —respondí—. Haga lo que tenga usted por costumbre; cierre la tienda, póngase a almorzar…
—Pero…
—No me diga nada, amigo mío —concluí—. Me he sentado para hacer tiempo a que el abanico sea lo bastante antiguo.
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